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El misterio calculado
Cometí el error de estar a la altura de la circunstancia; de dar al eclipse la reverencia debida.
14 de agosto 2026 · 1 comentario
Cometí el error de estar a la altura de la circunstancia; de dar al eclipse la reverencia debida.
En un intento de adelantarme al caudal de textos y vídeos que se derramará sobre el eclipse: aquí va el mío. Disclaimer: me lo perdí.
En este texto no hablaré de la corona ni las perlas de Baily porque no sé lo que son; no las he visto. En Instagram hay ya bastante bibliografía al respecto. Aquí hablaré quizá de la gestión de expectativas, de la ansiedad, la decepción.
No es cierto que me lo perdiese; no es cierto del todo. Sí vi apagarse el día y volar los pájaros. Sí pude ver a nuestro editor sobrecogido, cortado el aliento y agarrado firme a A. Sí vi la columna de luz abrirse paso entre las olas, como por mano de Dios, al dar fin la provisional noche. Todo ello es especial y se quedará conmigo más tiempo del que ahora, creo, puedo reconocer.
Pero mi reacción en la totalidad fue, tristemente, la decepción. Una decepción ligera, que trepó mi espalda y se enroscó en la nuca; me susurró al oído: no es suficiente. Yo esperaba un milagro y vi algo precioso. Creo, pues, que cometí el error de estar a la altura de la circunstancia; de dar al eclipse la reverencia debida. Un eclipse total, como ya sabemos, es algo ordinario y extraordinario. Sucede todos los años y una vez por siglo. No había uno en la Península desde 1912, y sin embargo el 27 verá otro en Cádiz. Es cosa inexplicable, de la que conocemos hasta el menor detalle; es el misterio calculado.
Todo ello obró sobre mi conciencia como un sarpullido: tal es la condición del ansioso. Así pues, ya el domingo estaba inquieto. Incordiaba a mi novia: hemos de salir a tal hora, llegar pronto, buscar sitio, atascos, cortes, retenciones, etc. Escaneaba impaciente MeteoGalicia y Aemet a la caza de la nube esquiva (se dice que por estos días se publicó en Coruña un edicto, que buscaba amarrarlas a la costa: no funcionó; tal es su condición gaseosa) y contrastaba en La Voz, El Ideal y la Opinión. Nada de ello dio resultado, pues a las cinco y media aparcados en la Palloza, un cielo plateado crepitando sobre nosotros y tiempo de sobra, en fin, para hallar el spot, el lugar indicado, el promontorio, el paseo o recodo que verían obrar el milagro no bastaron para evitar lo inevitable: ciento catorce años esperando, y en hora y media todo se fue al carajo.
Los coruñeses sabemos, a pesar del manoseado cambio climático, que hace crujir el Sol en nuestros días y prodigar bikinis donde antes sólo había Barbours, que nunca se puede uno fiar del tiempo. A las 18:08 hora española (gallega), al menos según vistazo a mi reloj, una armada de nubes vino a desembarcar en la playa de Riazor. Era sin duda plan medido y ejecutado con minuciosidad, digno de un Ney o un Napoleón, audaz como extraordinaria la efeméride-objetivo. Ya algunos en la playa se daban por vencidos: cerveza y retranca en mano, sonreían y bebían resignados. Yo, que soy nada o muy gallego, apuraba a Bego y su prima a darse el chapuzón de rigor, pues había un residuo de esperanza: el acuario, bastión de resistencia donde según el rumor se agrupaban los valientes.
Allá que fuimos, y bajo el pez espada convinimos presentar batalla. Desenvainamos nuestras gafas y apuntamos al cielo: ya se veía, la barriga de la Luna avanzando sobre el Sol despacio, a paso de oruga. Pronto llegaron refuerzos y tinto-de-verano, pero la retaguardia nubosa se guardaba un as: en la totalidad, el zenit, un estratocúmulo compacto llegó y tapó, apenas si una cimitarra de luz despuntando entre los gases. El resto es historia.
Lo antedicho sólo arroja una lección: todo, en la vida, es una gestión de expectativas. Hay quien no vio nada en absoluto. Otros que, como el amigo M, vieron el gran circo: la medusa y la corona; las perlas, eyecciones. Entre todo y nada sólo queda la virtud: tal es lo que enseñan los sabios de los tiempos. Ahí estuvimos nosotros.
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