Internet

Destructores de contenido

Sobre la caída de los influencers y nuestro papel en internet

19 de agosto 2026 · 4 comentarios


No me ha ido bien con la religión. Tampoco me acaban de convencer las sectas. Sigo esperando al chamán que me haga escapar de aquí, de este lugar en el que todos estamos y casi ninguno quiere estar. No me conformo con los evasores de impuestos que comen carne de pasto de una tabla de madera en Bali, con los primos de Jafar con camisa blanca apretada de satén que te dicen cómo tener éxito, ni con los neoestoicos que, desde luego, jamás leyeron a Marco Aurelio. Tampoco con las amigas de las girls que te aconsejan su nueva cafetería de especialidad colándote una colaboración, ni con las empresas que organizan viajes a la India para blancas ricas que anhelan tener un nuevo despertar espiritual. Me temo que me tocó ser escéptica. Quiero salir de la teletienda, como todos, y tampoco sé cómo, como todos. Para que esta burbuja de influencers explote, debemos hablar del aire y del jabón1.


Sasha Chapin comenta cómo la mayoría de personas no tiene un problema con la escritura y realmente sí sabe lo que quiere escribir, pero a lo que tiene pánico es a contar lo que piensa de verdad y el ser juzgado por ello. Yo lo voy a decir: fui tuitera. Eso es todo lo que voy a hablar de ese tema. Como insider (marcando la diferencia entre mera usuaria de twitter y tuitera) recuerdo cómo antes de que fuera X, la red permitía varias cosas a la vez; tener una comunidad con frikis de tus gilipolleces donde establecer lazos y opinar entre iguales, hacer amigos, aprender cosas nuevas, poder empezar una relación amorosa por un tweet, recibir indirectas pasivoagresivas, tener el enésimo debate sobre qué tortilla está más buena o si está bien la monogamia, la toma de conciencia sociopolítica, o que te lincharan públicamente (un poquito de más por ser una piba en internet, aunque joda decirlo), todo en el mismo lugar. No quiero caer en hacer hauntología de twitter porque por algo me fui y no solo porque llegó un punto en el que éramos yo, Paco el verificado (con localización en India), y la chica con sus desnudos en su perfil. Pero hubo un momento donde las redes eran un lugar donde hablar con tus amigos y no donde scrollear anuncios antes de levantarse. De verdad sigo pensando en cómo aportar a la conversación sin caer en la nostalgia (al hilo de mi artículo anterior). Pensándolo bien, no echo de menos Twitter, echo de menos una determinada forma de estar en internet.


Hablemos del jabón de esta pompa, de su estructura. Hace nueve años, Ter, en su famoso video la espacialidad de las redes sociales hablaba de la importancia del diseño y de la arquitectura virtual. Ella planteó un diagrama de lo que entendía que era el medio y cómo éste condiciona la interacción y conducta de los usuarios en él, véase su imagen:


Es curioso que imaginara el Instagram de 2017 como un pasillo infinito, “(...) un espacio muy amable, que te hace sentir en control, a gusto porque siento yo el poder, cuando tú publicas una foto en Instagram la gente te comenta debajo, como que está tu foto delante y luego los comentarios que tienes que abrirlos para que se vean, realmente la persona que está ahí como empoderada eres tú, ¿no?”


Casi una década más tarde esto parece Mad Max, ahora sí que es infinito de verdad, incierto, constantemente cambiando su ruta, mutado en un laberinto vivo en distintas texturas y alturas como el país de las maravillas, o más bien de los horrores, donde encontramos en el centro a un gran minotauro llamado con miles de nombres, desde elXocas (lol), ASMR cutting soap o Clinicas Dorsia. Los antiguos héroes preguntaban a un oráculo para obtener guías sobre su futuro, porque su destino ya estaba escrito. En este tipo de laberintos hay un sistema de augurio con patrocinio, al que no necesitas preguntar, solito funciona con tus datos, y a partir de ellos la combinación de puertas presentará consejos o estilos de vida que te generen necesidades. Hay falsos aventureros que creen que siguen eligiendo a quién ver, porque solo entran al laberinto sabiendo el nombre de distintas estancias, pasando por alto que al entrar en ellas aparecen los mismos sirvientes del mercado ofreciendo sabrosas flores de loto, que cada habitación sigue sometiéndolos a un código de conducta para tener su sitio ahí, o lo que es peor, creen que simplemente acuden a su laguna asignada para admirarse en su reflejo, sin percatarse de que siempre acaban ahogados al caer. Los enorgullecidos desertores del dédalo siguen usándose como carne de cañón en guerras reaccionarias, porque un “ser distinto” e incomprendido siempre fue como gasolina para el fascismo.


Fin del mito, que empiezo a sonar un poco boomer, y entre eso y que me ha salido ya mi primera arruga me dicen que necesito baby botox. Bueno. Ya que soy profe de filo, ni decir cabe que en realidad, de ser todo esto un mito, sería el de la caverna. Y de nuevo hasta aquí voy a hablar así porque está súper manido y tampoco voy a explicarlo, que yo estoy de vacaciones.


El diseño de la disposición de las redes que Ter planteó (incluyendo X y Youtube) ha cambiado, y en vez de facilitar espacios donde se dialogue y denuncie un tema (lo que era la gran promesa de internet), se presentan grandes plataformas de similar estructura donde solo una persona o una marca es seleccionada para recibir atención temporalmente y poder decidir si mojarse por un tema o no, y lo más cercano al debate es la sección de comentarios pero que, como solo están en esa publicación, exclusivamente se presentan accesibles al entrar a los perfiles, generando visitas, y pueden desaparecer tan rápido como el perfil original decida al borrarlos o eliminar su post. Asumimos erróneamente que estamos socializando con alguien cuyo perfil frecuentamos solo porque consumimos lo que nos dice que consumamos. Porque sepas todo lo que hace, come y viste Pepita no significa que la conozcas. No eres su amiga por estar en su canal de confesiones que te mantiene enganchado para que le pagues el sueldo. Tienes una relación parasocial. Y al hilo de ello, aunque me duela, no conocemos a nuestros mutuals. Ni siquiera estando en sus cuentas candado o mejores amigos.

Yendo a la pompa y siguiendo con Pepita. Menuda se está liando con ella. Pensemos en su lenguaje. Si le pregunto a qué se dedica, me dice que “crea contenido”. Pero no, cariño mío, eso no es así. Tu profesión es bastante más antigua y menos innovadora de lo que te piensas. Josefa, amor, tú lo que eres es una vendedora de la teletienda. Poco te aleja de la chica de después del telediario que vende seguros, quizá una chaqueta que ha diseñado tu amigo el hijo del CEO de nosequé. Te lo digo con conocimiento de causa porque en otras circunstancias vitales y otra consciencia de uso de internet, yo también fui chica expositora de matcha, gafas o incluso tuppers de comida. Jugamos en casa. Sabemos de lo que hablamos. No creas nada. Lo que haces es marketing, que es la palabra tan mona y extranjera que le han puesto a la actividad de alguien que se dedica a vender en un mercado. Yo personalmente no me autoengaño: me dedico a cuidar a adolescentes mientras sus padres trabajan y a veces se me permite mencionar a Aristóteles. Pero no voy a decir que me dedico a debatir sobre los Eidos y la Sensibilidad en la Academia. De la misma manera, deja de venderme tu puto rollo. Todos sabemos que eres un mono de feria al que le llevan a los sitios a sostener cosas mientras haces palabras gancho y enseñas tus atributos más llamativos. Yo si enseño teta es por amor al juego y a la carne. No somos lo mismo. Simplemente no me da la gana que escondas lo que eres. Entiendo que lo hagas porque no te compraríamos igual. Pero ya está bien. Estoy del ciclo anual Fashion Week > rebajas > Coachella > Feria de Abril > Scrapworld > Primavera Sound > Orgullo > Mad Cool > Velada del año > país exótico para hacer voluntariado (que no es voluntario) > básicos para la vuelta al cole > Halloween > Black Friday > Navidad > recap del año hasta los cojones.

Lo peor es que los problemas y necesidades que proyecta esta gente están, normalmente, fuera de la realidad de todos quienes los consumimos. El algoritmo completamente hinchado por anuncios presenta los temas a los que quiere que atiendas y puede censurar, limitar o reducir la visibilidad de aquellos que no benefician o son contraproducentes al desarrollo de las empresas de redes sociales. Nos está afectando hasta el punto de que determinados periodistas pueden acabar sobrevalorando lo viral y confundiendo aquello que circula en redes con el interés público, como señala este artículo en Vulture. No sé qué piensa Chomsky de todo esto, pero después de aparecer en los Epstein files tampoco sé si quiero preguntarle a estas alturas. Hoy en día el contenido en redes te hace creer que puedes aspirar fácilmente a ser multimillonario si “te esfuerzas verdaderamente” cuando en verdad compartes mucho más con el mendigo del que te separas pasando la calle que con un rico. Estás mucho más cerca de que tu necesidad de atención sea conocer el estatuto de los trabajadores de pe a pa que saberte los cincuenta mil pasos de la rutina coreana. Sí, Kylie y Kendall han conseguido estar con los dos guapazos del momento en Hollywood. Ya lo vimos. ¿Sabías que, mientras lees esto, en el Congo miles de menores están siendo víctimas de violencia sexual en un conflicto que también ha dejado embarazos forzados, ITS y niños nacidos de violaciones? Sí. Lo has leído bien. Esa masacre se perpetúa por el interés en los mismos minerales con los que fabrican el dispositivo desde el que estás leyendo esto. Internet es algo material, no un espacio neoplatónico fuera de lo tangible. Alexa y ChatGPT son nombres de servicios que ofrecen empresas lideradas por personas que utilizan recursos y trabajan con millones de datos. Están destruyendo el planeta, los libros y matando a personas como causa y consecuencia de todo esto. ¿De verdad importan tanto las frutinovelas? ¿A qué estamos atendiendo?

Me sale @lidiiserra contando cómo de increíble le parecía la soltura con la que una influencer comentaba a sus seguidores que su hobbie era decorar casas, en plural, cuando la realidad es que la mayoría de nosotros no nos podemos permitir la entrada a una hipoteca, cómo de alejada de la realidad de la persona de a pie estaba la vida de estos “creadores de contenido”. Aquí están los comentarios debajo:

Oye. Es que esto que lleva pasando estos meses con los creadores de contenido y las inmobiliarias en plena ola de lucha por la vivienda, desahucios, pelotazos turísticos, huelga de alquileres y manifestaciones… es jevi tío. En plan… qué vergüenza, de verdad te lo digo. ¿El anuncio de Taco Bell usando la crisis como gancho? Mi gente… poco hacemos.

Llevo cuatro meses escribiendo este artículo y voy incluyendo toda la mierda que va pasando. Por si a estas alturas del texto falta contexto: ¿Cómo que “todo el mundo lleva tres meses de vacaciones y tú solo tienes uno”? ¿Cómo que “estamos en un país de vagos”? No puedo pararme a comentar cada cosa. Voy a sacar una novela donde el niño protagonista se levante de un sueño donde el Comité Central obligue a toda la ciudadanía a ver la retransmisión en directo de vuestra guillotina en la plaza pública, hijas de puta, y como digo que lo ha soñado un personaje no es algo que esté pensando yo. Yo nunca pensaría eso. Eh… ¡esto es un distanciamiento como autora, una defensa del personaje, una máscara literaria!

Ahora en serio: ironía autoral. Esa sería una idea propia del sueño de un niño porque es ingenua y reduccionista. Una parte de mí es escéptica con esta anunciada caída de los influencers; pienso que metafóóóóóricameeente, como mucho, rodarán un par de cabezas (probablemente las más vacías). Pero como toda personificación del capital, a la hidra le volverán a crecer otras dos caras si las cortamos. Aquellos a los que no les falte el cuarto para el kilo empezarán a ponerse las pilas y añadirán la cucharada de progresismo que hace falta a sus stories para poder seguir viviendo de lo suyo, como ya vimos hacer a la mayoría de las empresas con el pinkwashing, y como, en definitiva, lleva haciendo el mercado para sobrevivir ante cualquier ápice de amenaza y reacción social.

Habrá discursos más cur(r)ados, contratarán equipos de prensa, mánagers que piensen por ellos y les limpien la imagen, hilarán más fino, harán las paces con la lectura y recomendarán hasta a algún escritor de moda. Todo esto cuando el auge reaccionario triunfe institucionalmente y no haya ni un ápice de discurso que incomode en el poder (sí, ni siquiera algún socialdemócrata estancado en el ciclo anterior que despunte para rascar votos). Cuanto más se tensiona, menos se tolera, más modulan su discurso. Hasta ya tenemos influencers salvándose las espaldas criticando todo esto, ellos quieren ser distintos. No hace falta ser un reaccionario cuando gobierna la derecha (aunque “la izquierda” en realidad no haya sido jamás una mínima amenaza para ellos, sus pisos, sus empresas, su capital). No es necesario señalar cortinas de humo cuando la verdadera cortina de humo del capital eres tú, cariño. Títeres con diferente traje, podrán ser más conscientes, más ecofriendly, más inclusivos, pedir apoyos para Cruz Roja y Oxfam, hablar del abuso infantil en un país que no sepan ubicar en un mapa, todas esas mierdas que suenan genial, porque siempre saludaban, en verdad son buenas personas si les conoces en la intimidad, y demás.

Tampoco digo que ahí fuera no haya algunos verdaderamente conscientes de su privilegio tratando de poner orden desde su posición. Tana Mongeau (conocida youtuber americana) opinando de una polémica con James Charles (otro influencer) advierte que “su financiación depende de que la clase obrera sienta una conexión con ellos” cuando habla de los influencers. Algo parecido anda diciendo Fabio Mufañas, llamando a la responsabilidad de los grandes perfiles de cara a la sociedad civil “¿Podéis despertar, podéis dejar de vivir la ensoñación que vosotras habéis creado de vuestro propio personaje? ¿Podéis enseñar un ápice de respeto por la clase trabajadora (…)? Es que debería ser un deber que si tenemos, y yo me incluyo, la vida solucionada desde los dieciocho, los diecinueve o los veinte años, al menos contribuyamos a que la corriente filosófica que permita que “esto” avance sea posible y aportemos algo a la crisis de valores que (…) estamos viviendo todos. (…) ¿En qué momento estamos tolerando y estamos suavizando (…) que una persona se ría de la clase trabajadora que nuevamente es el motor de una sociedad?”. Aun así, no sé si que ellos hablen de todo esto es suficiente para que todo el entramado de internet y el mercado internacional de ventas online se plantee distinto.

Dejando atrás la anécdota de cada gilipollez que se está diciendo (que es mucha) porque ya hay videos buenísimos funando a cada uno de estos papanatas, de verdad digo que al final no es una cuestión personalista, es una tendencia social y de mercado. Igualmente, por mucho que los cancelemos (si es que eso funciona…), algunos de ellos son lo suficientemente pillos como para tener la vida ya solucionada. Con lo que han ganado, pueden invertir, montar una empresa desligada a su imagen, comprar un par de pisos y hacerlos turísticos… en todo caso no habría gente nueva haciendo lo que hacen, pero no es tan fácil destronar a lo que algunos llaman la nueva nobleza, solo les quitaríamos títulos nobiliarios. Dios cierra una puerta, abre otra ventana en chrome. “Nooo, señor Alcaide, darnos suficientes visitas con una polémica como para que podamos retirarnos y no tener que volver a enseñar nuestra cara… eso noooo por favor”. El peak del bait. La funa que crea el anonimato perfecto, la nueva puerta giratoria.

Poniendo en suspenso a estos payasos, pregunto mientras tanto: ¿qué hacemos la mayoría de nosotros en el internet? La ontologización del medio tecnológico es algo innegable, vivimos la realidad física y la virtual y ambas tienen importancia en nuestro día a día. Las posturas neoluditas me parecen ridículas, hay vida que ocurre aquí y no se puede estar al margen de la red (al menos no si se apela a la masa). No somos meros datos ni espectadores; hacemos muchas cosas en este lugar. Y en él, me incomoda cómo participar en la conducta marcada por estos espacios, que “ser activa” sea igual a emitir un flujo de información que mi comunidad recibe y que las conversaciones que abra sean obligatorias, unidireccionales y privadas. La relación creador-fan… euuughhh. No quiero ninguna plataforma que preestablezca mi relación con el otro desde un modo de servilismo o dependencia del resto, que hinche mi egocentrismo, que no se me pueda confrontar, contestar, parar los pies. Quiero que si cualquiera cometemos un error no podamos dejar de enterarnos, y a la vez se permita equivocarnos. Quiero conversaciones abiertas, todo el rato. Que no dejemos de pensar ¡y actuar! sobre ciertos temas porque dicen que no debemos. No quiero que la acción de compartir a alguien (o no hacerlo) tenga un doble impacto, sobre mi imagen y sobre mi relación con el otro, querer que se me vea más con unos por algo, no querer que otras vean demasiado al mío… todo esto, joder, no y más no.


Que me parezca ridículo el neoludismo no quita que entienda y ejerza el detox digital. Pero ojo también con esto. Estoy empezando a ver hasta gente que sube a sus perfiles las cosas que ha hecho durante el tiempo que elegía no usar el teléfono. Me parece que es una buena idea en sí, pero si viene de alguien que, de nuevo, quiere crear ese contenido y tenerte doomscrolleando con lo-que-ha-hecho-fuera-de-redes-en-redes es un poco contradictorio. Es cierto que cuando dejas de usar el teléfono puedes empezar a hacer un montón de cosas. Pero no sé si un perfil que busca dedicarse a ganarse la vida de las redes y me enseña todas las cosas que puede permitirse hacer cuando desconecta no es tanto una lección de praxis alternativa como una presión a hacer algo de provecho con tu tiempo si dejas el móvil. También creo que no todo el mundo puede permitirse ir a todas esas clases privadas de deporte, alfarería o música que sustituyen la vida cibernética. Oye, que si dejas el teléfono y no haces ni el huevo, está genial también. Tampoco empieces a hacer un hobby que requiera un despliegue económico de la hostia solo porque Menganita, a quien no conoces y a su capacidad económica tampoco, lo hace. Y haciendo cualquier cosa que nos sugieren las redes, antes de frustrarnos por no encajar en un determinado lifestyle, recuerdo que el motivo por el que funcionan estas modas, categorías, ideales y “-core” tan efímeros y cada vez más de nicho es para hacer que nuestros perfiles sean fácilmente reproducibles con el algoritmo. Como humanos deberíamos ser la pesadilla de las cookies y las tendencias, no solo por no ser capaces de cumplir materialmente con sus cánones y expectativas en nuestros cuerpos y rutinas, sino también por no ser fácilmente reducibles, permitir nuestro cambio y nuestra contradicción, no leernos como seres encaminados a una sola cosa, sino como aquello que siempre muta.

Por otra parte, hay gente que está planteando hacer jardines y diarios digitales, volver a los medios audiovisuales físicos o proponer un internet distinto y más ético. Eso es importante. Bueno, incluso en la propia plataforma en la que yo estoy escribiendo se aboga por hacerlo diferente. La cuestión es que todo sigue sin ser suficiente, ni deberíamos conformarnos con una salida individualista ante un problema comunitario y social. Además, estas soluciones pueden convertirse fácilmente en formas de diferenciación individual más que en respuestas colectivas, produciendo una especie de “éxodo de los ilustrados” mientras el obstáculo estructural permanece intacto para la mayoría de la población. Estas estrategias de retirada permiten habitar de otra manera internet, pero no transforman las condiciones generales bajo las que la red funciona ni permiten que automáticamente se colectivicen.

En determinados debates jurídicos y filosóficos se habla de una cuarta generación de derechos humanos vinculada al entorno digital, y no únicamente nos debería preocupar qué están haciendo con nuestros datos y cómo se van a gestionar, o cuál es nuestra huella digital, sino también podríamos exigir una serie de derechos en cuanto a nuestra presencia en redes sociales, el tipo de contenido al que queremos ser expuestos, las consecuencias que puede tener para las luchas sociales… Al final, siento que desde la pandemia, la vida comunitaria y el tejido social y político parece haber perdido una fuerza que está costando mucho recuperar. Si ya, hablando en primera persona, nos come el shadowban, ¿qué hacen las organizaciones, las asociaciones, si se borran sus perfiles de repente, si estar en cualquier red es ser víctima de todo tipo de censura? ¿Vamos demasiado tarde con esto? En general, los Derechos Humanos son algo verdaderamente más contingente de lo que pensamos, y darlos por conquistados nos está haciendo perderlos, ya no sé si encima podríamos pedir añadir una nueva lista respecto a las redes. Espera. ¿Pedir? ¿Cómo…? ¿Pedir… por favor? ¿¿Me estoy leyendo escribir??

Acotando a lo de antes, llevamos tratando de explotar esta pompita desde hace tiempo. El Blockout de 2024 (también conocido como digital guillotine) surgió después de la Met Gala y consistía en bloquear a determinadas celebridades e influencers principalmente como protesta por su silencio respecto al genocidio en Palestina con la intención de reducir su visibilidad y potencialmente sus ingresos publicitarios. Hace meses, de nuevo, en EE.UU. hubo un conato de cadena masiva para ignorar a famosos e influencers que se hizo bastante viral. Aún hay comentarios debajo de los posts de Kim Kardashian pidiéndole a la gente stick to the plan y que le baje la audiencia. Ahora parece que en España hacemos lo mismo, llamamos al boicot, no verles ningún post, dejarlos de seguir, silenciarlos, etc. Esta gente ya no se moja en nada y la peña está dejando de seguirla, y estamos hartos de que todo el mundo esté media-trained. Estoy de acuerdo, urge usar el poder del silencio para el bien, pero acabar con la punta del iceberg no es suficiente. “No hacen falta más influencers, hacen falta más fontaneros” y hacen falta más artistas independientes o directamente también personas que sepan hacer muchas cosas a la vez, especialmente en los tiempos que inminentemente se avecinan. Hacen falta archivos físicos, acciones a pie de calle, organización social, todo frente a este ruido, esta destrucción de la información, del contenido de verdad, de nuestras herramientas de liberación.


En fin, duendecillos que viven dentro de mi teléfono… Os voy poniendo banda sonora mientras leéis mi despedida. Es difícil tratar de explicar cómo una puede sentirse más sola que nunca en las redes sociales y toda esta frustración. Es mejor que dé paso a Vera Fauna y a Childish Gambino, que lo hacen mucho mejor.


Siento aguar la fiesta, esta caída es temporalmente positiva, pero anecdótica: siempre se puede hacer famosa a gente más leída, culta y productiva. De hecho, lo que está empezando a vender es lo intelectual, lo pausado, lo consciente. Que ya tenemos al mercado mutando, mi gente, que ya estamos en ello. Tenemos que pensar en la forma. Yo no quiero pedirle más a los creadores de contenido, lo que quiero es que no haya unos pocos con grandes ingresos principalmente pasivos por cómo está diseñado el sistema de redes sociales (porque llamarlos activos a cambio de lo que hacen…) mientras el resto comemos mierda o tratamos de sujetar como podemos el edificio en ruinas del estado de bienestar.


A ver si explota la burbuja de los influencers no… a ver si explota ya la burbuja del capital, amores. ¿No estamos cambiando el mood y pidiéndole todo al universo sin conformarnos con poco?, ¿no estábamos viendo la vida desde la abundancia y no desde la carencia? Por segunda vez, ¿por qué crees que tienes más probabilidad de volverte rico que de ver el sistema caer y formar parte activamente de ello? Hay un entramado de influencers que está participando en crear en ti una serie de aspiraciones que sigue haciendo que esta rueda productiva funcione. Recurrimos a su audiencia porque cada vez nos vemos más solos y el trabajo y las obligaciones han inundado todo. Muerto Dios, no hay que levantar nuevos ídolos, ni gurús, ni iluminados. Hay que espabilar PERO YA. Manifestar pero de verdad, empezar a manifestarse.



1[Un disclaimer antes de arrancar que, precisamente por el tema, viene a cuento: este artículo es largo. Autoexigirme una legibilidad más eficiente es limitarme, y considero a mis lectorxs lo suficientemente inteligentes como para poder ofrecerles algo de mayor calidad a cambio de extensión. Ya te lo digo: me la pela que no vayas a terminar de leer este artículo de una sentada, y menos en verano. Hay gente que leerá esto en el metro, esperando que alguien le conteste, viajando, haciendo caca, y quizá todas esas cosas no durarán lo suficiente como para poder consumir estas palabras hasta el final. Incluso habrá alguno que se haya cansado de leerme porque piense que soy una petarda, u otra que no pueda seguir leyendo hasta el final porque le esté rayando. Me parece bien. Deja mi texto a la mitad. De hecho, por mí, lo ideal es que vuelvas a él cuando te sientas más cómodx, cuando puedas pensar, cuando haya pasado algo entre medias y que ojalá te haya hecho reflexionar, que puedas escribirme añadiendo algo, nos hagamos preguntas, me respondas algo con lo que no estás del todo de acuerdo (con amor, por favor). No quiero ser siempre automáticamente comprensible y fácilmente digerible, no quiero un límite de mil palabras, el párrafo perfecto para subirse en un post gancho. Por algo estoy aquí, en sustrato, y no en cualquier otro periódico. Ya has leído la movida de los mecenas y todo eso, así que no te la voy a repetir: suscríbete y ayuda a otros medios. De eso va un poco lo que voy a hablar. Yo soy muchas cosas, pero no creadora de contenido. Ahora mismo estoy siendo escritora, y por tanto deseo que se me preste atención con espacio y tiempo, y no lo más rápido y eficientemente posible.]

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