Cuando conozco a alguien nuevo me gusta hacerle, a modo de juego, una batería de preguntas rápidas, tontas, sencillas, que me permiten augurar una idea de quién es. O eso creo. No vengo a hablar otra vez de mi deseo de control, de encajetar todo, pero sin duda soy una gran fan de las categorías. Especialmente si son moñas. ¿Si pudieras ser una fruta, cuál serías? ¿Cuál es tu sabor de helado favorito? ¿Con qué edad te concibes a ti mismo? Hasta hace un par de años, yo siempre respondía: dieciséis. Ya no lo pienso, pero durante mucho tiempo, contestaba que hubo algo de 2016 que me hizo quedarme ahí y no volver.
Sentía que en ese año se selló mi identidad: mis gustos musicales, literarios, mi estilo, mi forma de amar, de socializar. Todo estaba ahí. Mi año de diversión, mi tiempo de Bildungsroman personal. Volvía y volvía sobre el pintalabios mate, los chokers, The Last Shadow Puppets, Ariana Grande, Harambe, garzón bae, los pintalabios de Kylie, Beyoncé con Lemonade, el Brexit, la gente saliendo de casa gracias a Pokemon Go, Lana del Rey, tirarse un cubo helado por el Ice Bucket challenge sin volver a preocuparse por el ELA, el filtro del perro de Snapchat, el fin de Vine, el Mannequin challenge, la primera candidatura (y que creíamos que sería única) de Trump, el virus del Zika, la nueva ola del feminismo, las chaquetas verde militar, hablar sin comas en minúsculas y punto al final, de nuevo, garzón bae. Es que. Los sueños de la razón producen monstruos. Garzón bae definitivamente lo fue.
Ha comenzado el año y de repente todo el mundo echa de menos 2016. Me considero experta en el asunto porque si alguien ya ha romantizado ese año todo este tiempo He Sido Yo. No quiero ninguna medalla de mayor yearner de 2016. No por Dios. Solo sé de lo que hablo. Aguanten. Sigan leyendo. Como si tuvieran el span de atención de hace una década. Viajo al cementerio, recorro las tumbas de lo que solía ser twitter en su era dorada. Pongo unos dígitos en el buscador junto a mi arroba. Aquí la prueba.





Fue el año en que se nos abrió el mundo, empezamos de alguna manera a vivir como mayores, entrábamos a la universidad o a bachillerato, perdíamos la virginidad, nos rompían por primera vez el corazón, nos dió un amarillo, sentíamos todo de verdad, nos enterábamos de esa cosa que en la familia solo sabían los adultos. Vivíamos una España que aún se recuperaba de la crisis de 2011 ignorando que en realidad nada iba a mejorar. Fueron pequeños contactos con la independencia y la libertad sin toda la responsabilidad y problemas que enfrenta la adultez, en la que hoy nos sumergimos y nadamos como podemos, algunos a crol, otros a punto de ahogarse.
Como Danny Ocean, nos rehusamos a dar el último beso a nuestro pasado y despedirlo. ¿Cómo puede ser que tanta gente se una para echar de menos esta época? Pregunto a mi padre, a mis abuelos, a mis compañeros de trabajo, diferentes generaciones. Para ellos el 78, el 94, el 2003, fueron su 2016 personal. Hay estudios confirmando que todas las generaciones piensan que la mejor música jamás hecha coincide con la que se publicó cuando fueron adolescentes.

Como contesta este usuario, en realidad, todas las generaciones viven romantizando el pasado porque el presente resulta desolador. 2016 es lo que parece que ha tocado en la estúpida ruleta aleatoria de la morriña del sistema. Este fenómeno ha sido descrito por distintos autores y, antes de que alguien ponga los ojos en blanco, si los traemos tanto a colación es porque, sí, fueron pensadores que explicaban especialmente bien la nostalgia.
Mark Fisher narra cómo en la actualidad el capitalismo se presenta como el único sistema posible, incluso dándole peso ontológico a esta afirmación. Toda alternativa al capitalismo resulta indeseable, fantasgamórica, vaga, y por eso frecuentemente somos capaces de pensar las consecuencias de nuestro sistema mientras nos es complicado ver su alternativa. El capitalismo, así, se impone como única realidad viable y pensable. Tanto, que logra invisibilizar la ideología que le subyace, haciendo que se naturalicen o acepten fenómenos de la economía de mercado como si fueran normales e infranqueables y no lo que son realmente: el resultado del proceso histórico y las fuerzas productivas y, por tanto, algo concreto, temporal, contextual. En este realismo capitalista parece que nuestra forma de producir, consumir, trabajar e incluso, desear, es algo ya dado desde y para siempre en el ser humano, una realidad trascendental y no un momento concreto y configurado en la historia actual. Esto, a su vez, provoca que se impidan formas de imaginar nuevas realidades, y con ello, de construir nuevos futuros. En el contenido de nuestras redes, nuestra conexión con la cultura, la moda, el arte, y a través de nuestro deseo, anhelamos la repetición cíclica de un pasado en realidad cadavérico que regresa constantemente en formas que impiden el cambio o la renovación.
Fisher anuncia el sistema actual como algo infinitamente flexible, plástico, capaz de metabolizar y absorber cualquier objeto con el que toma contacto, engullendo todas las historias previas, fetichizando y naturalizando bajo la norma cualquier modo de realidad. La relación de ello con nuestra nostalgia parte del hecho de que el capitalismo ya ni siquiera se molesta por devorar contenido que parecía tener un potencial crítico o subversivo en su aparición en la mayoría de los casos, sino que se adelanta moldeando preventivamente el deseo, lo precorpora, proyectando una escena y contenido supuestamente alternativo o indie que se basa en repetir sistemáticamente los mismos argumentos, mitos, imágenes y mensajes, volviendo una y otra vez al pasado. Así es que el realismo capitalista refuerza en distintas formas la idea de que el futuro nos ha sido prohibido y el pasado se repite una y otra vez bajo la forma de la nostalgia. Vomitamos y volvemos a comer lo mismo constantemente, siendo el menú del día, 2016, que a su vez ya fue el refrito de todos sus años anteriores, y por eso nos causa reflujo.

Fredric Jameson describió la nostalgia posmoderna como un caso en el que, por un lado, nuestra cultura privilegia lo presente y lo inmediato extendiendo la anulación del largo plazo tanto hacia atrás como hacia adelante en el tiempo, por eso no recordamos cuáles fueron los titulares de hace dos semanas, aunque para nosotros fueran de gran preocupación. Por otro lado y a la vez, nuestra cultura tiende excesivamente a la retrospectiva, incapaz de generar novedades auténticas. De esta forma, anhelamos sin historicidad, dado que recordamos un pasado fragmentado, irreal, una versión oficial de lo que debemos recordar.
Según Simon Reynolds, el comienzo de los años 2000 en la cultura pop, especialmente atendiendo a su música, se caracterizó por una vuelta incesante al pasado, una obsesión con lo retro, sin apenas creaciones frescas e innovadoras. A causa de la abundancia y flujo constante de influencias y motivos del pasado en distintas tecnologías (Mp3, iPod, reproductores CD…) los oyentes y artistas hacían una labor más arqueológica, archivista, replicadora, que creativa, innovadora. El autor se preguntaba qué sería lo siguiente cuando se agotaran tiempos que repetir. Pues ya te lo digo yo, lo mismo, pero peor: ahora, en plataformas como Spotify, Youtube, Pinterest, Tiktok, Apple Music, el oyente y el artista, o bueno, mejor dicho, creador de contenido interdisciplinar transmedia, ejerce una labor pasiva, de curaduría, y cada vez juega, crea y se divierte menos. El mainstream y lo pegado recurren al reciclaje para poder sobrevivir. Muchos artistas dependen de covers y samples que generen audios virales y adaptables a distintos formatos cortos para poder mantener o reflotar sus proyectos, porque no tienen financiación, tiempo ni espacios para poder crear lo que realmente querrían.
Además, recuerdo que la nostalgia, la simplificación y la idealización del pasado es un recurso común del reaccionarismo y el fascismo. No es coincidencia que en el año donde la forma más explícita y desinhibida de imperialismo está arrasando con todo a su paso deseemos volver a un tiempo mejor. Entre tú anhelando los chokers y las tradwifes no hay tanta distancia, aunque no lo creas, amiga. Cuidado con romantizar otros tiempos mejores, gloriosos, que te cargas tu propia capacidad de futuro. El panorama de estos días; make 2016 great again, make america great again. Antes de que pidamos hacer excepciones con nuestra añoranza, sobre la hauntología (el sentimiento de anhelo y deseo de revivir pasados que no llegaron a cumplirse, buscar traer futuros perdidos, y la pregunta de si puede haber una revisión del pasado útil y revolucionaria…) cabe preguntarse si aquello que se extraña es, en primer lugar, algo que verdaderamente ocurrió, o la proyección y la digestión de un recuerdo fabricado, impuesto, censurado e impropio. No creo que nadie que se haya unido al dichoso trend de traer 2016 de vuelta lo haya hecho tan seriamente, o explícita e intencionalmente con motivos políticos, pero sea cual sea el caso, lo advierto todo.
Como dice Fisher, para recuperar agencia en el proyecto político que se nos presenta, es imprescindible poder identificar las formas en las que participamos a partir de nuestro deseo en la picadora de carne que es el capitalismo. Debemos estar bien atentos de qué discursos alentamos, aunque solo sea una broma, un gesto sin más, una tendencia sin maldad.
Asimismo, cuando se lleva a cabo esta regresión, se hace desde el espíritu de este tiempo, es decir, es una vuelta intimista. Los grandes eventos de esta década nos llevaron a encerrarnos en nuestro interior exacerbando el individualismo, el aislamiento y la alienación. La memoria no es objetiva, y menos, cuando en vez de ser colectiva pasa por las lentes de lo solo personal. Cuando se vuelve al pasado, se piensa en dónde creía estar uno mismo, no en qué ocurría con todos nosotros. No sé que pretendemos revisando solo el yo para buscar herramientas que interpelen a una colectividad, aunque “solo” sea artística, visualmente. Como si eso no tuviera consecuencias psicológicas, políticas y sociales. Negamos la posibilidad de diálogo, de debate, del “yo también estuve ahí, y eso no pasó como dices”.
Uno ni siquiera indaga en su yo recuerdos propios reales, ya que nos sigue invadiendo el espectáculo, lo que desean que sea el recuerdo, construído por moodboards, vibras, estéticas impuestas, y no lo incómodo, lo doloroso, lo que de verdad ocurrió. En 2016 hubo una tendencia que no se integraba igual por cada individuo ni de la misma forma en todas las clases y lugares, pero ahora se presenta, además, la moda de recordar esa vida de 2016 que de primeras no existía. Mire este neuralizador, somos Men In Black. Lavada de cerebro y a seguir. La mamá de la mamá de la mamá.
Sea lo que sea que añoras de esos días; si echamos de menos llegar hasta el final del feed y tener una atención sana, la respuesta no es hacer más doomscroll. Es plantear una relación distinta con las redes y comprometer nuestro tiempo a tareas activas y compartidas. Si añoramos no tener que estar siempre disponibles en el trabajo, la respuesta no es asumir más tareas, producir más. Es organizarse. Si echamos de menos pagar menos de mil pavos por cualquier piso en una ciudad grande la respuesta no es acostumbrarse a seguir pagándolo. Es organizarse. Si anhelamos nuestros cuerpos cuando estaban activos, disponibles, la respuesta no es seguir mirándolos mientras hacemos bedrotting. Es salir a la calle. Es organizarse. Es organizarse. Es organizarse. Hay incluso quien está afirmando, manifestando, que el 2026 es el nuevo 2016. Supongo que quien romantiza su historia está condenado a repetirla. No hay peor condena que la que uno mismo se impone. Creo que podemos ser mejor que todo eso, no ponernos la zancadilla, enunciar nuestra propia cancelación del futuro.
El tiempo no existe. Es solo la palabra que utilizamos para indicar lo que pasa antes y después de un cambio. 2016 no existe. 2025 tampoco. 2026 dejará de existir también. Si volvemos porque echamos de menos, si nos fijamos porque duele, no hay que relamerse, creyendo curar la herida mientras más sigamos rompiendo la costra. Mirar el daño, el vacío. Entender que el dolor señala lo que es importante para nosotros. Sacar de eso nuestros valores, prioridades, qué nos importa. Pensar qué necesitamos. Buscar cómo encontrarlo. No hacer nada más. Nada más. Seguir hacia delante.

Diciendo todo esto no quiero parecer la rara, la diferente, la aguafiestas, porque a mí también me gusta participar en los trends, yo también siento nostalgia, insisto en que he sido la campeona de mirar atrás. Desde hace unos años, cuando juego a las preguntas y me dicen de vuelta qué edad siento que tengo, contesto la actual. Creí quedarme en la nostalgia para siempre, pero ya volví de ahí, no solo porque ya tengo unos añitos para vivirme adolescente, sino porque quiero dejar de identificarme con una etapa que, aunque fue muy divertida, era también en la que estaba profundamente enferma y enajenada, contando cada caloría, deprimida, mirando el teléfono durante horas en mi habitación. Permitiendo que hombres opinaran sobre mí e hicieran conmigo lo que querían con tal de que no me dejaran sola. Escuchando lemas en bucle que hablaban de lo mal y mal y mal que estaba. Sin saber cómo enfrentar conflictos, tratar amistades. No quiero anhelar mi inmaudrez, mi inocencia, mi falta de atención, de responsabilidad. Ya no quiero estar ahí porque me acuerdo de cómo fue sin autoengaño. Si vuelvo atrás, vuelvo de verdad, y entiendo por qué no me hace falta repetir.
Aún me cuesta encontrar la salida a todo esto, pero desde luego, tengo claro cuál no es el camino. Dejen paso, vamos con mucha prisa. Podemos ser mejores que esto. 2026 es el nuevo y único 2026. Hagámoslo mejor.
