Internet

¿En qué plataforma está?

No me extraña que esté tan en boga el uso del verbo consumir para hablar de leer, visionar o escuchar.

18 de septiembre 2026


Allá muevan feroz guerra

ciegos reyes

por un palmo más de tierra,

que yo tengo aquí por mío

cuanto abarca el mar bravío,

a quien nadie impuso leyes.

—José de Espronceda


No es casualidad que dos iconos de la música española que han recuperado la voz luego de años de silencio mediático haya sido para entonar proclamas ultraderechistas. Después del afónico Bosé negando la pandemia del bicho en Lo de Évole, ahora Cristina Llanos, vocalista de Dover, reaparece “tras diez años muda”1 para apoyar al Estado de Israel y condenar sin reparos la ley trans. Dice Luis Ignacio García en Fascismo cosplay (Caja Negra Editora, 2026) que parte de la estrategia fascista consiste en destruir el lenguaje como ámbito en el que pensar, lo que hace que combatir los discursos de esta nueva derecha conspiranoica con argumentos sea una tarea enloquecedora. Romper las propias herramientas dialécticas para que nadie pueda narrar el colapso de las ideas. Tiene sentido que a ese colapso le preceda el silencio.

¿A dónde quiero llegar con esto? Cogido con pinzas, pero allá va: hay un lenguaje específico que cada vez cuenta con menos hablantes, un lenguaje que considero esencial para preservar la formación intelectual y política de nuestra sociedad actual (soy consciente de la grandilocuencia del sintagma), y ese es el de la piratería digital.

Cuando me da por recomendar una película o una serie que me ha gustado, la respuesta de mi interlocutor suele ser la descorazonadora ¿En qué plataforma está?; a lo que es probable que siga su decepción por no poder verla y mi promesa desesperada de compartírsela de algún modo.

Me gustaría poder señalar, pero sería imposible, el momento concreto en el que decidimos resignarnos de buenas a primeras a que las plataformas de streaming sean las que controlan lo que podemos ver y lo que no. Nuestra capacidad de navegar por el mundo y sus manifestaciones culturales se ha visto mermada de forma drástica y sin apenas darnos cuenta, al depender de planes de suscripción para acceder a un catálogo concreto y tener que renunciar a otros porque simplemente no podemos pagarlo todo. Cuando al mercado no le interese que veamos ese documental sobre Gaza (ya estamos ahí) o cuando saquen de las bibliotecas a esa teórica feminista o queer; cuando solo sea la IA la que te responda a las búsquedas de Google, ¿con qué herramientas nos buscaremos la vida para seguir formándonos? ¿Cómo vamos a seguir comunicándonos?

Para mí, la piratería ha sido un recurso disponible y natural desde que era pequeña. Mi padre, que grababa las películas que alquilábamos del videoclub para luego imprimir en casa la carátula y agrandar la colección de DVDs de sus hijas (él me descubrió Megaupload y las trampas de las descargas directas; después, más mayor, yo le enseñé a usar .torrent) siempre ha sido partidario de piratear sin alardear. El “yo pirateo, pero no lo justifico” de mi padre podía tener sentido hace una década o dos, cuando el debate partía de una equivalencia directa entre piratear y robar algo físico de una tienda; o cuando era más creíble aquello de que la piratería afectaba a las ganancias de los trabajadores que habían participado en dicho proyecto cultural. Ahora el marco conceptual se ha desplazado. Las plataformas nos hacen pagar cada vez más por productos que ni siquiera poseemos de verdad y nos los ofrecen a cachitos, cercenados por anuncios como si fueran pruebas de vida en un secuestro. Págame el rescate mensual y tu serie favorita seguirá viva, te lo prometo. Cuanto más concede el consumidor, cuanto más incapacitado está para hacer frente al abuso, más poder obtienen las plataformas sobre nosotros y sus trabajadores. Tal y como están las cosas, yo no solo lo justifico, sino que creo que piratear se ha convertido en imperativo moral.


image1.jpg


Si en el cielo de la cultura he de confesar mi historial pirático, la lista sería más o menos la siguiente. Me bajaba en el Ares y en eMule las canciones que quería meter en el MP3. Me compré la R4 para la Nintendo DS y todos los fines de semana rastreaba las páginas de descarga en busca de un archivo de Súper Princess Peach que no se buggeara en el segundo mundo. Cuando sacaron la 2DS y las tarjetas piratas ya no servían, hackeé la consola. Veo las películas y series en Stremio y, cuando no cargan, me las bajo por torrent. Siempre me salto los muros de pago para leer los artículos completos de los periódicos de suscripción. Hasta hace poco me iba bien la apk. de Spotify para tener premium gratis. Tengo un bot de Z-Library instalado en Telegram que me pasa los PDFs de los libros que necesito y no puedo encontrar de otra forma. Este año hice un curso de maquetación editorial y me estudié una guía de GitHub para saber cómo conseguir todos los programas de Adobe pre-craqueados.

Aquí un par de matices. Con esto no digo que la labor cultural no merezca ser financiada o que yo no gaste mi dinero en eso. Trabajo en una librería, conozco la ley del libro y todos los meses destino parte de lo que me queda después de pagar el alquiler a comprar literatura. Estoy en el Patreon de mi escritora favorita desde hace años, soy abonada de sustrato y nunca me quejaría por el precio de un taller o club de lectura. Intento ir más al teatro y al cine. El problema radica, creo yo, en pagar directamente a una empresa para que programe por ti la forma en la que te relacionas con el arte y el conocimiento. El no poder crear tu hoja de ruta personalizada porque a Jeff Bezos no le interesa la dirección en la que te estás moviendo. Reservar el acceso sin restricciones al único 1% que pueda pagárselo. No me extraña que esté tan en boga el uso del verbo consumir para hablar de leer, visionar o escuchar.

image2.jpg

Espero no sonar naif si digo que encuentro el germen del cambio social en la piratería digital. Ese internet viejito que con tanta razón se reivindica desde medios como el que estás leyendo sigue existiendo ahí fuera, en las páginas y blogs que visito a diario. El intercambio de archivos con sistema P2P es lo más parecido a hacer comunidad cibernética que hay en el presente. Mi amigo Miguel, que es programador y sabe mucho más de esto que yo, me ha asegurado que la preservación de los contenidos digitales depende casi en exclusiva de la voluntad de los piratas por querer conservar esos videojuegos, películas o archivos que de otra forma estarían pudriéndose en algún servidor abandonado. Aaron Swartz escribió en su Guerrilla Open Access Manifesto que “No hay justicia en cumplir leyes injustas. Es hora de salir a la luz y, siguiendo la gran tradición de la desobediencia civil, declarar nuestra oposición a este robo privado de la cultura pública”. Unos años después de lanzar ese mensaje y difundir en abierto todos los artículos de JSTOR, presionado por las demandas de las editoriales científicas y ante la amenaza de entrar a prisión, Swartz se suicidó. Esas mismas editoriales son las que están demandando ahora a Alexandra Elbakyan, la fundadora de Sci-Hub, por 15 millones de dólares. Claro que piratear un capítulo de una serie no está al mismo nivel que el activismo de Swartz y Elbakyan, pero todo parte de un mismo idioma que cuenta con su propio significado para la resistencia.


image3.jpg

El 19 de septiembre es el día internacional de hablar como un pirata. Se lo inventaron dos colegas en 1995 y desde entonces todos los años se celebran fiestas temáticas por todo el mundo en las que sus asistentes terminan las frases con aaarrrrggghhs! y se saludan con ahoy! Qué divertido sería si todos pudiéramos hablar un poco más como piratas, pero todo el tiempo, a todas horas, y en todos los dispositivos.




1 Así lo formula la periodista Jimena Marcos en este artículo solo para suscriptores de El País.

Sigue a Elena Carmona

Recibe un email con todos los nuevos artículos de Elena Carmona


¿Qué opinas?

Sin comentarios
Deja un comentario...
Cargando comentarios…

Únete a la conversación

Para comentar necesitas una suscripción activa. Accede o abónate para participar.




Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Elena Carmona

Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.

VER PLANES