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Dejad que los chavales farmeen

Las batallas de aura pueden ser todo esto: performance, arte, un sarcasmo colectivo.

9 de septiembre 2026


Agosto. Una piscina recalentada del litoral almeriense. Planteo el juego, se me acepta y ejecuto: voltereta hacia atrás, salida con salto, colocación de pelo a cámara lenta, six seven y, la guinda del pastel, aprieto mandíbula y la recorro con el dedo. Pregunto:


— ¿Aura?


Recibo silencio, expresiones de vergüenza ajena; a uno le entran arcadas de puro malestar ante lo que acaba de ver. ¿Soy tan mayor? ¿Está prohibido divertirse? ¿Tan ridículas son las batallas de aura que ni en la piscina, el espacio lúdico por excelencia, se pueden plantear entre treintañeros? ¿Tendrán razón los que ven en ellas el fin de Occidente?


Abandonados a la trampa del rage bait, de las tendencias exageradas por los medios para llenar unos segundos del telediario, observo en mi generación un alarmante ataque de dignidad. En los boomers no me extraña tanto, al fin y al cabo, más de la mitad se creerían un vídeo de Pedro Sánchez saltando la frontera de Ceuta a caballo. Pero en los millennials me choca un poco. Primero, por una cuestión de legitimidad: cuesta creer que la generación que hace 15 años se compró la Power Balance se crea con la autoridad para hablar de las batallas de aura. Y no hace falta remontarse tanto: a muchos os vi —y os recuerdo a todos— darle toques a un rollo de papel higiénico durante el confinamiento. Algunos ya teníais hipotecas firmadas por aquel entonces.


¿Qué veo al mirar una batalla de aura? Poco aura, puede, pero sí a una banda de chavales que se descojonan de lo que los medios generalistas —que ellos no consumen— les atribuyen. Veo, en tiempos de informes PISA en declive, una capacidad de ingenio para darles nombres nuevos a fenómenos antiguos –¿quién no ha farmeado aura alguna vez?–. Y observo un acto performativo, de los de verdad, no de llevar auriculares de cable y leer un libro en el metro. Hay en las batallas de aura una capacidad de reírse de sí mismos y una ironía que solo una generación que ha mamado memes e internet es capaz de tener. Y, además, en la puta calle. A lo que yo dedicaba mis largas horas de verano con su edad me da bastante perspectiva.


Nada de eso había en retos ridículos hasta la médula, pero bien serios, de las primeras décadas de los 2000, como el ice bucket challenge, por el que medio Facebook —qué tiempos— se tiró un cubo de agua encima para apoyar la lucha contra el cáncer de nosequé. Lo que no hizo ese medio Facebook fue poner ni un solo euro para la investigación de ningún cáncer, claro, pero no veas qué fría estaba el agua. Comparte este el Olimpo de la infamia con el famoso legado de tibu (otro reto acuático y ridículo) o el mannequin challenge. Todo ello con la edad de saber lo que cuesta una segunda matrícula universitaria. Y suerte tienen muchos de que Tuenti desapareció y con él las pruebas de farmeos mucho menos interesantes. 


¿Y qué veo al ver a chavales hacer un six seven? Pues un fenómeno fascinante por el que miles de personas, el Papa incluido, hacen un gesto sin que se sepa a ciencia cierta de dónde sale y con el consecuente desconcierto de sus padres. Performance al más alto nivel, vamos.  


Las batallas de aura pueden ser todo esto: performance, arte, un sarcasmo colectivo. O simplemente la enésima tontería de los chavales, que cumplen con su obligación generacional: hacer todas las estupideces posibles con los medios a su alcance para acabar avergonzándose de aquí a unos años. Sea como fuere, no me pillarán criticándolo. 


Yo, que lo he odiado todo, que he descargado mi cinismo sobre cada rincón de las tendencias humanas y he aplicado la ironía contra cualquier intento de moda, ya le he dado la vuelta al círculo. Y cuando veo un six seven de pobre ejecución —poco recorrido en la subida, cuerpo demasiado estático…—, solo puedo pensar en aquello que dice Marina, una sabia amiga: que lo único que tiene claro sobre su futuro es que no quiere ser un adulto que echa pestes de los jóvenes.

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