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Una tarde de rezo en la Feria del Libro
Este año salí con una cuenta de ahorro en CaixaBank, un contrato de fibra y móvil con Movistar y con un sándwich club del Vips debajo del brazo (libros ya no venden)
11 de junio 2026
Este año salí con una cuenta de ahorro en CaixaBank, un contrato de fibra y móvil con Movistar y con un sándwich club del Vips debajo del brazo (libros ya no venden)
En junio de 2011, la explanada del parque del Buen Retiro que se monta la Feria del Libro se convirtió en un macroconfesionario: decenas de cabinas blancas con su respectivo sacerdote, dispuestas para oír los pecados de los fieles y concederles el perdón. Quince años más tarde, el panorama en esta larga recta el panorama no ha cambiado especialmente.
Como se ve que ser creyente está de moda (porque a la gente le gustó Los domingos y Rosalía lleva una cruz en un videoclip, me dicen), han coincidido esta semana en la capital del reino cuatro grandes eventos de carácter religioso: los 74 conciertos de Bad Bunny, la visita del papa León XIV, las elecciones del Real Madrid y, por último, pero no menos importante para los lectores de sustrato, la Feria del Libro de Madrid. Cada uno tiene sus particularidades: las liturgias del conejo malo, el Santo Padre y la reelección del Ser Superior se encuadran dentro de cultos monoteístas, mientras que en la Feria son aceptados todo tipo de ídolos —cuantos más seguidores en redes, mejor—, con diferente grado de falsedad. Además, hace tiempo que los mercaderes tomaron este templo, y no hay visos de que nadie vaya a desalojarlos a latigazos (¿dónde estás, Juana Dolores, cuando te necesitamos?).
Con este Madrid, más viejo y cansado, me planté este año en la Feria, con la convicción aún intacta de que soy digno de entrar en el mundillo literario. En otras ediciones, mi apuesta ha sido la compra pedante —nada superará mi adquisición hace tres años de la Ética de Spinoza, una de las demostraciones más bellas de la existencia de Dios y que, por supuesto, no he logrado acabar nunca—, a lo que añadí el año pasado la interacción con libreros y jóvenes trabajadores feriantes, con la esperanza de que me permitan acceder a una de sus selectas fiestas (con una cerveza caliente me conformo). Ni eso, que el año pasado llamábamos escalar, ha servido. Quizá lo suyo sea rezar.
Creo que he hecho méritos en estos trescientos sesenta y pico días desde mi última incursión: por lo pronto, aunque no tengo TikTok, en Instagram acumulo ya la nada despreciable cifra de 500 seguidores. Si la mitad de ellos, que diría Lola Flores, pusiese 10 euros para un libro, estaría en el percentil 95% de ventas literarias. Y, lo más importante, comparto un grupo de WhatsApp con Jorge Burón y con Pablo Cerezo, como le hice saber a todo pobre trabajador de las casetas de editoriales que tuvo a bien aguantar mis rezos y confesiones. Ellos sí que se merecen el cielo.
El alto nivel de espiritualidad capitalina se notó en mi tarde: vi firmar mano a mano a Rosa Montero y a José Antonio Martín Otín, Petón, célebre por su participación en otro templo cultural como es El chiringuito de jugones —ella, su última novela; él, su libro sobre José Antonio Primo de Rivera— en una muestra de reconciliación democrática muy parecida a la ovación cerrada de todas las fuerzas políticas al Santo Padre en el Congreso.
No fue el único milagro que presencié: juro que vi a Umbral en una caseta y a uno de los poetas de la puerta —esta edición tampoco se les ha permitido entrar al templo— escribiéndole un soneto al señor que denuncia, año tras año con sus pancartas, la timovacuna del coronavirus. Le emocionó tanto que, al acabar de leerlo, dejó sus carteles y se fue directo al pabellón de la Comisión Europea (tienen el mejor aire acondicionado). Incluso vi, en una pantalla de los tropecientos patrocinadores del evento, un vídeo de José María Gutiérrez, Guti, que es prácticamente como haberme encontrado al astro zurdo en la feria y que constituye, por sí misma, una imagen milagrosa.
Sin embargo, por mucha confesión que hice —tuve que reconocer a una amable librera que no soporto 100 años de soledad—, con todo lo que recé y las penitencias que pasé —hice la cola para que me firmase una aclamada tiktoker—, no se operó milagro alguno en mí: ni invitación a charla, ni cerveza con libreros ni, obviamente, proposición de libro alguno. Mi madre tendrá que esperar para compartir en todas sus redes sociales una foto de mí firmando (a ella, a mis tíos y a algún Sustrato, espero).
Yo sé que hay un libro en mí, pero aún ando buscándolo. Una vez conocí a un tipo que afirmaba ser escritor (¿qué es eso? Alberto Olmos dice que ganarse la vida con ello) y que estaba escribiendo una trilogía. De aquellas aún iba por el primero; no he vuelto a saber de él. Yo no me veo capaz de tanto. Podría pergeñar, como mucho, un cuadernito de Anagrama. Tema no tengo, aunque ya he decidido el color —azul oscuro, si no es mucho pedir— y tengo la dedicatoria más o menos preparada.
De la feria salí este año con una cuenta de ahorro en CaixaBank, un contrato de fibra y móvil con Movistar, el teléfono cargado, todos mis consumos domiciliados en Repsol y con un sándwich club del Vips debajo del brazo (libros ya no venden), pero sin contrato editorial y con la sensación de que hay olimpos a los que es imposible acceder. Será por el abuso de subordinadas. En el metro de camino a casa, encerrado en un vagón abarrotado de aficionados taurinos de vuelta —ay, las liturgias— y de fans de Bad Bunny de ida, se me acercó una amable predicadora evangélica a gritarme en la cara que Jesús me quiere. Resignado, sudado y triste, solo pude responder:
—Yo solo quiero que me quiera Eduardo Mendoza, señora.
El año que viene, más. (Si Dios quiere).
No creo en Dios, pero le echo de menos.
Julian Barnes
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