El mundo no gira en torno a ti

Por
Pierre LL
6/2/2026

Esta noción que señala Carrère es, dicho en términos de internet, FOMO de tragedia.

Evento relacionado
al
·

Cuando era niño, vivía bajo la convicción de que estaba siendo constantemente vigilado. Detrás del espejo del pasillo de mi casa había un equipo de espías bien entrenados, atento a todos mis movimientos, y cada uno de mis desplazamientos en coche suponía un reto logístico en el que intervenía, por lo menos, un helicóptero de vigilancia. ¿Por qué todo ese despliegue por un niño? Pues porque yo era, evidentemente, la persona más importante del mundo. Tal era mi convicción que, jugando al escondite, pensaba que si yo no veía a alguien, este no me podía ver. Solo lo que yo veía existía, de alguna manera. 

Tardé mucho tiempo en exteriorizarlo porque quería evitar un diagnóstico temprano de esquizofrenia, pero cuando lo conté, como suele ocurrir con muchas otras particularidades de la infancia, varias personas me reconocieron que tenían convicciones parecidas de pequeños. Y, años después, Foster Wallace me bendijo con una cita1: “Una de las pocas cosas que aún echo de menos de mi infancia es esa extraña, ilusa, pero inquebrantable convicción de que todo lo que me rodeaba existía única y exclusivamente para mí. ¿Soy el único que tenía esa extraña y profunda sensación cuando era niño? ¿Que todo lo que estaba fuera de mí solo existía en la medida en que me afectaba de alguna manera? ¿Que todas las cosas estaban, de alguna manera, a través de alguna actividad oculta de los adultos, especialmente dispuestas para mi beneficio? ¿Alguien más se identifica con este recuerdo? El niño sale de una habitación y, ahora que ya no está allí para verlo, todo lo que hay en ella se desvanece”.

Hace tiempo ya que sé que ni soy la persona más importante del mundo, ni nadie me persigue por la calle. Como mucho, al cruzar un paso de peatones pienso que los ocupantes de los coches me miran con especial atención, así que procuro erguirme. Tengo poca higiene postural. Maduré, supongo. Madurar no es tanto dejar de sentir toda esa amalgama de sentimientos y pulsiones (muchas veces infantiles), sino dirimir cuáles exteriorizamos: triaje sentimental. 

Hay un accidente de tren —trágico, evitable— en el que mueren decenas de personas y da la casualidad que tú pasaste por esa vía horas, días, minutos antes. A tu tren no le ha pasado nada, estás en casa con tu familia, pero sientes una pulsión, una consciencia de finitud. Así que decides tuitearlo —cómo no vas a hacerlo, con lo que no te ha ocurrido—, te eriges en protagonista y nos cuentas a todos los demás que has esquivado a la muerte. Que eres poco menos que una víctima. También tienes una prima que pasó una hora antes, o un contacto de Linkedin que estuvo en el tren, pero en un vagón que se libró de lo peor del choque. Y lo compartes. Tienes que contarlo, el mundo —que es tuyo, que te mira— tiene que saber que estás relacionado con una tragedia.

Después de los atentados de París del 13 de noviembre de 2015, las víctimas –lideradas por familiares de fallecidos– constituyeron la asociación Life for Paris. Una de las personas más activas del colectivo era una mujer, al parecer asidua del Bataclan, pero que aquella noche decidió no ir. Un gran amigo suyo sí lo hizo y fue asesinado, contaba, compungida. Resultó que el amigo no solo no había muerto, sino que ni existía. En sus crónicas sobre el juicio, dice Emmanuel Carrère sobre ella: “Hay gente así, que se pasa toda la vida lamentando haber perdido por dos minutos un avión que se acabó estrellando”.

Esta noción que señala Carrère es, dicho en términos de internet, FOMO de tragedia. Hay quien tiene miedo de perderse eventos horribles, en buena parte porque considera que ser héroe y ser víctima es más o menos lo mismo. Y si no pueden satisfacer esta pulsión, al menos se posicionan públicamente con un oportuno post, para hacer de alguna manera suyo el horror. No puedo olvidar cómo hace unos años, durante unas protestas en Irán, María Pombo reposteó una publicación en defensa de las mujeres iranís para, seguidamente, hacer tres vídeos de cómo se comen los percebes. FOMO moral satisfecho, toca comer percebes. 

En los atentados de París murieron 131 personas. 130 el 13 de noviembre de 2015, y uno dos años y tres días después: Guillaume, un chico que sobrevivió, como presumían de haber sobrevivido la mujer de la asociación o el tipo que no cogió ese tren. Fue incapaz de superarlo y se acabó colgando en la habitación del hospital psiquiátrico donde fue internado. Una tragedia puede suponer grandes aprendizajes para quien la sufre. Pero ninguna de las personas que con razón entran en la categoría de víctima dirán que no cambiarían si pudiesen lo que les pasó, por muchas lecciones que hayan aprendido sobre la vida o la muerte. En esa lista a la que algunos aspiran no hay gloria: hay dolor, silencio y mortaja. 

La próxima vez que intentes hacer tuyo —sobre ti— lo terrible, como un niño que envidia un brazo escayolado, aplica el triaje, pregúntate qué impulso intentas satisfacer y recuerda que nadie te mira detrás del espejo. Pasar tu story supone un movimiento milimétrico e insignificante del dedo pulgar. Como lo supondrá el siguiente post sobre comer percebes. El mundo no gira en torno a ti. Aprovecha que, de momento, tienes la suerte de que en tu pequeña porción no pasan cosas. Porque las cosas pasan. 

L’Empire des Lumières, René Magritte, 1954

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1 De A Supposedly Fun Thing I'll Never Do Again

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Cuando era niño, vivía bajo la convicción de que estaba siendo constantemente vigilado. Detrás del espejo del pasillo de mi casa había un equipo de espías bien entrenados, atento a todos mis movimientos, y cada uno de mis desplazamientos en coche suponía un reto logístico en el que intervenía, por lo menos, un helicóptero de vigilancia. ¿Por qué todo ese despliegue por un niño? Pues porque yo era, evidentemente, la persona más importante del mundo. Tal era mi convicción que, jugando al escondite, pensaba que si yo no veía a alguien, este no me podía ver. Solo lo que yo veía existía, de alguna manera. 

Tardé mucho tiempo en exteriorizarlo porque quería evitar un diagnóstico temprano de esquizofrenia, pero cuando lo conté, como suele ocurrir con muchas otras particularidades de la infancia, varias personas me reconocieron que tenían convicciones parecidas de pequeños. Y, años después, Foster Wallace me bendijo con una cita1: “Una de las pocas cosas que aún echo de menos de mi infancia es esa extraña, ilusa, pero inquebrantable convicción de que todo lo que me rodeaba existía única y exclusivamente para mí. ¿Soy el único que tenía esa extraña y profunda sensación cuando era niño? ¿Que todo lo que estaba fuera de mí solo existía en la medida en que me afectaba de alguna manera? ¿Que todas las cosas estaban, de alguna manera, a través de alguna actividad oculta de los adultos, especialmente dispuestas para mi beneficio? ¿Alguien más se identifica con este recuerdo? El niño sale de una habitación y, ahora que ya no está allí para verlo, todo lo que hay en ella se desvanece”.

Hace tiempo ya que sé que ni soy la persona más importante del mundo, ni nadie me persigue por la calle. Como mucho, al cruzar un paso de peatones pienso que los ocupantes de los coches me miran con especial atención, así que procuro erguirme. Tengo poca higiene postural. Maduré, supongo. Madurar no es tanto dejar de sentir toda esa amalgama de sentimientos y pulsiones (muchas veces infantiles), sino dirimir cuáles exteriorizamos: triaje sentimental. 

Hay un accidente de tren —trágico, evitable— en el que mueren decenas de personas y da la casualidad que tú pasaste por esa vía horas, días, minutos antes. A tu tren no le ha pasado nada, estás en casa con tu familia, pero sientes una pulsión, una consciencia de finitud. Así que decides tuitearlo —cómo no vas a hacerlo, con lo que no te ha ocurrido—, te eriges en protagonista y nos cuentas a todos los demás que has esquivado a la muerte. Que eres poco menos que una víctima. También tienes una prima que pasó una hora antes, o un contacto de Linkedin que estuvo en el tren, pero en un vagón que se libró de lo peor del choque. Y lo compartes. Tienes que contarlo, el mundo —que es tuyo, que te mira— tiene que saber que estás relacionado con una tragedia.

Después de los atentados de París del 13 de noviembre de 2015, las víctimas –lideradas por familiares de fallecidos– constituyeron la asociación Life for Paris. Una de las personas más activas del colectivo era una mujer, al parecer asidua del Bataclan, pero que aquella noche decidió no ir. Un gran amigo suyo sí lo hizo y fue asesinado, contaba, compungida. Resultó que el amigo no solo no había muerto, sino que ni existía. En sus crónicas sobre el juicio, dice Emmanuel Carrère sobre ella: “Hay gente así, que se pasa toda la vida lamentando haber perdido por dos minutos un avión que se acabó estrellando”.

Esta noción que señala Carrère es, dicho en términos de internet, FOMO de tragedia. Hay quien tiene miedo de perderse eventos horribles, en buena parte porque considera que ser héroe y ser víctima es más o menos lo mismo. Y si no pueden satisfacer esta pulsión, al menos se posicionan públicamente con un oportuno post, para hacer de alguna manera suyo el horror. No puedo olvidar cómo hace unos años, durante unas protestas en Irán, María Pombo reposteó una publicación en defensa de las mujeres iranís para, seguidamente, hacer tres vídeos de cómo se comen los percebes. FOMO moral satisfecho, toca comer percebes. 

En los atentados de París murieron 131 personas. 130 el 13 de noviembre de 2015, y uno dos años y tres días después: Guillaume, un chico que sobrevivió, como presumían de haber sobrevivido la mujer de la asociación o el tipo que no cogió ese tren. Fue incapaz de superarlo y se acabó colgando en la habitación del hospital psiquiátrico donde fue internado. Una tragedia puede suponer grandes aprendizajes para quien la sufre. Pero ninguna de las personas que con razón entran en la categoría de víctima dirán que no cambiarían si pudiesen lo que les pasó, por muchas lecciones que hayan aprendido sobre la vida o la muerte. En esa lista a la que algunos aspiran no hay gloria: hay dolor, silencio y mortaja. 

La próxima vez que intentes hacer tuyo —sobre ti— lo terrible, como un niño que envidia un brazo escayolado, aplica el triaje, pregúntate qué impulso intentas satisfacer y recuerda que nadie te mira detrás del espejo. Pasar tu story supone un movimiento milimétrico e insignificante del dedo pulgar. Como lo supondrá el siguiente post sobre comer percebes. El mundo no gira en torno a ti. Aprovecha que, de momento, tienes la suerte de que en tu pequeña porción no pasan cosas. Porque las cosas pasan. 

L’Empire des Lumières, René Magritte, 1954

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