Hace unos meses, un director de cine me contaba los malabares a los que le obligaba una nueva y sutil forma de censura. Al parecer, es práctica estándar en la industria del cine limpiar los guiones y las escenas de cualquier referencia a marcas que no hayan dado consentimiento explícito o abonado su product placement. En la última producción del director aparecía una reconocible discoteca madrileña, a la que por complicadas razones jurídicas no podía llamar por su nombre. Tenía que buscarse un nombre ficticio, que además cumpliese el difícil atributo de no haber bautizado a ningún establecimiento que pudiese darse por aludido e interponer una demanda por daños de imagen. Al director se le ocurrió la ingeniosa solución de bautizar a su discoteca imaginaria con el nombre que tiene ese procedimiento de limpieza dentro de la industria: Sala Clearance.
Hace menos tiempo, una escritora me informaba de las presiones que recibía de su agente y editorial por limpiar su último libro de referencias bibliográficas. Si fuese un ensayo, aún se podría amparar al derecho de cita, pero como el artefacto se vendía bajo el amplio paraguas de la «ficción», le recomendaban desentrecomillar todas esas líneas ajenas y glosarlas con sus propias palabras si quería tener alguna oportunidad de que la tradujeran a otras lenguas. En el mercado español, siempre tan a la zaga en estos asuntos de vanguardia, aún se puede citar sin pedir permiso a los herederos de cada lumbrera, aunque algunas editoriales punteras hacen esfuerzos ímprobos por ponernos a la altura del mundo civilizado. En los países de nuestro entorno, tan avanzados ellos, ya está en vías de extinción esa lacra de la referencia no consentida. Además, tal y como me informaba aquella escritora, no todos los libros que sus personajes mencionaban con aprobación habían sido publicados por el grupo en el que salía su «novela». Nueva objeción del departamento de Legal: esas recomendaciones podrían interpretarse como publicidad gratis a la competencia. Bórrese o páguese, pues.
Cabe poner ejemplos en otras artes (música, pintura, escultura: ¿sería acaso factible el arte pop hoy?), pero la tendencia está clara. Nunca como hoy ha habido una exigencia de ficciones inclusivas y representativas, al mismo tiempo que una censura de la realidad comercial subyacente a todas esas celebradas diversidades. Se pretende que el arte sea fiel a una realidad plural y cambiante al mismo tiempo que se silencia el bajo continuo capitalista que unifica los tonos de esa armonía no tan preestablecida como se quisiera. La escisión entre realidad y ficción es cada vez mayor porque las ficciones encubren su carácter de marca bajo oropeles neutros, más explícitos y obscenos que la mención de cualquier nombre propio real. Un ensayo de hace casi veinte años empezaba comparando el estilo de dos autores: uno escribía en abstracto de «refrescos», «automóviles» y «electrodomésticos», mientras el otro aludía a esos entes con los santos y señas mercantiles por los que solemos reconocerlos; para el ensayista, no cabía duda de cuál de los dos autores escribía «literatura comercial» y cuál «literatura literaria», por recordar las redundancias por duplicado a las que nos habitúa la industria editorial.
Para el ensayista no cabía duda, y para nosotros tampoco. Hoy hay demasiados amigos del comercio para sintetizarlos en una única fórmula, pero entre ellos sin duda se cuentan quienes declaran su amistad por todo tipo de entidades abstractas y trascendentes: de la posteridad a la sororidad, pasando por el antirracismo o antiwokismo (evítense los -ismos y las -dades, por favor) y si te he visto no me acuerdo, amigo consumidor. Uno de los mayores escándalos y éxitos de la «nueva narrativa española» (ese fantasma de las transiciones pasadas) fue una «novela» que, tras haber sido rechazada por una editorial al negarse la autora a borrar un nombre y unos apellidos (un nombre y unos apellidos en casi 500 páginas, ¡cómo para hallar ese ojo en ese pajar!), se piró a otra editorial, a cosechar premio tras premio, tirada tras tirada, miles tras miles de lectoras satisfechas. La pinza perversa de Marketing y Legal ha decidido, sin embargo, narrar la historia a su favor. Nuevas campañas de cancelación por quítame esas pajas del fact checking les han dado la razón a los fanáticos de que todo suene igual de hueco, igual de neutro, igual de clear.
Como profesor de filosofía, no puedo estar más a favor de esta idealización de las mentiras que nos contamos a través del arte. Hemos de ver con buenos ojos esta elevación de las viles anécdotas a categorías quintaesencialmente platónicas (perdón por Platón, pero a ese ya se le caducó el copyright). Me atrevería incluso a proponer que las novelas y películas se limpien de una vez por todas de esos Juanes, Johnes y Jacques, no vayan a verse interpelados íntimamente los millones de marcas unipersonales que llevan esos logos de nacimiento. No hemos de ahorrar esfuerzos en la generalización abstracta del cosmos. Un esfuerzo más, creadores, para emancipar la ficción de la verdad, último trascendental al que nos vemos sometidos. Una vez liberados de lo bello y de lo bueno (no del todo, pero vale), le toca el turno a ese valorcete de pacotilla: lo verdadero.
La censura de la que nadie habla no consiste en que, de unos años a esta parte, estemos seguros de que, si una marca aparece en una obra de arte, hay publicidad encubierta. Tampoco consiste en que Marketing y Legal hayan asumido una política de control preventivo de daños que ya quisiéramos ver en las superpotencias actuales. No, la censura de la que nadie habla es la exigencia de verosimilitud y de adecuación a una realidad armónica prestablecida, de novedad y representatividad social («Por fin, la gran novela riojana que trata de mi trauma») impuesta por los publicistas sobre el arte. Por suerte, la hybris de esos mismos publicistas ha engendrado como némesis el deber de pasar por caja antes de llamar a nada por su nombre. Estamos listos, pues, para despegar. Súbanse a bordo de esta nave, que ya deja atrás el sucio mundo de las referencias reconocibles y se alza y penetra y deja marca en la estratosfera de las formas ideales innominadas. Para que luego digan que no predicamos con el ejemplo, aquí va un artículo sin (apenas) nombres propios. Cualquier parecido con la realidad es pura…