Ayer Yolanda Díaz dijo adiós con una carta de tres páginas. Sobria. Lacónica. Impersonal.
Se va por la puerta de atrás. Sin hacer ruido. Un modo de actuar que resulta ya típico en la izquierda. Pablo Iglesias anunció que dejaba la primera línea política en medio de la legislatura insinuando que su figura había empezado a ser un lastre para Podemos. Ada Colau desapareció de la vida pública en Catalunya después de perder la ciudad de Barcelona para volver a dedicarse al activismo. Y Manuela Carmena montó una tienda de ropa para bebés en el Mercado de la Cebada, desentendiéndose de todo lo que oliera a política institucional.
Sin grandes homenajes, ni loas a su figura como referente de un tiempo político trascendental para la historia de este país la izquierda reconocerá su trabajo, como hizo con los mencionados anteriormente. Pero en la balanza de la historia pesarán más sus errores que sus aciertos.
Tan generosa siempre para recordar a sus líderes de otras épocas, la izquierda española parece haber roto ese hilo rojo con la historia que une las luchas presentes con las del pasado.
Las peleas internas y el cainismo han dejado un páramo yermo y desolador. Inconcebible si vemos la cantidad de victorias electorales de los últimos 10 años. Pero entendible, si entramos a twitter y vemos el rédito que algunos sacan hoy del actual clima de “bunkerización” entre partidos contrarios, sectores críticos y bandos.
No hay ya legado político, sólo líderes quemados, abandonados en la cuneta para seguir avanzando hacia la siguiente campaña electoral en la que otra cara reemplazará a la anterior.
Dentro de treinta años nos seguiremos acordando de Tierno Galván, de Marcelino Camacho o de Clara Campoamor, pero ¿quién se acordará de ti, Yolanda?
Fuiste la Ministra de Trabajo que aumentó el salario mínimo 8 veces en 6 años, que aumentó el permiso por nacimiento. Y que aprobó la primera “ley rider”, un modelo de trabajo al que dentro de diez años miraremos echándonos las manos a la cabeza y del que hablaremos como “esclavitud encubierta”.
En un país demasiado acostumbrado a oír a hablar de “baja productividad”, de “absentismo laboral” y de la “duración de la hora del café” cambiaste el tema de la conversación y diste la vuelta a una tendencia histórica, en la que gobiernos de uno y otro color llevaban 25 años recortando derechos laborales, para comenzar a recuperarlos.
En una sociedad que animaba a sus jóvenes a “comenzar a trabajar” sin cobrar porque era “mejor que nada”, rompiste con un hábito peligroso, el conformismo, que ahora vemos tan presente en países como Argentina.
Sé que en el actual clima político es complicado sacar pecho. Y que España merece, en efecto, mucho más de lo que este gobierno nos ha dado. Pero quiero pensar que con tus luces y tus sombras, como ocurre con Pablo Iglesias o con Ada Colau, pasarán los años, aparecerán nuevas caras. Y en algún lugar de este país, un día un político se subirá a un atril y hablará de la Ministra de Trabajo que plantó cara a la patronal poniéndose del lado de los trabajadores.
Porque en la capacidad de mirar a los referentes del pasado, en la memoria de las luchas perdidas, como la reducción de la jornada laboral, está también el germen de las victorias que aún quedan por llegar.