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Texto negro sobre fondo blanco
Soy incapaz de mirar la mierda sin imaginarme cómo sabe.
27 de mayo 2026
En la carrera curso una asignatura que se llama “Filosofía y Género”. Llevo teniendo ganas de sentarme en esas clases desde que entré a la universidad. Cuando lo hago, el mundo me parece un lugar más amable. Hasta que deja de serlo. Hasta que la asignatura requiere hablar de la violencia.
Hablamos de la violencia porque tenemos que hablar de la violencia. Hemos de conocer las definiciones y las estadísticas. Hemos de conocer los nombres de las cosas. Porque ponerle nombre a la violencia hace posible señalarla. Porque necesitamos conocer sus nombres, sus formas, sus maneras de esconderse, para poder identificarla. Porque nombrar algo como “violencia” dificulta su banalización y aceptación. Así que claro que esto es importante. Menos mal, pienso.
Sobre la pantalla se proyecta una presentación con definiciones y cifras y horror cristalizado. Todo ese dolor, todo ese miedo, desenfocado hasta ser texto en negro sobre fondo blanco.
Un chaval que se sienta delante de mí está leyendo un artículo sobre una película. Enlaza artículos y artículos sobre cine. Le observo hacerlo.
Alguien levanta la mano y hace una pregunta. Quirúrgica, limpia, concreta. Texto negro sobre fondo blanco. Una clase de universidad. Una definición. Un porcentaje. Fuera, la lluvia. Dentro, ¿qué?
Observo a mi alrededor con extrañeza. No sé cómo se mete el dolor dentro de una placa de petri y se mira bajo el microscopio. Entiendo la importancia de hacerlo, pero soy incapaz de mirar la mierda sin imaginarme cómo sabe. No sé hablar del barro sin entender su consistencia y cómo tira de tus talones hacia abajo.
Pero, claro, no todos nos movemos preguntándonos qué pasaría si apareciera el lobo. Porque no todos nos percibimos como una posible Caperucita. No todos tenemos miedo de serlo. Y entonces: texto negro sobre fondo blanco y alguien que carraspea y una mano que se eleva y hace una pregunta. Quirúrgico, limpio, desapegado. Fuera, la lluvia. Yo me imagino el barrizal.
No creo que el sufrimiento te otorgue una superioridad moral. No me percibo como mejor, en ningún plano ni sentido, que los chavales de mi clase. Solo siento envidia. Envidia de un mundo en el que solo haya lluvia y nunca barro, envidia de entender la mierda como residuo biológico que puede estudiarse y no como eso que arrancarse del pelo, envidia de que ciertos miedos sean ajenos.
No pretendo criticar que esta clase se imparta, sino todo lo contrario. No pretendo criticar que haya quien no entienda. Me alegro enormemente, entonces, de que esta clase exista. De que haya texto negro sobre fondo blanco que nos ayude a comprender. Anotamos y es importante que anotemos porque es importante que entendamos porque solo así podemos ser mejores. Confío en que esto, abrir los ojos, nos ayuda a construir un mundo mejor, más seguro y agradable para todos. Confío en que entender lo que significa todo esto no solo nos hace entender que queda mucho por hacer, sino que nos hace poner de nuestra parte. Esto no es una crítica a nadie de esa clase. Faltaría más. Y la crítica al sistema está en otro sitio. Puedes encontrarla si la buscas pero ni siquiera es eso. Esto es algo mucho menos pretencioso y mucho más cansado y, si quieres, más cobarde. Es solo tristeza.
Siento envidia. Siento envidia de aquellos que perciben esta violencia como la violencia que les sucede a otras. Siento envidia y luego me siento ruin y luego quiero llorar y luego quiero romper algo y… ¿y qué? Texto negro sobre fondo blanco proyecta una cifra, una cifra horrenda, una cifra muy alta – más que cero sería demasiado pero soy incapaz de entender cómo se materializa todo este dolor en el mundo. Me pregunto lo que es leer ciertas cifras y no tener miedo. Pavor por lo sucedido y desasosiego porque el futuro no está escrito. Cómo se siente mirar ciertas cifras y no tener miedo a convertirte tú en parte de un porcentaje que alguien anota en su cuaderno. ¿Le tiembla la mano mientras lo escribe? ¿O está mirando hacia otro lado?
A veces, me sube por la garganta una rabia tan grande que no puede quedarse dentro. He aprendido a identificar esta vibración en el cuerpo como un deseo de cambio. Sin embargo, a veces, cuando estoy muy cansada o muy triste o no sé ser otra cosa que pequeñita, este deseo de un mundo mejor se convierte en otra cosa, y entonces pienso ojalá ser un hombre.
Pienso ojalá ser un hombre cuando realmente quiero decir ojalá no tener miedo u ojalá no entender este dolor. Pienso que querría ser un hombre cuando me silban por la calle, cuando me tocan el culo en el Metro, cuando un chaval me llama zorra en la puerta de una discoteca. Pienso que querría ser un hombre cuando me siento indefensa, cuando me devora el miedo, cuando me siento pequeña. Me imagino que ser un hombre debe ser no ser nunca diminuto, saber que el barro es aquello que se pisa y no aquello que se traga. Sin embargo, yo no sé lo que es vivir en una ciudad que no amenaza con convertirse en barrizal. Da igual si el barro te ha manchado o no el cuello, porque sabes que podría, y eso es suficiente para que el suelo no sea seguro.
Copio la definición que la Organización Mundial de la Salud da de “violencia sexual”. Copio y me tiembla la pierna derecha y mi respiración se vuelve más rápida y la bilis me sube por la garganta. Alguien tose. El chaval que se sienta delante de mí cambia de artículo. No deja de llover. Siento muchas cosas. Pienso tantas otras. Me imagino que dan todas igual. Me pregunto cuándo me percibí por primera vez como alguien que tenía que saber defenderse. Cuándo aprendí que había que compartir la ubicación con las amigas y avisar al llegar a casa y llevar las llaves en la mano y estar preparada para correr. Me pregunto cuándo se cristalizó el miedo o el deseo de supervivencia. Me pregunto si todos nos movemos por la vida con las mismas herramientas de autopreservación, teniendo siempre claro dónde está la salida de emergencia, y habiendo memorizado cómo construirla si no. Sospecho que no. Sospecho que el miedo no nos pesa a todos por igual. Y entonces siento envidia.
No siento odio hacia los que no tienen miedo ni a los que leen artículos de cine. Siento rabia hacia el suelo inclinado que hace imposible que algunas nos hagamos grandes. Yo quiero lo que tú tienes, no porque crea que no debas tenerlo, sino porque todos deberíamos tenerlo. Y míranos, a algunas con las manos vacías y hambrientas. Quiero lo que tú tienes y odio no tenerlo, odio el miedo y odio agarrar a mis amigas cuando un chaval se acerca rápido por la noche y odio leer estadísticas y no solo querer llorar sino preguntarme ¿y si? Odio el horror y la violencia y saber que los cuerpos contra los que se ejerce no son, por definición, los de los otros. Odio entender que la violencia se ejerce y se sufre y que el barro es también aquello que se traga. Odio el miedo y, sobre todo, odio saber que está justificado. Que es una herramienta de supervivencia. Odio que lo sea. Odio sentir alivio cuando localizo la salida de emergencia.
Y en esa clase, anoto una definición con las manos temblorosas. Conozco las definiciones y los términos y los porcentajes. Conozco, también, la receta para hacer de este texto un manifiesto valiente y que reclama cambio. Pero hoy estoy cansada. Estoy cansada y triste y quizá acobardada. No sé cómo hablar del barro sin que la mano se levante para limpiarme la lengua. Desearía saber hacerlo. Desearía no sentir miedo ni envidia ni pena. Pero sin embargo. Texto negro sobre fondo blanco. Leo violencia y visualizo mi estómago hundiéndose. Fuera llueve y huelo el barro.
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