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Díptico de aspiración y juventud
Capaz haga falta traer de vuelta el más profundo de los saberes: el boca a boca.
18 de junio 2026
Capaz haga falta traer de vuelta el más profundo de los saberes: el boca a boca.
Quien sueña con crear, hoy, no solo ha de albergar en el interior pasiones profundas e ideas singulares sino que el artista, por tonada general, se convierte en una suerte de 360.
Esto es fruto, quizás, de los deseos de grandeza que construyen las pulsiones de quien los anhela (constantemente, en cualquier red): todo el mundo es artista, cantante, poeta o actor. La aspiración general tiende a colocar a cada uno en la posición protagonista, física y pública de su propia existencia. Mientras que las estructuras han funcionado por precisamente eso: estar erigidas en red. El individualismo es tan vacío como impuro y salvar, pues, sus mecanismos de atracción es inusual.
Lo que está claro es que no hay artista sin representante, escritor sin editor, ni director sin productores. La sustancia de las artes está en manos de quienes habilitan las puertas, siendo lo suficientemente hábiles como para tener localizado al único cerrajero bueno que queda en la ciudad. La pérdida de oficios está directamente vinculada con la dispersión de una clase trabajadora que se ha creído una mentira: el poder escalar o dimensionarse en otro plano solo alcanzable por el peso de la herencia. Hay ciertas violencias en la búsqueda de un otro yo que son indeseables como la vergüenza profunda de la procedencia (que mejor preservarla dentro, intacta y segura).
Así pues, el escritor tiene que saber dirigir una empresa: se especializa en marketing, en ventas, en redes sociales, en envíos. Ha de hacerlo todo pues el modelo editorial lo descarta, de primeras, ya que para ser alguien hay que tener algo y sin la oportunidad de hacer nada, se somete uno al punto muerto de esperar.
El sentido del que las editoriales pequeñas dotan a la cultura es el más puro regalo. Pensar en la historia de la literatura es solo apreciar lo que prevalece. Las palabras, democratizadas desde su más original existencia, fueron del pueblo y quizás aquel pueblo más laxo habitaba sus estructuras de la espera hacia la hendidura. Es de celebrar que existan proyectos que no son proyectos. Referenciar lo entendible por editorial sin tener el código para serlo. Pues sobre la mesa, no adquieren una estructura legal y sin ella, el término del comercio ignora sus prestaciones. Todo proyecto abocado al fracaso social es más importante que lo consagrado, pues la desesperanza levanta las construcciones más colosales de la humanidad.
Esta sarta de proyectos de los márgenes tiene la particularidad, digamos, la dificultad de tener que sobrellevar el más temible salto: trascender la identidad propia de su creador. Solo en la dicotomía de una autoría y su divulgación, se puede universalizar el legado de la práctica que bebe del común de su permeabilidad.
Ahora bien, en Bilbao, ¿qué cojones hace la juventud?
Llegan los meses del mal tiempo y es como si el único fenómeno que podría movilizar a la población fuera la fiesta, los bares. Cuando en el histórico funcionar del bocho ha habido otro despliegue de medios, más potentes, más quejicas (por ponerlo). La queja forma parte de la colectividad, el silencio es entonces individual, por supuesto. Si el bilbaíno no sale más que para desconectar, el enlace con las necesidades de quien habita la calle es de rareza total. Saber es estar (fuera).
Desde luego, a la juventud no la mueve un libro. Entonces, ¿tratan los libros temas de suficiente actualidad? O se pierde en la divagación de los formatos, su más esencial originalidad. ¿Se puede exigir adaptar sus tiempos de creación a un constante cambiar? O se bifurcan las posibilidades en adaptarse para chocar. Narrar las raíces de un arte que abogue ser propio para calar: ¿Acaso hay algo propiamente euskaldun? Las simplezas dichas sobre un pueblo son las que menos lo determinan. O sea, sus pintxos son el determinante del inmovilismo social. Aquí nadie se planta y dice: somos más que la venta de una imagen global.
En la búsqueda de un mundo propio, se esquivan los conjuntos.
En labores de edición acredita el presente autor su participación del texto periodístico-narrativo “Tirititando de frío. Una aproximación al flamenco de Lucía Ramos Aísa”. Lucía, periodista especializada en flamenco y sitiada en Barcelona, se relaciona de primera mano con las jóvenes y viejas glorias del arte jondo que le rodea. Así se empaca un libro que no pretende más que reflejar el porvenir de un viaje, casi del todo, por recorrer. Firman cuerpos como el Chino, Falete, Fosforito, Ángeles Toledano, Chana o su propia mamá. Ciudades como Jerez, Nueva York y París. El entramado de historias que la autora comparte y que ahora, por suerte, se presentan. Frente a personas que escuchan, por última o quizás no, el 13 de junio en Madrid.
A los proyectos de la subcultura, se les responsabiliza de su propio ser, como una carga inherente. Entonces, capaz haga falta traer de vuelta el más profundo de los saberes: el boca a boca. El trasladar de forma oral las vivencias que se sobrellevan. Callar es meditar pero, callar también es olvidar. Se vienen imágenes de una pareja cuyas redes funcionan igual pero que miran una pantalla distinta. Solo para comentar en voz alta las comunes. Mirar más que comentar. Cada uno a lo suyo. Como las sillas en París que miran al frente, solo que esta vez no es para explorar las posibilidades del horizonte, sino para perderse en la imposibilidad de un estar en dos.
El diálogo es como una pantalla conjunta. Al hablar, la gente se mueve. Al igual que comprar en un pequeño comercio es acompañar en el día a quien lo mima mientras que indagar los pasillos de un supermercado es despersonalizar a los bustos que operan en él. Moviendo sus brazos en una danza infinita hacia una pirámide de precios que solo se sostiene por el pesar.
Bilbao es una tierra inhóspita, necesitada de personas que la ocupen y le den de vivir. El deseo no de estar, sino de avivar. Quedarse. El pasajero se escurre mientras que quien se aferra a los bajos metálicos de un puente en vibración, despega hacia otra posibilidad.
Juventud, Bilbao. Deseo, convivencia.
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