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Tu nombre es una puerta por cerrar
Un texto de Paula Melchor, Pere Fullana y otros.
24 de julio 2026
Como cada uno de nosotros era varios, en total ya éramos muchos. Aquí hemos utilizado todo lo que nos unía, desde lo más próximo a lo más lejano. Hemos distribuido hábiles seudónimos para que nadie sea reconocible.
Deleuze & Guattari
Paula: Pere, creo que debo empezar esto diciendo tu nombre, para traerte hasta aquí. Eres el primer Pere que conozco, el único que conozco en realidad. Creo que eso le da cierta magia a tu nombre, ¿no? Es un nombre que solo tienes tú, al menos en mi pequeño mundo. Me temo que mi nombre no es tan mágico: hay un montón de Paulas. Todo el mundo conoce por lo menos a tres Paulas. Paulas odiadas, Paulas queridas, Paulas que pasan sin pena ni gloria. Solo me salva un poco mi apellido: Melchor no es tan común. Romero (el apellido de la familia de mi madre) sí. Siento que Paula y Paula Melchor significan dos cosas distintas, que designan a dos personas diferentes. Y al mismo tiempo yo soy la misma.
Es como esa parte de la Intro de A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 4 en la que dice: “Yung Beef vete, quiero ver a Fernando”. PaulaMelchor es casi un sintagma ajeno a mí. Se ha convertido, conforme más y más gente lo ha ido diciendo, en algo imaginado que me trasciende. PaulaMelchor escribe poesía, va a sitios, se pone delante de los demás a hablar como si de verdad se creyera lo que dice. PaulaMelchor casi no duda, siempre es carismática —porque nadie puede solo escribir y no ser carismático claro, tienes que convencer, tienes que perseverar en tu figura de autora—. Me cae mejor PaulaMelchor que Paula.
Pere: A mí me cae mejor Paula.
Paula: Los nombres propios tienen una cosa que me ha obsesionado siempre: cierta capacidad para encerrar lo que es alguien, y cierta imposibilidad para realmente hacer significar todo lo que, de hecho, es esa misma persona. Me pasa desde pequeña: veo todas esas letras juntas (P A U L A) y, si me quedo mucho rato mirándolas, siento que me mareo. Algo me invoca desde ahí. Y algo, al mismo tiempo, algo también me aleja. Si miro mucho tiempo, todas esas letras dejan de significar lo que yo soy. Resultan solo en una palabra que se lanza al vacío. Pero el vacío, me parece, vuelve a llenarse cuando mi nombre se dice en la voz de otra persona. Las letras se juntan de nuevo y aparezco yo, como en ese poema de Alejandra Pizarnik:
alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra
Pere: Paula, agradezco que me invoques como si de un animal exótico se tratara, pero lamento decirte que antes de mí ya hubo otros. Soy Pere porque mi abuelo también lo era. Mi nombre existía antes que yo; yo he nacido para encarnarlo. Como el resto de palabras, los nombres no vienen solos, sino que cargan a cuestas con su historia. Una historia oculta a la que permanecemos atados. Me gustaría saber cómo sería mi vida si me llamara de otra forma: ¿cuánto de mí se conservaría? Pienso en un yo completamente diferente: con otro peinado, en otra ciudad e incluso teniendo otros amigos. Soy incapaz de imaginarme llamándome Borja o Antonio. ¿Me verías igual?
P: Desde luego, sería rarísimo que te llamaras Borja.
P: Preferiría deshacerme de todo, perder mi nombre, devenir imperceptible. Desearía que mi nombre fuera impronunciable, un compendio de consonantes, para no tener que rendir cuentas ante él. Decía Kafka en sus diarios: “Nunca deseo ser definido fácilmente. Prefiero flotar sobre las mentes de otras personas como algo estrictamente fluido y no perceptible; más como una criatura transparente, paradójicamente iridiscente, en lugar de una persona real".
P: ¿Has pensado en cómo, aunque nosotros queramos deshacernos de nuestro nombre, olvidarnos de lo que implica, borrarlo de lo que somos, no podríamos soportar que eso mismo sucediera con las personas que queremos? Quiero decir: nos obsesionamos con el nombre de quienes amamos, incluso también con el de quienes odiamos. Amaia dice: “Escribo tu nombre en mi mano. Escribo con fuego tu nombre”. Gloria Fuertes dice: “Me gusta escribir tu nombre,/ llenar papeles con tu nombre,/ llenar el aire con tu nombre,/ decir a los niños tu nombre,/ escribir a mi padre muerto/ y contarle que te llamas así./ Me creo que siempre que lo digo me oyes./ Me creo que da buena suerte”. Olivia Rodrigo dice: “You should feel how I feel when somebody says your name”.
P: El nombre es una losa para una misma: por herencia familiar, por agonía social, porque no representa lo que somos.
P: Desde luego hay nombres que son una condena. Pero hay otros que quienes los llevan se empeñan en hacer gigantes. A veces me aburren los nombres, esos que sacan pecho y marcan el territorio. Nombres largos que gritan: He aquí yo, he aquí mi hazaña. Un nombre que se mea en los rincones desde el más profundo YO masculino. Creo que es lo que estaban intentando abandonar desde la editorial Barrett con su catálogo a ciegas. Desprenderse de los nombres que se vanaglorian de sí mismos. Que estos no sirvan para cercar el significado de las obras.
P: Los nombres son losas y epitafios, pero también pueden ser un hechizo hacia los demás. Decimos los nombres amados y es como si esa persona en concreto se materializara ante nosotros. El lenguaje es insuficiente siempre, no llega a alcanzar, se parece más a un remolino que gira y gira que a un camino que lleva a algún sitio. Y sin embargo, un nombre es lo más parecido que tenemos a cierta totalidad. Un nombre puede, incluso, traspasar la muerte o llegar a ella: voy al cementerio y veo mi apellido por todas partes, siento que de ahí no se puede escapar. Digo el nombre de alguien que ya no está y vuelve a mí por un instante.
P: Por un instante o para siempre, si, en vez de solo decirlo, lo llevamos eternamente con nosotros, tatuado. Y me refiero a un tatuaje literal. Admiro a la gente que se tatúa los nombres de su pareja bajo la enajenación que produce el amor. El amor es para siempre mientras dura. Suspende el tiempo y deja en un entreacto a todo lo demás. No es nada descabellado tatuarse un nombre amado, o al menos no lo parece en ese instante. Tatuarse ese nombre es como abrazar la chaqueta de quien se ama. Un resto, como lo puede ser un perfume, que no es la persona entera, pero tampoco el perfume por sí solo. Un exceso mínimo en el que se cuela algo de lo real. Los nombres son restos.
P: Restos de lo que fuimos y restos de lo que otros fueron para nosotros. Siempre nos persiguen. Si odiamos a alguien, odiamos su nombre. Lo escuchamos por la calle, asociado a alguien que no es en quien pensamos, y nos da un escalofrío. Si amamos a alguien, nos agarramos a su nombre. Si el nombre cambia, si nos pide que lo llamemos por uno nuevo, amaremos también ese otro nombre. Amaríamos cualquiera que nos remitiera a esa persona.
∅ : Pienso en aquellos que he perdido, me da pavor cuando olvido sus voces, sus gestos, sus caras. Pero, cuando lo pienso, todo esto es algo que emerge con facilidad. Pienso en mí misma, en mí mismo, en nosotros mismos, rogando porque alguien diga nuestro nombre y nos convoque, rogando que alguien olvide nuestro nombre para siempre, rogando adherirnos al nombre del otro.
Un nombre no es ni una descripción, ni el recuerdo de un bautismo primigenio. Un nombre es otra cosa: es ser vistos, reconocidos. Nadie puede ser en soledad: nuestra identidad se construye a partir de los otros. Aún así, creemos que también podemos aprender a desprendernos del nombre para adoptar uno común. Uno que emerja con más fuerza que la suma de los demás. Uno que los diga todos y no diga ninguno. Incluso poder llegar a tener múltiples, inidentificables, móviles y fugaces. Ese nombre verdadero que permanece oculto bajo nuestra piel.
He hablado con Bernard, Neville, Jinny, Susan, Rhoda y Louis. ¿Seré acaso todos ellos a la vez? ¿Soy uno y distinto? No lo sé. No hay división entre ellos y yo. Mientras hablaba, pensaba: "Soy tú". Esa diferencia a la que tanta importancia damos, esa identidad que tan febrilmente ansiamos,
quedó superada.
Virginia Woolf
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