Ideas

No eres nonchalant, eres un puto pringado

La indiferencia ya no mola, especialmente si eres un don nadie.

22 de agosto 2026 · 2 comentarios


La elegancia tiene dos reglas: no solo debe resultar inaccesible, sino que además debe parecerlo. Como cualquier otra experiencia mística, esta se rige y se ha regido siempre por un don opaco e inexplicable que solo unos pocos, sin que se sepa muy bien por qué, pueden dominar, o al menos así nos lo ha hecho creer esa minoría. En un mundo más sólido y ordenado que el nuestro ese don consistía, básicamente, en haber nacido rico. Sin embargo, la sociedad de consumo vino a echar este principio por tierra: el dinero y los lujos no bastan para distinguirse en un sistema en el que los plebeyos comen marisco y hasta se hacen retratar en horrorosos murales à la Warhol si les da por ahí. No: la elegancia, el carisma o el gusto son cosas que por definición se tienen o no se tienen y, cuando todo se puede comprar, resulta preciso transferirlas al ámbito de lo inmaterial, rasparles la mugre hasta dejar el cuerpo esencial de una actitud. Entra en la palestra de la historia una forma de distinción hasta ahora desconocida: molar.

Al igual que otras formas de carisma o de aura, y también que cualquier otro régimen del gusto, molar está asociado a una cierta forma de poder y de influencia, en este caso específicamente contemporánea. Aún hoy, si contemplamos, digamos, el Inocencio X de Velázquez o la escalofriante mirada de Isabel I de Inglaterra en el Retrato de Darnley, podemos percibir la sombra de una autoridad que sigue proyectándose a lo largo de los siglos, pero no podemos decir que molen. Audrey Hepburn mola. Prince mola. Napoleón, según se mire, mola un poco también. Inocencio X no. El atractivo indescriptiblemente específico que rodea al hecho de molar está relacionado con una sociedad crecientemente dominada por las imágenes, y en la cual opera una nueva economía visual repartida, como toda economía, entre dos clases: los que ven y los que son vistos. Sucede, de este modo, que una gran mayoría de los grandes arquetipos contemporáneos de la elegancia y la coolness han sido productos de distintos paradigmas de exposición pública, cada cual más sofisticado que el anterior. Los prehistóricos dandis coincidirían con la expansión de los periódicos y los anuncios publicitarios. Las estrellas de cine, con el surgimiento del medio de producción de imágenes más poderoso hasta el momento. Los rockstars, con el nacimiento de la televisión y del formato de la entrevista televisiva, que ofrecería a los fans un simulacro de intimidad con sus ídolos nunca antes conocido. Todos ellos serían exponentes de una nueva aristocracia espiritual que se sostuvo en la actitud como principio y en la exposición como patrimonio.

Inocencio X (Velazquez)

En los últimos tiempos, sin embargo, se ha producido un cambio que, si no ha acabado del todo con esta economía visual, sí la ha dejado terriblemente malherida. La extensión de las redes sociales y la transformación de la cámara de fotos en una especie de implante biónico que nos acompaña durante todo el día —teléfono móvil mediante— nos ha brindado también a nosotros, centenario séquito de voyeurs, la oportunidad de ser vistos todo el tiempo. Esto no significa, por supuesto, que hayamos dejado de contarnos entre «los que ven»: al contrario, consumimos más imágenes que nunca. Ahora bien, los objetos y los mecanismos de la idolatría sí se han diseminado de una manera muy notable. Allí donde antes había dos castas bien definidas, miradores y mirados, hoy encontramos una situación mucho más irregular, la cual no ha producido una aproximación más democrática y sopesada a las imágenes, sino la extensión de una actitud aspiracional en la que muchos desean distinguirse precisamente buscando. La ya olvidada figura millennial del postureo, u hoy la del influencer, son dos de las muchas criaturas que han surgido de este claroscuro de época, pero entre todas ellas hay una que parece llamada a ocupar el lugar de lo que hemos acostumbrado a llamar «molar». La llamamos nonchalantismo.

El nonchalant, dicho de una forma resumida, representa la expresión anónima, popular, masificada, del tipo de lasitud y desprecio por el mundo que hasta hace no tanto tiempo solo podían exhibir estrellas de rock, escritores alcohólicos o actores de Hollywood en rehabilitación. «Despreocupado» o «indiferente» por su traducción del inglés, el diccionario Merriam Webster destaca su procedencia del francés chaloir, «preocuparse» o «interesarse», resultante a su vez del latín calere: «estar caliente» o, podría decirse también, encendido. El atributo fundamental del nonchalant es, por lo tanto, la frialdad, indispensable para distinguirse en este mundo sin duda demasiado histérico, demasiado afectado por su continua producción de acontecimientos. Baudelaire lo habría definido así: «la necesidad ardiente de ser una originalidad», «magnífico, sin calor y lleno de melancolía», «un culto de sí mismo que puede sobrevivir a la búsqueda de felicidad», «el placer de asombrar y el orgullo de nunca asombrarse». Apenas importa que esté hablando del dandi —precursor infantil del nonchalant— y que estas palabras tengan ya ciento sesenta años. Así como aquel se paseaba por la metrópolis fingiendo la indolencia de los maniquís, consciente de que allí solo merece ser mirado aquel que sabe derrochar indiferencia ante la mirada de los otros, el nonchalant adopta ante la entusiasta presencia digital de los demás el mismo gesto de hastío que la estrella del pop dosmilera habría dedicado a los flashes de los paparazzi. La máxima ética —y estética— a enarbolar es aquella que nadie sigue, el lowkey, estirada hasta el extremo de hacer de ella una infinita obra de arte en tiempo real. En lugar de usar Instagram como escaparate o archivo personal, se limita a subir muy de cuando en cuando la fotografía mal encuadrada de una paloma muerta o del rótulo de un comercio cualquiera. No usa foto de perfil o usa una que diga lo menos posible acerca de cualquier cosa. Responder a un WhatsApp, si es que acaso lo hace, le toma semanas. En sus encuentros con otras personas insiste en reiterar, siempre disimuladamente, lo mucho que le aburrimos. Comparte eventos a los que puede o puede que no acuda. Sí, sigue modas, pero solo desde premisas irónicas, para demostrar la futilidad tanto de sustraerse al impulso de ser moderno como de no hacerlo. Ante todo, no se pronuncia en política, porque pronunciarse es una forma de dejarse afectar, de ser patético, como lo es también cualquier otra forma de recorrer en línea recta el camino entre significante y significado, esto es, de decir algo en serio.

Hay, sin embargo, un problema con el nonchalantismo, implicado en su propia condición como figura anónima. Audrey Hepburn es Audrey Hepburn. Prince es Prince. El nonchalant no es nadie. Aunque los mecanismos necesarios para proyectar una imagen pública nunca han estado tan disponibles como hoy, el tipo de brillo o de atractivo que confiere ser alguien realmente importante sigue estando, para bien o para mal, muy lejos de lo que puede lograr por sí misma cualquier actitud, por calculada que sea. Además, aunque todos desearíamos ser menos dependientes de la mirada de los otros, ser más misteriosos y opacos, llegados a este punto hemos aceptado de manera más o menos unánime que la necesidad de exponernos y ser constantemente mirados es una condición inexpugnable de nuestro ser, un epifenómeno de nuestra finitud moral y física, como sentir deseo o morirse. Ahora que la sociedad se ha decidido por fin a aceptar este hecho, intentar atrapar la atención ajena haciendo como que nos importa un bledo que nos presten atención está llamado a ser un gesto demasiado evidente, demasiado desesperado.

En parte por esto ocurre, de manera inédita, que la inautenticidad y la aureola de ridículo que desprende la actitud nonchalant no solamente se puede atribuir a estudiantes de cine con ínfulas o niños de papá de casi treinta años que siguen apareciendo en el after con gafas de ciclista, sino también a grandes celebridades y personalidades que exponen peligrosamente su carisma al intentar llevar demasiado lejos esta indiferencia fingida. A modo de ejemplo, pienso en las declaraciones que Charli XCX, madrina y canon del nonchalantismo, hizo en una reciente entrevista sobre su último proyecto, Music, Fashion, Film, donde afirmaba que «no sabía nada de música» y que apenas escuchaba música en su casa. Resulta curioso cómo unas palabras que hace treinta años podrían haber despertado un gesto de complicidad, a la forma en la que lo hacían las mal disimuladas expresiones de desprecio por el establishment de la industria y la prensa musical de un Kurt Cobain, hoy chirríen de inmediato como un intento demasiado on the nose, incluso patético, de generar un titular, de hacerse oír, de seguir girando la rueda del algoritmo. Pareciese como si, en una economía algorítmica que no deja lugar a ninguna expresión de espontaneidad que no esté cuidadosamente medida y diseñada, los mecanismos del molar ya no fuesen en absoluto creíbles. La simplicidad y la modestia han pasado así a ser atributos cotizados, por genuinos y originales, frente a cualquier rasgo que pueda suscitar la sospecha de un intento deliberado de destacar, hecho que, todo sea dicho, se relaciona también con una creciente uniformidad de la cultura, el fin del paradigma contracultural y la tendencia a lo que no se me ocurre llamar de otra forma que «zeitgeist arroz con pollo».

Nada de esto es nuevo, o al menos no del todo. En la década de los noventa, autores como Foster Wallace ya habrían diagnosticado la caducidad de la ironía como recurso narrativo crítico y promulgado una especie de retorno a la sinceridad y la emoción. En una época en la que el cinismo y la frivolidad —atributos elementales del nonchalant— son la norma, estos no pueden ser mecanismos de distinción: aún más, todo intento de distinguirse desde aquí supone un gesto de complicidad con el orden establecido. Los últimos años, tan turbulentos en lo político, han sido buena prueba de ello, y han contribuido a alimentar cierto desprecio por lo nonchalant. Ante sucesos como Gaza o fenómenos como el auge de la ultraderecha, mantenerse al margen o hacer como que nada te afecta ni te conmociona es simplemente miserable y penoso, por mucho que limitarse a practicar la indignación y la denuncia siempre sea insuficiente.

La indiferencia ya no mola, especialmente si eres un don nadie. Al igual que en otros tiempos la rebeldía y el compromiso fueron marcadores sociales del carisma, hoy se prepara un vibe shift que podría dejar atrás el hedonismo cansado que ha definido la cultura del primer cuarto de nuestro siglo, el mismo que artistas como Charli XCX se empeñan fallidamente en resucitar. Y todos, sean cuales sean nuestros motivos más profundos, deberíamos subirnos a ese tren. No sucede solo que el deseo de ser distinguido no sea en absoluto contradictorio con el de querer una sociedad mejor y más justa, sino que la despreocupación y el brillo al que aspiramos no pueden pertenecer a un mundo como el nuestro. Llamo a los frívolos, a los hastiados, a los elegantes. Amigos, daos cuenta: no sois nonchalants, sois unos putos pringados. Pagáis seiscientos euros por una habitación, dieciocho por libros de cien páginas, créditos de guerra. Aceptadlo, abrazadlo y actuad en consecuencia. Quizá en el camino que emprendáis halléis la autenticidad que todos deseamos.

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