Ideas

Cómo ser un buen filósofo o cómo intentarlo

Sobre el nuevo libro de Óscar Teixidó

6 de octubre 2026


Quizás la enemistad existe con una intensidad especial en el ámbito filosófico. Randall Collins ya señaló que suelen existir al menos tres o cuatro escuelas filosóficas en lucha en cualquier momento histórico: de ser más se disgregan y se pierde el tono del conflicto, y de ser menos, no se alcanza polémica suficiente para subsistir. No sería tarea fácil señalar cuáles puedan ser esas escuelas en la actualidad y, sin embargo, uno percibe que la temperatura del conflicto está funcionando de alguna manera. Si os asomasteis a X hace unos días, pudisteis encontrar algunos intercambios de la última batallita formada en torno a la publicación del libro Pensamiento mediocre. Qué es la mala filosofía y cómo prevenirla de Óscar Teixidó.

El ensayo pretende diagnosticar algunos errores genéricos y muchísimos específicos de eso que llama la filosofía mediocre. Un tipo de filosofía oscura, incongruente, desconectada del resto de saberes y aislada teóricamente (p.41). Un tipo de filosofía que, si además se presenta como informada y al nivel de los saberes científicos de nuestra época se convierte en pseudofilosofía (p.135). Uno tiene que esperar hasta el capítulo de conclusiones para ver ejemplos concretos de algunos de estos filósofos mediocres o, directamente, pseudofilósofos: Byung Chul-Han, Javier Gomá, Žižek , … (p..188). La lista es larga e incluye a figuras a medio camino entre la coña y la teoría dudosa como Jesús Maestro. También hay un capítulo entero, quizás el más interesante, dedicado al caso de la teología moderna, o de cómo durante gran parte de la tradición la teología fue de la mano de ideas más o menos razonables para el avance del conocimiento antes de convertirse en el perfecto ejemplo de pensamiento mediocre: aislada teóricamente, a la defensiva y en desconexión con los saberes actuales o, en el mejor de los casos, tergiversándolos según sus intereses.

El ensayo plantea muchas problemáticas asociadas a la disciplina, entre ellas una de importancia que podría reformularse de esta manera: para enfrentarse a determinados problemas filosóficos es necesario estar en contacto (partir, incorporar o incluso polemizar) con determinados saberes científicos o sociales. Pero ocurre que el filósofo medio tiene un contacto, en el mejor de los casos, menor y muy probablemente, nulo con estos. ¿Qué se hace principalmente en un grado de filosofía al uso? Comentar textos pertenecientes en un alto porcentaje a autores hombres fallecidos, cayendo en lo que el autor llama doxografización (p. 129). En este caso, una de las reglas tanto de la filosofía mala como de la buena es común a una regla que se mantenía en el derecho inglés: estaba prohibido en jurisprudencia citar autores vivos.

De manera que nuestros filósofos y filósofas salen de sus grados armados con sistemas de pensamiento de todos los siglos precedentes y con una gran habilidad para su comentario, edición y conexión con otros textos de su especie. Y, con ello, se enfrentan a problemas filosóficos de una complejidad cualitativamente mayor a la que tuvieron que enfrentarse dichos autores dada la complejidad tanto de las disciplinas actuales como de la realidad social objetiva, por ejemplo, política. Ya no se trata solo, por ejemplo, de si la monarquía es legítima o de si existe un derecho natural, sino de otras cosas que requieren un poquito de estudio: qué papel juegan los principios y las reglas en la práctica constitucional o cómo cambian los conceptos políticos de significado a través de su uso polémico, y eso sin entrar en toda la escolástica en torno al neoliberalismo y sus dispositivos.

Esta es la paradoja que me interesa y a la que creo que no apunta directamente el libro (pero que contextualiza algunas de sus argumentaciones): formamos filósofos y los seleccionamos institucional y académicamente en base a un canon de textos y unas habilidades escolásticas. Pero sabemos, de forma más o menos mayoritaria, que efectivamente la filosofía tiene que estar en contacto estrecho con otros saberes que no se imparten (salvo excepciones) ni se valoran a la hora de seleccionar. Si hay algo excepcional en la filosofía es esta desventaja estructural para organizar su estudio y selección. A un biólogo no se le pide saber historia ni a un político saber física. Pero un buen filósofo —¿un filósofo no mediocre?— tiene que saber un poco de todo y de filosofía, sea lo que sea esta. 

Es natural que ante esta paradoja institucional surjan posturas enfrentadas: un “filosofismo” que se autoafirma como independiente y autárquico (p.101), posturas que acercan la filosofía a un género literario o posturas cientificistas que niegan la propia existencia de la disciplina en favor de las ciencias. Y, sin embargo, la cosa está probablemente y de forma compleja, en medio. Esto ya lo sabía Ortega, aunque no consiguió llevar la idea hasta el final; también Julián Marías o Manuel Sacristán. Y, entre los actuales, Susan Haack, César Renduelas  y, uno de los mejores ejemplos, Moreno Pestaña.

En sus momentos buenos el libro funciona como una llamada útil a que la filosofía no se quede en sí misma. En sus peores momentos es un manual de recomendaciones que termina con 10 mandamientos del buen filósofo (pp. 200-201) y un diagnóstico acerca de por qué nos gusta la filosofía mediocre: somos fáciles, cómodos, y se nos hace fácil participar de lo socialmente reforzado. A riesgo de sonar mediocre, creo que el espíritu del libro apunta en la buena dirección, aunque, de tener razón, la filosofía se pone cada vez más difícil.

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