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Agosto: conjuro y repetición
¿No ilustra esta vieja historia algo de la experiencia laboral madrileña agostera?
17 de septiembre 2026
Hay una vieja historia sobre obediencia absurda que recoge Foucault en uno de sus cursos1: un monje recibe una orden de su superior. Debe regar un palo seco en medio del desierto, alejado de cualquier fuente de agua y atravesando un descampado largo apático y caliente, dos veces al día. La idea es que la rama solitaria despierte algún color que viene de lo profundo, que sea un pequeñísimo oasis ridículo y vivo en medio de la nada, que florezca un poco. No ocurre nada de esto. El maestro piensa, como suelen pensar todos los superiores en estos casos, que es culpa del monje. El monje, a su vez, sospecha que detrás de las órdenes no hay, en realidad, finalidad alguna, solo una inercia estructural y cerrada de obediencia. Pero piensa también, quizás en la repetición, en la fórmula, está la verdad y quizás, con suerte, la salvación. ¿No ilustra esta vieja historia algo de la experiencia laboral madrileña agostera?
Y, sin embargo, a la vez que todo se repite sin mucho sentido, es agosto en Madrid. Se rompen los rituales, cierra la cafetería de siempre, no hay nadie, se rompe la repetición, ¿se piensa un poco más? No se duerme durante semanas. También escribe uno distinto.
El interés compuesto, la acumulación repetitiva y sus rendimientos aplicados a músculos y a la microbiota están aún por entregarnos de verdad todas sus promesas. Pero nosotros desconfiamos un poco de los hábitos y otro poco de la obediencia. No pensamos que, como aparece en algunas versiones de la historia, el palo floreció. Probablemente se lo inventó un abad al que podría llegarse desde tu actual jefe, en línea directa y ascendente pasando por por todas las autoridades de Occidente y sus librillos de órdenes.
La ética de lo repetitivo y lo vacío tiene una larga y venerable tradición. Sobre todo con respecto a las palabras. Era muy importante, por ejemplo para los griegos y romanos antiguos, decir las cosas de forma exacta y siempre igual a riesgo de que las palabras se perdieran en su dirección, que las cosas no las reconocieran o, peor, de que no se dijera nada en absoluto. De esta manera, en el principio, el poema, el conjuro y el derecho eran indistintos. Se declamaba con palabras exactas que no eran palabras si no las cosas exactamente dichas produciendo efectos casi mágicos en el mundo. Sin intermediarios2. En el derecho romano antiguo si uno no pronunciaba las cosas en un orden estricto los contratos, los juicios, los conjuros no tenían ningún efecto3 y los dioses no se daban por enterados. Algo nos ha quedado de ello en los juramentos y en las formas muy específicas de hablarse los amantes, de escribirse mensajes muy concretos, de decir y no decir y de respetar un cierto orden de los hábitos de expresión.
Algunos expertos actuales en el arte de las palabras, los escritores, han propuesto invertir las cosas: repetir mucho en la vida, ser un poco carca, para no hacerlo en la escritura. Colgarse algunas obediencias para hacerse el paso un poco más lento de forma que, en las idas y venidas, de tiempo a pensar distinto pero haciendo lo mismo. Al contrario que los antiguos, aquello que decía John Chever en una entrevista: decir una frase que no se haya dicho nunca exactamente igual4.
1 Foucault, M. (2014). Obrar mal, decir la verdad: Función de la confesión en la justicia. Curso de Lovaina 1981. Siglo XXI Editores. ( P. 153).
2 A propósito de esto, cualquier cosa de Aida Míguez, por ej, Talar madera: Naturaleza y límite en el pensamiento griego antiguo.
3 Kunkel, W. (1990). Historia del Derecho romano (J. Miquel, trad.). Editorial Ariel.
4 John Cheever, The Art of Fiction No. 62. The Paris Review, (67).
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