Ideas

Agentes durmientes y desbordamientos deseantes en Sol

Cómo la acampada está alterando nuestro futuro inmediato

5 de octubre 2026


El agente dormido Miguel Pardo y la militante ya activada Sandra Mora presentan algunas ideas sobre lo que está sucediendo con las movilizaciones de vivienda.


Desde que hace apenas nueve noches un grupo de personas decidiera plantar unas tiendas de campaña en la Puerta del Sol, el mapa social y político nacional parece haberse despeñado sin remedio. El Sindicato de Inquilinas, con un nivel de organización encomiable, invocó en apenas unas horas —vía desahucio de Maricarmen y manifestación espontánea esa misma tarde— un hype activista que nuestra generación no había podido experimentar en primera persona hasta el momento. Un hype que se sentía en la velocidad a la que el kilómetro cero de Madrid se llenaba de tiendas Quechua y de entusiasmo, a modo de un avispero recién agitado; una circulación feliz y rabiosa. Como un pico de dopamina o un tramo de hiperfoco, la activación colectiva ha sido feroz, rápida y dirigida hacia un objetivo claro: la autoorganización y el sostenimiento de un espacio al que no queremos pero tampoco podemos evitar llamar Zona temporalmente autónoma1. Organización y desbordamiento son dos de las palabras que más hemos escuchado estos días. Ambas dirigen este escrito, con el que queremos reflexionar sobre algunas de las impresiones que nos ha dejado colaborar en el establecimiento de la acampada hasta el día de hoy, 5 de octubre de 2026.

Una mirada retrospectiva nos devuelve rápidamente la conciencia del prodigio que estamos presenciando: hace apenas un mes era impensable el derroche de medios materiales, físicos, anímicos y logísticos que se han desplegado. Un derroche que además ha conducido a un adelanto electoral. El activismo de base ha hecho una labor localizada y concienzuda durante estos últimos años, pero desde otras generaciones hasta la mayoría de las instituciones parecían escépticos respecto al poder de movilización de las asociaciones sindicales. Personalmente, esta suerte de condescendencia me hace recordar una anécdota reciente: cuando paramos la Vuelta Ciclista a España el año pasado en Cibeles, algunas personas entradas en canas increparon con dulzura a la gente joven. “Os hemos echado de menos en las manifestaciones durante años”, me dijo un caballero. A mí, sinceramente, me pareció un tanto innecesario buscar culpables. De hecho, tengo una fuerte impresión de que la desmovilización que hemos sufrido como generación tiene mucho que ver con un desengaño hereditario que nos han transmitido, un cinismo o una abulia marcados por las crisis del siglo XXI y el esperpento social resultado del capitalismo contemporáneo. Hemos sido una generación joven atascada en la hedonia depresiva2, cuyo usufructo del “progreso histórico” y del ascensor social de nuestros progenitores es un mundo inhumano, salvaje y atomizado; hecho a la medida de una aristocracia tecnológica que expropia nuestra dopamina y nuestra fuerza de trabajo.

Sin embargo, esas mismas personas que amablemente nos reprocharon no haber reaccionado con mayor premura en 2025 estaban esta semana circulando por la acampada. Traían donaciones, mensajes de ánimo o mostraban afecto y entusiasmo hacia nuestra iniciativa. Son ellas, entre muchas otras, quienes han desbordado desde el primer día las necesidades de alimentos, agua o medicamentos de un campamento que completamente abastecido, ha podido crecer y avanzar libremente3. Esta acampada ha generado un FOMO militante, avivado por las redes sociales y por una saturación anímica intolerable. La euforia y la rabia se han juntado en un equilibrio absurdo e hipomaníaco, que ha rebasado cualquier expectativa previa sobre la capacidad de movilización de las personas jóvenes. Es una gota, la del desahucio de Maricarmen, que ha derramado un vaso repleto de agua estancada.

En cualquier caso, buscar una explicación última, definitiva o totalizante a este esparcimiento tan veloz (espacial y metafórico) resulta harto inútil. Como agentes durmientes en una tierra baldía que ya consideraban su patria, miles de personas jóvenes no militantes, como es mi caso [Miguel], hemos despertado de un sueño para organizarnos con amigas, conocidas o desconocidas y hacer habitable un lugar plagado de materiales sintéticos, cartones, cinta aislante, madera astillada, adoquines y cuchillos cebolleros. Un lugar, la Puerta del Sol, que en los últimos años se había vuelto particularmente inhabitable salvo para los turistas, de manera análoga mercado de la vivienda. Una plaza que lleva años siendo moldeada paulatinamente para imposibilitar la vida en común (fuera árboles, fuera bancos, abarrotada de locales de comida rápida), se ha convertido en poco más de una semana en un núcleo de encuentro y organización para quienes ya no creían en el espacio público.

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Gracias a la reapropiación del espacio público ya hay jóvenes que pueden salir a hacer cardio por los alrededores de la Puerta del Sol.

Y aquí entra otra de las cuestiones clave del acontecimiento que estamos viviendo estos días: el deseo. Lo que hemos visto en la acampada, con sus contradicciones y sus ineludibles límites, es gente que se permite desear cosas. Hemos visto gente incapaz de percibir la distancia entre imaginar algo que anhela y llevarlo a cabo. Esos anhelos incluyen: una nueva vecindad, una reinterpretación del espacio público, una organización colectiva desinteresada y por turnos para poder acudir al trabajo; un instinto de conservación, cuidados y protección mutua cuando aparece cualquier agitador… Entre las calles de esta “pequeña ciudad” encontramos a gente achicando agua, trayendo materiales de construcción desde cualquier punto de Madrid, realizando un sinfín de tareas invisibles que sostienen la acampada; gente, por otra parte, extenuada por no poder dormir gracias al acoso del ayuntamiento de Madrid y de diversos agentes disruptivos nocturnos. Gente que, coincidiendo con el estado maníaco que describíamos en el primer párrafo, a veces no sabe cuándo parar de ayudar y cómo compaginar con el descanso necesario para aguantar el tirón. Porque la acción que hemos llevado a cabo en Sol parece un acontecimiento fugaz, único frágil e irrepetible. Pero no lo es. El sentimiento general es que lo acontecido en la plaza es un trampolín (en Madrid no hay playas) desde el que potenciar y alimentar las luchas locales. Un umbral en el que se dan simultáneamente la planificación organizativa a futuro y el activismo en crudo. Una vez más, el presente y el futuro se vuelven indistinguibles. El deseo utópico mitificado por el espacio del 15M (cuya sombra es alargada y su herencia, esperamos, distinta al de esta acampada) es una lanzadera que disuelve de un plumazo aquellos muros y narrativas generacionales en las que nos ha encorsetado la historia social.

La acampada, entonces, tiene la potencialidad de funcionar, sucesivamente, como un núcleo centrípeto-centrífugo de las luchas que ya llevan tiempo siendo construidas en la capital. Por sus tiendas están desfilado decenas de activistas y militantes relacionados con la lucha por el derecho a la vivienda, sí, pero también de las luchas ecologistas, laborales, contra el genocidio en Palestina, feministas, antirracistas y contra la desmantelación de otros derechos harto cuestionados en Madrid como la sanidad y la educación públicas. En ese sentido, la acampada ha generado un centro hacia el que todas hemos ido gravitando, juntando luchas, dándolas a conocer, hablando de victorias colectivas ya logradas y de aquellas que deseamos construir, potenciándolas en un caldo de cultivo generador de esperanzas conjuntas y horizontes comunes. No obstante, la acampada tiene también la capacidad de volver a proyectar estas luchas de forma reforzada de vuelta a los barrios, centros de trabajo y espacios de militancia local donde se arraigan los proyectos duraderos y los deseos más radicales. De convertirse en círculo virtuoso de retroalimentación centro-periferia, donde el centro ya no monopoliza el foco y los recursos, sino que es alimento y estructura para una lucha ampliada, territorializada, barrio a barrio, escuela a escuela, centro de trabajo a centro de trabajo. La lógica es sencilla: tú y yo nos hemos conocido en Sol, pero compartimos una o varias luchas, así que seguimos juntas.


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Ante la duda, un sionista.

De la acampada estamos aprendiendo a entender la participación como el estar activamente en la construcción y el destino de algo creado entre todas, frente a un espacio público concebido exclusivamente como lugar de intercambio económico o que limita nuestra intervención al día de las elecciones o a poner una mala reseña en google. La acampada ha anclado y concretado el deseo de recuperar y ocupar espacios privatizados para lo colectivo; ahora nos desborda, se desplaza lentamente hacia todas partes, construyendo persona a persona un contrapoder capaz de frenar la inercia tardocapitalista, hacia un Madrid deseable, sostenible. Un Madrid que no desahucia en medio de una feria de fondos buitre, un Madrid que cuando enfermamos nos atiende, que nos forma y donde ninguna compañera migrante o racializada queda expuesta; un Madrid que cuando un colectivo inicia una lucha se sienta a escuchar. No el Madrid brutal, vendido, desidioso y sometido que se ha ido construyendo en las últimas décadas, en el que es más fácil negociar con un fondo buitre que con el Ayuntamiento y la Comunidad.

De hecho, echando un vistazo a esos órganos que parecen funcionar exclusivamente sobre la base de sus cálculos e intereses fiduciarios, hemos visto que es más fácil hacer recular a Urbagestión que a la mayoría de los partidos políticos de la democracia. Pero la recogida de cable de la sociedad inmobiliaria no ha sido el único hackeo que hemos vivido a raíz de la acampada; también las redes sociales han sufrido una ligera transformación. Si Instagram ha sido durante mucho tiempo un pozo de desesperación y desmotivación que promovía la inercia y la quietud individuales, esta semana se ha convertido en un espacio digital de comunicación directa (de necesidades, convocatorias, asambleas) y de cuidados y atenciones colectivas. Ha sido altamente emotivo ver cómo incluso nuestro algoritmo se ha llenado —con excepciones, claro— de contenido de apoyo a las personas acampadas, de información útil, de actualizaciones relevantes… Sin embarrar la labor colectiva ni dispersar o tensar la convivencia interna y las idiosincrasias propias de quienes estaban en la acampada.

Igualmente ejemplar está siendo la comunicación y el savoir faire de las asociaciones, los colectivos, influencers y figuras públicas que están participando de la iniciativa. Su relato y seguimiento de lo acontecido en Sol está oscilando entre la elaboración de una coolness o un aura activista que moviliza a quienes no militamos y una apelación a los programas y las proclamas de cada plataforma. Todo ello está impidiendo la reapropiación capitalista y la comercialización del imaginario de la acampada. La estampa de los turistas intentando continuar con el flujo de consumo propuesto por nuestra ciudad-parque temático se vuelve paródica y altamente satisfactoria cuando unos británicos enfervorecidos y atrapados en un culo de botella de gente nos gritan “fucking communists”, o cuando Telemadrid emite un pequeño reportaje hablando de la desesperación de los comercios “locales” porque no entran clientes. En el segundo caso en particular, el reportero apenas logra hablar con dos personas que no trabajan para franquicias de multinacionales extranjeras: un empleado de un hotel y un vendedor de bolsos, a lo que los usuarios responden con comentarios como el de la imagen que dejamos debajo.

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Son esa serie de acciones espontáneas, de agenciamientos individuales e impredecibles, los que han generado un conjunto de sinergias —como diría tu jefe mientras te habla de que acaba de comprar su tercer piso en Malasaña— que, por surgir de forma tan efervescente, parecen también poder derrumbarse en cualquier instante. Pero, utilizando otra expresión empresarial, la acampada de Sol es una ventana de oportunidad que ya ha sido abierta y atravesada. Este dispositivo habitable se comporta, de hecho, como una puerta giratoria (el chiste se cuenta solo), en la que miles de personas rotan, entran y salen de un espacio utópico, recargando un idealismo que permite a quienes merodeamos en duermevela interiorizar la materialización de aquello que no creíamos posible. Y esa materialización se seguirá dando las próximas semanas, como decíamos, de forma retroactiva en las organizaciones de nuestros barrios, cuyos discursos y conflictos repostan y despegan desde la plataforma nodriza ubicada en el Kilómetro cero.

En última instancia, la activación colectiva de la acampada ha tenido una estructura similar al patrón ansioso, dopamínico y desquiciado que marca el compás del capitalismo actual. La mayoría de nosotras nos enteramos de que algunas manifestantes del sábado estaban acampadas por redes sociales; corrimos a preguntar a amigas y personas allí presentes, escribimos a otras para organizarnos y acercarnos lo antes posible, llevamos cosas que a nuestra llegada ya no hacían falta... Esa urgencia ha dado paso a un estado ligeramente más sereno, salvo para quienes siguen desviviéndose día a día hasta la extenuación, sensibles ante la fragilidad y la volatilidad de aquello que estamos construyendo. Pero en la Puerta del Sol se han trazado mapas y en los recovecos de este retorcido bazar se encuentran la ferretería, varias zonas de cuidados, el comedor popular, diversas plazas, o una épica estructura de palés bautizada como “El ático de Ayuso”. Y más que los espacios, que incómodos o reducidos a veces, nos devuelven al cuerpo, lo que existe es un clamor interseccional: la certeza de que la mayor fuerza que ostenta ahora mismo la clase obrera es el poder de su organización.

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El alfa y el omega de la autogestión se solapan en el programa del primer domingo

Lo vivido estos días corrobora una verdad obvia pero soterrada: somos más poderosas cuando nos autoorganizamos, cuando nuestro deseo no cabe en un electorado o en un target de mercado en particular. Ante nosotres queda un tramo en el que poder afianzar los vínculos y alianzas que hemos materializado esta semana, de cara al horizonte común de este conjunto de actividades. Quienes hemos participado en la acampada miramos ya, con algo que incluso podríamos llamar esperanza, al otoño electoral que viene, mientras seguimos trabajando, barrio a barrio, casa a casa, para extender la herramienta de lucha (re)nacida entre tiendas estos días: una huelga general por la vivienda. Nos vemos en las calles.




1 Concepto acuñado por el activista Peter Lamborn Wilson (más conocido por su seudónimo Hakim Bey), en el libro homónimo publicado en 1991. Jota de Los Planetas, al igual que diversos referentes del activismo contemporáneo han sido profundamente influidos por la obra, de la que os dejamos más información aquí.

2 Desgraciadamente volvemos a citar un concepto de Mark Fisher. Lo desarrolla en su célebre ensayo, Realismo Capitalista ¿no hay alternativa? (Caja Negra, 2017).

3 La mañana del lunes, por ejemplo, un héroe anónimo trajo incontables churros y porras. El primer día que se esperaba lluvia, otra persona donó más de un centenar de chubasqueros.

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