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Contra el cinismo
Lo inteligente es defender algo direccionalmente bueno pese a sus imperfecciones, en lugar de descartarlo neciamente por detalles accesorios.
29 de septiembre 2026 · 6 comentarios
Nos llegan imágenes, nos pasamos por Sol; todo el mundo opina. De un lado ojalá mayoritario, los ilusionados, entre los que felizmente comprobamos a personas mayores, incluso a votantes de la derecha. Del otro están los escépticos, cuando no cínicos.
Son escépticos con las medidas potenciales que salgan de la protesta y conformen el Decreto Maricarmen (DM) que, dicen, puede que desincentiven la puesta de viviendas en alquiler, incluso que saquen del mercado a las personas mayores (al proteger sus contratos, nadie los querría de inquilinos) o a multitud de viviendas en general (si te sobra el dinero, no quieres arriesgarte a hacer un contrato indefinido de alquiler). Nos llega también escepticismo, cuando no cinismo, con el cariz estético de la acampada: sus talleres de yoga, bailes neorregionales y batucadas, latas de cerveza.
Una parte de mí entiende estas reticencias grouchomarxistas. Hay objeciones con las que podría estar de acuerdo, como las que alertan por las prisas de ese decretazo de última hora y seguro defectuoso tras años de inexplicable inmovilidad legislativa, por la no salida a la calle o como mínimo protesta de la izquierda por los escándalos escandalosos del PSOE o —incluso con más intensidad— la idea de que todo esto ayuda a la dinámica de partidos y al aparato estatal en lugar de al advenimiento de un cambio de sistema realmente transformador. Todo esto, por supuesto, coronado por la suspicacia ante un despliegue indiscriminado de virtue signalling.
Pero todo esto son detalles ridículos frente a la realidad existente. Lo único importante es la rotura del contrato social que se viene produciendo desde los 90, pasando sucesivas crisis, ocasionada por un capitalismo que al no competir con el comunismo carece de contrapesos reales, un sistema que ha elegido lo peor del atroz capitalismo de mercado y la pesadillesca burocracia socialdemócrata y, como colofón y resultado, ha elegido como valor refugio y de especulación inmuebles en todas las ciudades del mundo, reventando comunidades y proyectos de vida y negando cualquier idea de futuro urbano. Maricarmen, símbolo por definición imperfecto, no es más que eso, un símbolo oportuno.
Lo que necesitamos para que las rentas del trabajo vuelvan a competir con las del capital es un shock transversal y una conciencia de pueblo-no-financiero, de 99%, como se tuvo por un momento en 2008 y que de alguna manera consiguieron diluir de nuevo entre disputas horizontales en lugar de verticales.
Por todo esto deberíamos defender lo que está ocurriendo en Sol, porque lo inteligente es defender algo direccionalmente bueno pese a sus imperfecciones, en lugar de descartarlo neciamente por detalles accesorios.
En una España ideal, en la Plaza del Sol debieran caber también los bros de los burpees y MyInvestor, afectados de lleno por la crisis de la vivienda (pues consagran su estilo de vida a la promesa de obtener una en propiedad). O la numerosa y por tanto difícil de alojar familia Caño al completo, anterior cosa viral y que en realidad quedaría bien en la plaza, armados de sus guitarras y sillas de plástico. Pero nos basta con que haya un apoyo y simpatías amplias al chispazo de sacrificio, idealismo generador y valentía de los acampados. Solo luego, más tarde, pero con reglas de base mínimas y nuevas y que respondan a los problemas sociales del siglo XXI, podríamos volver a pelearnos con gusto. Pero hacerlo durante sería una medida inmovilista.
Ahora ya sé de dónde viene la ilusión. Los acampados nos han hecho recordar verdades que tenemos que tener más presentes, a saber: las ciudades son nuestras, los políticos nos tienen que tener miedo y el futuro está por construir.
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