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VAR y burocracia
Adoramos el deporte porque es caprichoso e inexplicable; injusto a veces
11 de mayo 2026 · 1 comentario
Adoramos el deporte porque es caprichoso e inexplicable; injusto a veces
Transcurre el minuto 90 de juego en Riazor y un peligroso resultado de 2-1 parpadea en el luminoso. El delantero del Deportivo de La Coruña Zacharia Eddachouri intenta despejar un balón en su área. No siendo este un jugador especialmente ortodoxo, la maniobra resultante es una suerte de patada de la grulla-capoeira que, felizmente, se salda con el envío del balón a 30 metros de la portería y un Deportivo respirando aliviado. ¿Tan rápido, tan fácil? ¡No!, porque el árbitro del partido se lleva la mano al oído, para el juego y, tras 5 minutos de indecisión, acude por fin al monitor a pie de campo, donde los colegiados VAR1 le muestran una torticera toma en la que se ve que el jugador deportivista roza, de manera imperceptible en directo, el balón con el dorso de la mano. Otros 3 minutos de pitada, penalti y, por suerte para nuestros atlánticos intereses, parada del guardameta coruñés.
Esta escena es una de tantas que suceden cada semana y que nos despiertan, a casi todos los aficionados al fútbol, una oscura intuición que a veces cuesta transformar en palabras. Es una sensación no exclusiva de las decisiones que perjudican a tu equipo; también aparece con las resoluciones favorables, como si no fuera lícito ganar así. Parece evidente que hay algo malvado en el corazón del VAR. Pero, ¿de qué se trata? ¿Qué es lo que alimenta este rechazo atávico? Estoy convencido de que, en el fondo, odiamos al VAR porque odiamos la burocracia.
Hacia el final de su formidable libro The Utopia of Rules: On Technology, Stupidity and the Secret Joys of Bureaucracy (Melville House, 2015) el antropólogo y activista David Graeber culmina 200 páginas de despedazamiento del fenómeno burocrático argumentando que el atractivo del mismo es el miedo que tenemos a jugar sin reglas2:
Los juegos son una especie de utopía de las reglas (...) los estudios sobre los juegos de los niños inevitablemente descubren por ejemplo, que los niños jugando a juegos imaginarios pasan al menos el mismo tiempo discutiendo sobre las normas que efectivamente jugando al juego en sí.
De esta manera, desde pequeños, basamos nuestras interacciones sociales en ponernos de acuerdo cuáles son las normas para que nadie se pase de listo. Por tanto:
Lo que se esconde tras el atractivo de la burocracia es el miedo a jugar sin normas.
Este es el terror que impulsó la creación del VAR, el mismo que alimenta toda la redacción de normativas, relleno de formularios3, guías de conducta, directrices, observatorios y demás instituciones panópticas de control y supervisión4.
Ninguna actividad humana debería aspirar a la aplicación de una perfecta objetividad reglamentaria. El deporte, y en particular el fútbol, era uno de estos juegos en los que todavía nos tolerábamos la espontaneidad, aun a riesgo de caer en la injusticia y en el error de vez en cuando. Un ejemplo claro es el robo de Corea y Japón 2002 que comenté el otro día con Agúndez. El balón no sale de fondo en el centro de Joaquín, aquello fue seguramente malintencionado; sin embargo los jugadores apenas se inmutan, aceptan la canallada y siguen intentando marcar el gol de la victoria. Aceptan lo arbitrario del árbitro. Lo asumen con la gallardía de quien se sabe sujeto a los vaivenes del destino. Los errores se convierten en mitología, igual que el drama, con el tiempo, se transforma en la mejor comedia.
El VAR no es más que el producto de la cobardía de no admitir que la vida en general es injusta y caprichosa y que el fútbol —como metáfora y reflejo de la misma— tiene que ser por fuerza injusto y caprichoso y, más aún, que grandísima parte de su atractivo se basa que en que las reglas subjetivas e interpretables de las que está compuesto propician esa necesaria libertad para el error y aun el agravio.
Graeber escribe de manera maravillosa y razonada sobre cómo las teorías antropológicas, sociológicas y económicas han estudiado el momento de génesis de un juego en el que el grupo debe decidir si darse normas a sí mismo. La alternativa, normalmente, es dejar que las reglas se improvisen de manera creativa, que se discutan, y esto aterra tanto a «leninistas como liberales» bajo el argumento de que las tribus o lobbies personalistas que de facto manden en el grupo se harán con el poder, y que en cambio las normas serían «transparentes para todos». Pero, como dice Graeber:
Estas reformas intentan eliminar la autoridad personalista, pero por supuesto que nunca lo logran. La autoridad personalista solo salta un nivel, y se convierte en la capacidad para ignorar las normas en casos específicos.
¿Lo veis? El árbitro sería la autoridad personalista que hemos acordado entre las partes: imperfecta, antipática y falible, pero perfectamente operativa5. El VAR representa, en cambio, esa necia y cuasi religiosa creencia en una instancia superior, una que, con la ayuda de la tecnología, pueda aspirar a crear un juego de reglas perfectas, cosa que no existe y que, en verdad os digo, no queremos que exista. En palabras de Graeber:
La libertad es, entonces, la tensión entre la libertad creativa humana y las reglas que ésta genera constantemente.
Por eso hay que plantarse, decir basta, y el VAR es el tótem perfecto para empezar a hacerlo. Adoramos el deporte porque es caprichoso e inexplicable; injusto a veces6, y eso está bien. Pongamos límites a las cámaras, formularios, medidas asépticas data driven, dejemos de delegar nuestras decisiones en despachos oscuros donde VARs, comités y juntas de accionistas deciden lo que nos conviene, lo que es por nuestro bien. Debemos, como Joaquín en Corea, aceptar gallardos el posible error, cagarnos brevemente en el árbitro y disponernos a meter el siguiente gol.
1Según la IFAB, el VAR (Video Assistant Referee) es un sistema de videoarbitraje utilizado en el fútbol para ayudar al árbitro principal a tomar decisiones más justas. Un equipo de asistentes revisa jugadas polémicas en pantallas, como goles, penaltis, tarjetas rojas o errores de identidad, permitiendo corregir errores claros y manifiestos. Su uso se generalizó tras el mundial de 2018.
2Traducción mía. Graeber utiliza play para lo que yo llamo jugar y game a lo que yo llamo juego o jugar con normas/reglas.
3Por supuesto, y como Graeber menciona en el libro, es este miedo atávico el que ha propiciado una insaciable industria del formulario («el desarrollo de software está pensado para crear más y más eficientes plataformas para completar formularios») y sus puestos de trabajo absurdos, paradójicamente medievales y almaconsumientes, extremo que explica con profundidad y maestría en su más célebre libro Bullshit jobs.
4Fijaos en la propia sala VAR. Es la misma oscura sala de control que pensamos como el arquetipo de reunión de expertos en la sombra tomando decisiones. No creo que sea casual.
5 Y una situación de total gana-gana, pues los árbitros son singulares5.i individuos que por alguna Freudiana razón aman recibir insultos, mientras que el aficionado común ama descargar su ira contra ellos sabiendo que, en el fondo, casi nunca hay mala fe sino torpeza, dioptrías o vaya vd. a saber qué, pero toda la situación forma desde luego parte de un bonito y tácito pacto. Nunca olvidaré mi primera visita, de muy niño, a Riazor, y los gravísimos insultos que adultos que yo conocía y veneraba procedieron a proferir al árbitro desde la primera atribución dudosa de un saque de banda. Ahora veo la analogía y entiendo que eran adultos arremetiendo contra lo arbitrario del destino o, como dice Saza al final de Amanece que no es poco: ¡me cago en el misterio!
5.i quizá su prevalencia en nuestras sociedades sea precisamente la de un estadio de tamaño mediano: 30.000 a 1
6 Precisamente la magia y la epicidad del fútbol radica en la combinación de su tanteo tan bajo y normas tan interpretables: todo puede cambiar de un momento a otro y a veces de manera injusta o inexplicablemente venturosa. Casi como la lotería de Babilonia, casi como la vida.
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