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Corea del Sur y Japón 2002: Un trauma incurable

Aún no lo sabemos, pero estamos a punto de presenciar la mayor injusticia deportiva de nuestra dilatada historia, epítome de un malditismo eterno.

5 de mayo 2026 · 1 comentario


La historia del fútbol de selecciones en España se articula en torno a la desgracia. Todas las generaciones guardan un gran trauma internacional que ni siquiera el indiscutible éxito posterior ha sido capaz de mitigar. El no gol de Cardeñosa, el fallo de Arconada en la final de París, el codazo de Tassotti a Luis Enrique. Para los nacidos a principios de los 90, la herida incurable no tiene nombre de jugador, sino de país. Corea.


Mis primeros recuerdos asociados a la pelota datan de la primavera de 2002. En concreto, el partido que me desvirgó en materia balompédica —ese primer partido del que el aficionado es plenamente consciente de dónde lo estaba viendo, con quién y hasta del narrador— fue la final de Copa de Europa entre Real Madrid y Bayer Leverkusen, la de la volea de Zidane. Un mes después llegaría el Mundial de Corea y Japón, que me cogería con unos tiernos ocho años. El primer Mundial del niño futbolero es una cosa difícilmente superable. Del torneo almacené en esa memoria aún en ciernes cientos de imágenes coloridas, flashazos que vienen a mi cabeza 24 años después con la mayor nitidez, camisetas, nombres, resultados. Y, por encima de todos ellos, el trauma.


José Antonio Camacho se presentó en la cita con un equipo, si bien mejorable en la parcela defensiva, más que de garantías en el centro del campo y al ataque. La convocatoria diseñada por el murciano fue el perfecto reflejo de la buena salud de la que gozaba nuestro fútbol. Mendieta, por entonces en la Lazio, fue el único jugador que no jugaba en la liga, y hasta 10 equipos españoles estuvieron representados en la lista final, incluyendo los nada habituales Real Valladolid (Ricardo), Málaga (Contreras) o Real Mallorca (Nadal y Luque). En esta nueva Selección convergen tres generaciones perfectamente definidas; en primer lugar, los veteranos herederos de la España de Clemente, a saber, Fernando Hierro, Miguel Ángel Nadal o Luis Enrique. La columna vertebral del equipo la forman jugadores en su plenitud, muchos de ellos integrantes de Deportivo de la Coruña y Valencia, gigantes de Europa en la época. Son hombres experimentados como Valerón, Sergio, Tristán, Albelda o Baraja. Y luego tenemos una hornada de talentos emergentes que se convertirían en imprescindibles de nuestro fútbol, como Puyol, Xavi, Casillas o Joaquín. Y, por encima de todos ellos, nuestra gran estrella, Raúl González Blanco, por primera vez con el 7 en la Selección, que llegaba a Corea y Japón disputándose la condición de mejor futbolista del planeta. Con todo ello, la convocatoria es la siguiente:


Porteros: Íker Casillas, Ricardo, Koke Contreras

Defensas: Curro Torres, Juanfran, Iván Helguera, Carles Puyol, Fernando Hierro, Enrique Romero, Miguel Ángel Nadal.

Centrocampistas: Rubén Baraja, Javi De Pedro, Albert Luque, David Albelda, Gaizka Mendieta, Juan Carlos Valerón, Sergio González, Xavi Hernández, Joaquín Sánchez.

Delanteros: Raúl, Fernando Morientes, Diego Tristán, Luis Enrique.

El de Corea y Japón es un Mundial de novedades. Empecemos por lo básico. Es el primero con dos sedes. Para más inri, enfrentadas entre sí. El emperador de Japón, Akihito, no asiste a la inauguración en Seúl el 31 de mayo, alegando tensiones históricas y relaciones frías entre ambos países. Se lió, evidentemente. Más innovaciones, el de 2002 es el primer Mundial fuera de América y Europa. En lo futbolístico, Corea y Japón supone la última cita mundialista en la que el partido inaugural lo disputa la vigente campeona del mundo y no el país anfitrión. Sorprendentemente, Francia, vencedora en 1998, pierde 0-1 contra Senegal. Sin Zidane, que sólo jugó un partido, Les Bleus quedan eliminados en la primera fase. No sería la única sorpresa. Portugal y Argentina tampoco llegan a octavos. Holanda, directamente, no logró clasificarse para el torneo.


España queda integrada en el grupo B. Tenemos suerte con los rivales. Ni Eslovenia ni Paraguay ni Sudáfrica parecen suficiente amenaza para el combinado nacional. Debutamos contra los balcánicos venciendo por 3-1 con goles de Raúl, Valerón y Hierro. El once titular de Camacho fue el compuesto por Casillas en portería, línea de cuatro para Puyol (sí, de lateral derecho), Hierro, Nadal y Juanfran, doble pivote para Baraja y Valerón, Luis Enrique en la derecha, Javi De Pedro en la izquierda, arriba Raúl y Tristán. En la segunda parte entraron Helguera, Romero y Morientes. El segundo partido nos cuesta un poco más. Paraguay se adelanta en el minuto 10 con gol de Puyol en propia puerta. Con 1-0 abajo se llega al descanso. Tras la reanudación, doblete de Morientes y sentencia de Fernando Hierro, también de penalti, como ante Eslovenia. Segunda victoria, billete para octavos y un mensaje para el mundo, España tiene gol. El trámite ante Sudáfrica derivó en partido loco. Nos adelantamos dos veces gracias a los tantos de Raúl y Mendieta, y dos veces nos empatan. El propio Raúl, demostrando su jerarquía mundial, marca su tercera diana en el torneo para poner el definitivo 3-2.


Por primera vez desde 1950 España vence sus tres partidos de la primera fase. Se instala un cierto optimismo en torno a la Selección. El equipo está enchufado y el cuadro nos permite soñar. El rival en octavos, Eire, que así era como se conocía por entonces a la selección de Irlanda, no asusta demasiado. Claro que, tirando de acervo futbolero y del lugar común por bandera tan abrazado por Camacho, bien se sabe que en fútbol no hay rival pequeño, hasta el rabo todo es toro y cualquier rival te puede pintar la carita.

Efectivamente, como bien intuía el siempre certero argot balompédico, el encuentro es un parto. Morientes adelanta a los de Camacho en el minuto 10. De cabeza, como no podía ser de otra manera. El gol relaja a los españoles, que parecen conformarse con tan escasa ventaja en el resultado. Pasa lo que pasa en estos casos. La segunda parte avanza plomiza, la distancia en el marcador hace que el rival se venga arriba y al equipo superior le entren las dudas. Puede empatar Irlanda gracias a un penalti catedraicio que Juanfran le hace a Duff, aquel extremito fino del Chelsea. Ian Harte lo lanza fatal y un intuitivo Casillas lo detiene. Queda media hora y España no espabila. Mal que bien, el reloj avanza y la Selección parece haber sobrevivido. Hasta el minuto 90, cuando el árbitro señala un agarrón de Fernando Hierro a un irlandés como un castillo en un centro frontal. Penaltito, las cosas como son. Preludio de lo que estaría por llegar. Robbie Keane, esta vez, acierta. Nos vamos a la prórroga. No ocurre nada en los 30 minutos suplementarios. Nos vamos a jugar los cuartos en la lotería de los penaltis. Con Casillas. El guion de esta película estaba escrito de otra forma. Las cosas tenían que haber sucedido de otra manera y, sin embargo, sucedieron así.


Vayamos unos meses atrás en el tiempo. Casillas es suplente en el Real Madrid. César, el portero titular blanco, está cuajando un temporadón, final de Champions incluida. Las radios dicen que Íker está aprendiendo inglés, argumento inapelable, junto al de comprarse una casa y buscar colegio para los niños, para indicar que un jugador lo tiene hecho con otro equipo, siempre según el periodismo deportivo patrio. Llega la esperada final y César, ya es mala pata, se lesiona el tobillo en el segundo tiempo. No puede seguir, tiene que entrar Casillas para los minutos finales. El de Móstoles salva tres goles, sus paradas le dan la Novena al Madrid y, golpe inesperado del destino, se vuelve héroe de una temporada llamada a ser su última en Concha Espina.


Aún con ello, el portero titular en el Mundial no iba a ser Íker, sino Santiago Cañizares, el mejor guardameta de nuestra Liga aquellas temporadas. Y aquí llegamos a una de esas escenas berlanguianas tan habituales en nuestro fútbol. Vamos a quedarnos con la versión oficial, contada una y mil veces por el propio Cañizares y a la que yo le doy toda la verosimilitud. Las especulaciones, teorías de la conspiración y demás ejercicios literarios, en otra ventanilla. La historia es la siguiente. El valencianista se encuentra acicalándose en el cuarto de baño, ya se sabe que Cañete ha sido siempre un vanidoso. En cierto momento del embellecerse, al guardavallas se le cae el frasco de colonia al suelo. Futbolista como es, por más que ejerza de portero, en un acto reflejo trata de salvar el bote metiendo el pie, para acolchar el impacto de la caída, con tan mala suerte que el frasco, de cristal, le cercena el tendón. Adiós Mundial. La gran incógnita desde entonces: ¿qué colonia era? Conociendo al personaje, apostaría por Acqua di Gio.


Y ahora volvemos a Corea, a los penaltis contra Irlanda. Nos vamos a jugar pasar a cuartos de final, lo que es la vida, con Casillas en la portería. De suplente en el Madrid y en la Selección a esperanza de todo un país. La tanda es espantosa y España tiene la suerte de que los irlandeses son aún peores que nosotros. Por nuestra parte fallan Juanfran (qué partidito, criatura) y Valerón, pero Casillas detiene dos lanzamientos irlandeses (tres si contamos el de la segunda parte) y un tercero suyo se marcha al larguero. Mendieta pone el definitivo 3-2 en la tanda. Estamos en cuartos.

La agónica victoria ante Eire deja en la delegación hispana infinitas dudas y una pésima noticia. Raúl salió lesionado del choque, de ahí su cambio antes de la prórroga. Los médicos afirman que, al tratarse del aductor, podría llegar al partido de cuartos, pero sería muy precipitado. Lo perra que es esta competición, lo muchísimo que cuesta ganarla. Sin embargo no todo son malas noticias. El rival que nos espera es la Corea del Sur de un viejo conocido, Guus Hiddink, aun con ello selección más que asequible a pesar de su condición de anfitriona. Los locales se han colado entre los ocho mejores del torneo eliminando a potencias como Portugal en la fase de grupos, y, sobre todo, para sorpresa de medio mundo, Italia en octavos de final, en un partido, cuanto menos, polémico. Los periodistas más cenizos advierten del riesgo de robo que flota en el ambiente y lo ilustran con lo padecido por los italianos. Argumento, si nos atenemos a lo sucedido, sólido y legítimo, esta vez con más enjundia que las habituales conspiranoias patriotas en este tipo de situaciones.


Llega el día. Sábado 22 de junio de 2002. Son las ocho y media de la mañana y todo el país delante del televisor. La diferencia horaria nos hace madrugar con la esperanza de, esta vez sí, pasar la infranqueable barrera de los cuartos de final. Ingenuos como éramos, a tan tempranas horas el nombre de Gamal Al-Ghandour no significa nada para nosotros. En apenas dos horas será la persona más odiada a lo largo y ancho de nuestros cuatro puntos cardinales. Aún no lo sabemos, pero estamos a punto de presenciar la mayor injusticia deportiva de nuestra dilatada historia, epítome de un malditismo eterno cosido al pecho junto al escudo de nuestra Selección Nacional.

Sin Raúl, que no ha llegado a tiempo, Camacho presenta una alineación que poco tiene que ver con la que inició el torneo. Casillas se mantiene en portería, defensa para Puyol, Hierro, Nadal y Romero, doble pivote para Baraja y Helguera, bandas para Joaquín y De Pedro, de enganche Valerón y arriba para el gol un enrachado Morientes. Con este once nos tiene que dar. España tiene el partido en el carril derecho. Lo va a ganar la gran novedad inicial, el jovencísimo Joaquín Sánchez. El extremo del Betis es un puñal y hace lo que quiere por la banda. Morientes tiene varias. Hiddink lo ve negro y hace un cambio a la media hora. No pinta mal la cosa, pero nos vamos al entretiempo sin goles. Nada más empezar tiene lugar la primera gran polémica. Rubén Baraja peina un centro lateral que acaba dentro, pero Al-Ghandour, del que ya nos empezamos a aprender su nombre, lo anula por una inexistente falta de Iván Helguera a un defensor. Nos acordamos de Italia. Pese a ello, Joaquín sigue desatado, aunque los coreanos también tienen las suyas. Casillas salva varias. El 0-0 inicial no se mueve y nos vamos a la prórroga.


Nada más arrancar el tiempo extra sucede lo que nunca lograremos digerir. El puñal que llevaremos clavado en el corazón por más estrellas que bordemos sobre el escudo. Todavía estábamos volviendo del servicio cuando la pelota le cae a Joaquín en banda derecha, que está dando un recital, que se va con torera facilidad del lateral. Sobre la línea misma, pone un caramelo a Fernando Morientes. No es un centro, es una declaración de amor. El tiempo se para. En Seúl, en El Puerto de Santa María y en cada salón español ventilándose al fresco de las mañanas de junio. Como en una escena a cámara lenta, hay una décima de segundo en la que todo es perfecto. Morientes, suspendido en el aire, no va a desaprovechar ese centro con música, nos va a dar el 1-0 y, puesto que en este Mundial impera el gol de oro, nos va a clasificar, por primera vez en nuestra historia, para las semifinales de una Copa del Mundo. Todo eso pasa por la cabeza de los 41.837.894 habitantes con los que España cuenta en el verano de 2002 cuando un pitido nos despierta del sueño. El linier ha levantado la bandera. El árbitro le hace caso y afirma, sin rubor alguno, que ese balón, ese puto balón, ha salido. No hombre, no, dice José Antonio Luque desde la cabina de narración de Antena 3.

Camacho, menos diplomático, vocea, insulta, hace aspavientos. De su cabreo nace una palabra, los camachos, aquellos inolvidables surcos de sudor en las axilas de esa camisa azul dos tallas más grande. Iconografía pop para un país que todavía no sabe ganar. En el último minuto de la prórroga el linier, el mismo de antes, se inventa un fuera de juego a Luis Enrique cuando el asturiano se quedaba mano a mano con el portero. A estas alturas podemos afirmar sin miedo que estamos siendo atracados en directo y para todo el mundo. A estas alturas no hay español que no piense que Gamal Al-Ghandour es un hijo de la gran puta. Los penaltis nos sobran. Estamos vivos pero estamos eliminados. Casillas, menos inspirado que en octavos, no para ninguno. Por los nuestros anotan Hierro, Baraja y Xavi. Lo falla, como es habitual en este deporte asqueroso, el mejor del partido. A Joaquín se le ve el miedo en los ojos, el portero sabe que está cagado y que el árbitro, cómplice de la ignominia perpetrada por la FIFA, no le va a decir nada por adelantarse un metro antes del lanzamiento. Así sucede. Parada, gol del coreano, 5-3 en la tanda y a casa. Helguera intenta darle una merecidísima hostia al linier, que de habérsela propinado se habría celebrado en España más que el gol de Morientes. ¡Hijo de puta, hijo de puta!, le espeta al asistente, y a buena fe que le hubiese agredido si no llegan a reducirle compañeros, rivales y el propio árbitro. Yo nunca he sentido tanta identificación con un futbolista como aquel día.

Como el partido es de día, los niños de la España de 2002 no podemos pegarnos el berrinche e irnos a la cama, así que nos pasamos todo el santo día llorando todas las lágrimas que caben en nuestros diminutos cuerpos, maldiciendo al fútbol, a Gamal Al-Ghandour, a los coreanos y a la madre que los parió a todos. Sentimos ligero alivio cuando Alemania, unos días después, elimina en semis a nuestros verdugos, pero no es consuelo. Nos volvemos a reconciliar con el fútbol con Brasil, la Brasil de Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho o Roberto Carlos, que acaba ganando la copa. Pero el trauma ahí sigue. Han pasado 24 años desde aquello. He visto a España ganar un Mundial, tres Eurocopas, ser número uno en el ránking FIFA un porrón de años, practicar el fútbol más vistoso que ninguna Selección haya hecho en lo que llevamos de siglo. Y, con todo, el trauma aquí sigue, cosido al pecho y a la memoria. De Corea y Japón 2002 acumulo cientos de imágenes coloridas, camisetas, nombres, resultados. Un impagable Fiebre Maldini con Camacho de vuelta de todo desahogándose del mayor atraco que jamás vio nuestro absurdo y tragicómico y amado fútbol español. Y, por encima de todo ello, el dolor. Y ese balón, ese puto balón, que da igual el tiempo que pase que nunca terminará de salir.

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