Deportes

Jornada Retro

Yo me enteraba de los fichajes, de los resultados de los amistosos y de las portadas de los periódicos a través del teletexto

27 de abril 2026 · 1 comentario


El verano de mis quince años, mientras los chicos de mi edad se entretenían en administrarse las primeras borracheras y, aquellos más iniciados, en perder la virginidad, a mí me tocó disfrutarlo en un internado para malos estudiantes que encontraban en septiembre la última oportunidad antes del temido trauma de repetir curso. 


En aquel Guantánamo de hormonas y de olor a AXE chocolate y a chicle de menta, pronto cogí cariño a un profesor. De química, para más señas. Se trataba de un hombre grandote, corpulento, con vozarrón. Unas manos enormes de las que hacen daño al saludar. A mí ya desde el principio esas hechuras tan robustas me parecieron muy inapropiadas para un profesor de química, gremio al que yo le presuponía una complexión más esmirriada y enjuta. No le di demasiadas vueltas y decidí encomendarme a sus lecciones y a sus manazas, ya digo que por entonces la sola posibilidad de repetir era el mayor miedo al que uno podía enfrentarse.


El tipo, que dedicaba los veranos a obrar el milagro de que incluso los más descarriados aprobásemos la química ya de vuelta a nuestras respectivas recuperaciones de septiembre, no oficiaba como profesor el resto del año. De otoño a invierno, el buen hombre trabajaba como vigilante de seguridad en una prisión, y de ahí que en sus manos y en sus muñecas se acumulasen unas cicatrices espantosas. Heridas, según nos contaba, para pasmo de un alumnado ávido de historias de mayores, provocadas por un reo al que se le fue la olla en plan Celda 211 y empezó a apuñalar al personal con sabe Dios qué objeto y él tuvo que reducirle. Ese era nuestro profe.


Pero no eran las batallitas de la cárcel de las que más presumía. Como si sus aventuras penitenciarias no fuesen suficientes para hacerse admirar por adolescentes de 15 años, el docente nos contó que en sus tiempos mozos había sido jugador de baloncesto profesional. De hecho, llegó a jugar en ACB con el Fórum de Valladolid. Matizaba, eso sí, que su aventura en la élite duró un partido. Concretamente, el último minuto de un partido, que fue todo el tiempo en pista que el entrenador consideró necesario. Un minuto en el que ni cogió un rebote ni metió una canasta dio una asistencia ni nada. Eso sí, le dio tiempo a hacer una falta a Villacampa. Esa fue su única estadística en el partido y, por consiguiente, en toda su carrera como profesional. Pero oye, que le quiten lo bailao. Al hombre aquello le debió parecer el highlight de su vida, porque lo contaba cada día y cada día de una manera más heroica, un poco a lo Estela Reynolds y su Fernando Esteso me chupó un pezón. Se relamía describiendo la jugada. Exageraba tanto la acción, pintaba aquello de tal manera, que yo ya no sabía si le había hecho la falta a Villacampa o le había puesto un tapón a LeBron James.


Además de profesor de química, vigilante de seguridad en una cárcel y ex baloncestista profesional, el tipo era muy futbolero, muy del Madrid. Pronto supo de mi también condición de madridista, lo que, unido a que yo era de los pocos chavales que atendía en clase, reforzó nuestro vínculo profesor-alumno. 


Fue aquel verano loco de los fichajes de Kaká, Cristiano o Benzema. Un día, entre clase y clase, me sacó al pasillo y me dijo, muy solemne: “El Madrid ha vendido a Robben al Bayern”. A mí aquello me pareció traumático. “¿Pero es oficial?”, traté de no darlo todo por perdido. “Sí”, afirmó, y me enseñó la portada del Marca confirmando la información. Cómo duelen las ventas de jugadores a los que amas cuando tienes quince años. Los primeros desamores. 


Era una época en la que no había redes sociales. Yo me enteraba de los fichajes, de los resultados de los amistosos y de las portadas de los periódicos a través del teletexto. Era lo primero que hacía nada más levantarme en la casa del pueblo. Ir al teletexto, como un autómata. Y si ese día había suerte, y mi abuelo compraba el AS o el Marca según le motivase la portada, devoraba la página dedicada a todos los equipos de primera, con sus altas, sus bajas y los jugadores en los que estaban interesados.


Era un tiempo en el que no existían los móviles. Soy incapaz de acordarme qué comí ayer, de los resultados de hace una semana, de quién marcó el golazo aquel del domingo. Pero recuerdo como si la tuviese delante la portada de Marca anunciando que Robben se iba al  Bayern, y me acuerdo de aquel profesor de química y de su falta a Villacampa, y del número de la página del teletexto que me llevaba a los titulares de deportes. Y me acuerdo también de mi abuelo comprando el periódico. Esas sí que eran jornadas retro.



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