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Sudáfrica 2010: ¿Dónde estabas tú?

El 11 de julio de 2010 cae en domingo. Yo estoy en Belmonte de Campos, provincia de Palencia. Del partido no importa nada. Nada es nada.

29 de mayo 2026


Hay ciertos momentos que todo el mundo recuerda. Más que el hecho en sí, lo relevante es el recuerdo de lo vivido de cada uno. ¿Dónde estabas tú el 11 de septiembre?, ¿dónde te pilló el apagón? Los llamamos históricos, sospecho que porque hablan de nosotros, de nuestra historia. Recordamos todo de esos días. Con quién los viviste. Quién fue la primera persona a la que abrazaste. En qué parte del sofá estabas, si es que estabas en un salón. Podrías haber estado en un bar, y en ese caso recordarás lo que estabas bebiendo. O con quién discutiste. Las conversaciones que tuvisteis, las risas. Las llamadas de teléfono. Hay momentos, muy pocos, que son así, biografías. Y lugares que son personas. La final de Sudáfrica me pilló con 16 años, en una edad en la que uno empieza a descubrir los placeres adultos. El placer del fútbol lo había descubierto mucho antes. Y ambos goces convivieron en mí aquel loco verano de 2010.


España se presenta en Sudáfrica como la gran favorita a llevarse el torneo. El patrioterismo habitual de la prensa ha dejado paso, esta vez, a una confianza mucho más fundamentada. Nos avalan la Eurocopa ganada en Viena dos años atrás y una fase de clasificación perfecta —diez victorias en diez partidos—, y eso sin contar los amistosos, con un pleno de seis triunfos venciendo a potencias como Argentina o Francia. Por primera vez en la historia, España se convierte en una máquina de ganar. Sin embargo, entre tanto halago al combinado nacional se pueden oír voces discordantes que dudan del rendimiento de los nuestros a la hora de verdad. La aristocracia del fútbol, siempre tan elitista, tan de mirar por encima del hombro a los que carecen de estrellita en el pecho, todavía no nos considera una de las suyas.


Así pues, el seleccionador Vicente del Bosque se enfrenta al reto mayúsculo de estar a la altura de las expectativas, que en este caso son todas. No será la única losa que deberá cargar sobre sus hombros. Al salmantino se le ha endosado la papeleta de hacer olvidar a Luis Aragonés, vencedor dos años atrás, y eso solo será posible ganando el Mundial. No caben ni derrotas dignas ni buena imagen, todo lo que no sea levantar la copa habrá sido un fracaso. Para tan ambiciosa empresa, Del Bosque prepara una lista muy equilibrada que, viéndola al contraluz del tiempo, acabará siendo uno de los mejores equipos de toda la historia. La Selección cuenta con la base ganadora de la EURO de 2008 (Casillas, Villa, Xavi, Iniesta, Puyol, Torres, Ramos…), y a eso tenemos que añadirle la irrupción de nuevos talentos llamados a dominar el fútbol europeo la próxima década. Son Busquets, Pedro, Fernando Llorente, Juan Mata o Jesús Navas. Respecto a Austria y Suiza, las bajas más significativas son Marcos Senna, por decisión técnica, y Santi Cazorla por una inoportuna lesión. Merece la pena repasar los clubes de procedencia de nuestros jugadores, perfecta radiografía del fútbol de hace 15 años. Monopolio del Barcelona y del Madrid, con siete y cinco jugadores en la lista respectivamente, y pinceladas del resto de nuestro campeonato. Únicamente Torres y Reina (Liverpool) y Cesc (Arsenal) militan fuera de la Liga. Todos ellos dan forma a la mejor España de todos los tiempos. Es la siguiente:


Porteros: Casillas, Valdés, Reina

Defensas: Albiol, Piqué, Marchena, Puyol, Capdevila, Sergio Ramos, Arbeloa, 

Centrocampistas: Iniesta, Xavi, Cesc, Xabi Alonso, Busquets, Javi Martínez y Jesús Navas

Delanteros: Villa, Fernando Torres, Mata, Silva, Pedro y Llorente

Las dudas de los más escépticos se vuelven gasolina con nuestro primer partido del campeonato. Sus abanderados sacan pecho con un os lo dijimos que resuena en todo el planeta. La derrota en aquel fatídico encuentro ante la Suiza de Ottmar Hitzfeld y del sempiterno Tranquilo Barnetta, quizá el mejor nombre de futbolista que jamás hayan visto nuestros ojos, nos llena el culo de preguntas sin respuesta. Sólo tenemos una certeza estadística: Ninguna selección ha ganado el Mundial habiendo perdido su primer partido. España debuta en Durban con Casillas en portería; Ramos, Piqué, Puyol y Capdevila en defensa, doble pivote para Alonso y Busquets; por delante de ellos una medular líquida formada por Silva, Xavi e Iniesta;  arriba David Villa. Los de Del Bosque secuestran la pelota en el centro del campo, pero las ocasiones no llegan. Mucho toco y me voy, mucha triangulación en campo contrario pero poco peligro, algo que, en contra de la idea establecida, será una constante durante el torneo. A los cinco minutos del segundo tiempo Suiza anota el gol más feo que he visto en mi vida. Saque de meta de Benaglio, Derdiyok le gana el salto a Busquets, que es una madre, y N’Kufo, el otro delantero helvético, le devuelve la pared a Derdiyok, que solo requiere de un toque para plantarse en el área. A partir de ahí, el desastre. Casillas, más tarde recordado por sus milagros en tierras sudafricanas, hace una de esas salidas descerebradas tan habituales en él que años después nutriría un hilo interminable en Twitter con sus inenarrables cagadas. Piqué y el propio Derdiyok se tropiezan, el balón queda muerto y Fernandes, un fulano malísimo que pasaba por ahí, acierta a impactar el esférico medio cayéndose ante una segunda intervención surrealista de Casillas, logrando así en un gol de patio de colegio tan ridículo como valioso. El gol nos mata y a España le cuesta horrores convertir tanta posesión en ocasiones de gol. Únicamente un trallazo de Xabi Alonso al larguero pone en aprietos a los de Hitfeld. No hay mucho más que reseñar, 0-1 y derrota contra todo pronóstico de la gran favorita, aunque ahora poca gente da un duro por nosotros. “Si las porterías estuvieran de costado y no de un lado y del otro, España hubiera ganado 10 a 1. No vi el equipo favorito que me presentaron a mí”, comenta socarrón Maradona, seleccionador de Argentina y uno de los grandes personajes de esta Copa Mundial.

El Diego no es el único en cuestionar el juego de la Selección. Por todo el país corre una pregunta que nadie sabe muy bien cómo responder. ¿Qué coño hace Del Bosque poniendo a Alonso y Busquets en el doble pivote?, se repite en tertulias y barras de bar. El pueblo, racial e impetuoso, concluye en que sería mejor quitar a uno de los dos y meter a alguien más dañino arriba, como Cesc, Navas o Torres, suplentes todos la tarde de Durban. 


Contra Honduras jugamos un partido a vida o muerte en el que sólo cabe la victoria. Del Bosque hace cambios. Entran El Niño y Jesús Navas, se caen Silva e Iniesta, que arrastra molestias. Villa, eterno infravalorado de nuestro fútbol, hace un golazo marchándose de tres defensores y clavándola en la escuadra. Lo celebra pegando un natural taurino con la mano derecha, como también hará al comenzar el segundo tiempo con su segundo gol. El asturiano puede hacer hat trick pero su penalti se marcha fuera. Viendo lo inofensivo del conjunto hondureño, no viene mal que se guarde goles para más adelante. Los necesitaremos. España vence 2-0 y el país entero respira. Primer match ball salvado.

El segundo no será tan sencillo. Chile, entrenada por Marcelo Bielsa, viene de ganar sus dos partidos y es una de las sensaciones del torneo. El empate les vale para ser primeros de grupo. A nosotros las tablas nos eliminan. A mí el partido me pilla en casa de una señora a la que jamás volvería a ver. A los 16 años yo estaba al fútbol, pero también le estaba empezando a coger gusto a eso del flirteo. Yo había quedado a ver el duelo con un amigo, gran futbolero él, y con la chica que me gustaba, sin contar con que el amigo también se estaba aficionando a tontear con chicas por el tuenti, y que esta vez no íbamos a ser tres, sino cuatro. El nuevo fichaje del improvisado grupo nos propone ir a su casa, aprovechando que no están sus padres, y ver el partido allí. Nos parece la mejor de las opciones y allí que nos plantamos, yo preocupadísimo por nuestro combinado nacional, los otros sospecho que no tanto. Nos hacemos fuertes en el sofá con la tele puesta a todo volumen. España estrena una equipación preciosa. Azul noche la camiseta, blancos los pantalones y las medias. Casillas luce un verde a lo Arconada realmente bonito. Si nos eliminan, al menos caeremos bien vestidos. 

Mediada la primera mitad Claudio Bravo, conocido de nuestro fútbol, sale del área a cortar una cabalgada del Niño Torres. El balón le cae al más oportunista de todos, David Villa, al que no le importa estar a 40 metros de la portería y pegadito a la cal. El Guaje se saca un disparo de interior y de primeras con la zurda, con la comba y precisión exactas para sortear a Bravo y a otro defensa, coger la curva necesaria y acabar entrando mansamente. Es un gol dificilísimo, es un golazo.  Diez minutos después Andrés Iniesta, ya recuperado de sus problemas físicos, firma su carta de presentación en el Mundial con una gran jugada que culmina en el 2-0. No será el último gol que haga en el torneo. De postre, el árbitro se inventa una expulsión a un chileno al que nadie conoce, un tal Estrada, por una supuesta falta a Torres en el origen de la jugada que suponía su segunda amarilla. Es un regalo que no merecemos pero que gustosamente vamos a aceptar. Están pasando cosas raras en este Mundial. Hablan de nosotros como de un equipo grande, vestimos como equipo grande, nos pitan como equipo grande. Las señales están ahí para quien quiera verlas.

2-0 en el minuto 36 y el partido se adormila en una inesperada tranquilidad. Mi amigo se toma la distancia en el marcador como un permiso, porque cuando me giro para comentarle algo le encuentro morreando impunemente con la anfitriona. Joder, menos mal que a este le gustaba el fútbol. De pronto reparo en que yo también tengo compañía y que, por eso del agravio comparativo, los lengüetazos de la pareja aledaña no nos hacen ningún bien. Situación incomodísima de repente en el sofá, yo sudando de los nervios por el partido y la chica que me gusta, ajena a mi estéril sufrimiento, con cara de, pero pánfilo, me vas a besar ya o qué. Cuando por fin llega el descanso me entrego al paripé erótico adolescente con dudoso resultado. En lo amatorio nunca he sido demasiado espabilado. Burocrático morreo de 15 minutos y misión salvada. Ya podemos sufrir, que era a lo que habíamos venido, no a hacer petting. Silencio, que está jugando España.

Nada más empezar el segundo tiempo, ya lo siento por mi amigo, gol de Chile y a rezar. El tanto de Millar nos obliga a los cuatro a dejar los magreos y a concentrarnos de una santa vez en lo que pasa en Pretoria. Sorprendentemente, Chile renuncia al ataque y se conforma con el 2-1. Con este resultado, nosotros pasamos como primeros de grupo y Chile como segunda. Los minutos finales son lamentables, España la toca y la vuelve a tocar sin pasar la divisoria y los de Bielsa esperan en su campo fumando y bebiendo pisco sour. Falta poco para que los sudafricanos dejen las vuvuzelas y canten que se besen, que se besen ante semejante biscotto. Acaba el partido y los que nos acabamos besando, esta vez sin agobios, esta vez sin mirar el reloj, somos nosotros. 

La victoria contra Chile es el click. Acuciados, casi paralizados, desde el segundo día por la urgencia de ganar, haber llegado a octavos supone para el grupo una liberación. Espera la Portugal de Cristiano. Hablamos de una selección lusa muy capitidisminuida, únicamente el delantero madridista parece meter algo de miedo. El resto, medianías de una Portugal de entreguerras, con Simao, Hugo Almeida, Raúl Meireles o Pepe (de mediocentro) como hombres más destacados. El primer tiempo es un tostón. Portugal casi nos la lía con dos disparos desde fuera del área (Cristiano y Tiago Mendes) que Casillas no acierta a blocar. El famoso Jabulani de adidas es un balón de playa y muchos porteros se han quejado de los extraños que hace el esférico. Tenemos suerte y nos vamos al descanso sin goles. Cristiano, que siempre ha sido muy maniático para estas cosas, se cambia de camiseta, pasa de la manga larga a la manga corta. Los aficionados obsesivos nos fijamos mucho en estas cosas. Otra de vestimenta. Del Bosque, necesitado de revulsivos, da entrada a un Fernando Llorente que luce una camiseta híper ajustada, marcando palmito, que en el caso del riojano es mucho. Es guapísimo y está buenísimo el cabrón, las cosas como son. Y encima es un jugadorazo. Él solo se come a los centrales rivales, y su presencia es clave para que Villa, siempre él, anote por tercer encuentro consecutivo. No ha sido un partido brillante, pero España ha sabido competir y ha aprovechado su momento. Estamos un pasito más cerca.

En cuartos nos las vemos con una de las sorpresas del Mundial, Paraguay, que se clasificó como primera en el grupo de Italia y ha eliminado en penaltis a Japón en octavos. Los periódicos de todo el mundo dicen que España es muy favorita, pero Del Bosque sabe que nos espera una trampa. El equipo del Tata Martino es una roca que va a imposibilitar el juego fluido de nuestros jugadores. España salta al césped del Ellis Park de Johannesburgo completamente de azul, pantalones y medias incluidas. No será la última vez que vista así. Tampoco será la última vez en esta ciudad. El partido empieza y los augurios del seleccionador se cumplen. Paraguay es un bloque granítico inamovible. Ni una grieta son capaces de encontrar Xavi, Iniesta o Alonso. Como ante Portugal, nos vamos al descanso con 0-0. En la reanudación, más de lo mismo. Es una cosa densísima este duelo. Bocata de polvorones en Johannesburgo. Hasta que a la hora de juego Piqué, desconexión imperdonable mediante, pierde la marca de Óscar Cardozo en un córner, viéndose obligado a práticamente amputarle el brazo al delantero cuando ya le caía el balón. En esos dos minutos desde que el árbitro pita penalti hasta que el propio Cardozo lo lanza, en ese impás de protestas y nerviosismo, en esa ventana de Schrodinger en la que el penalti puede ir a cualquier sitio, España está eliminada. Durante dos minutos estamos fuera del Mundial. Hacer gol a estos tipos se antoja una empresa gigantesca, no te quiero contar si encima se adelantan en el marcador y se cuelgan todos del larguero. El 1-0, a estas alturas de partido, nos deja en la calle. 


En el momento de más angustia emerge, por primera vez en todo el torneo, casi como una aparición divina, la figura de Iker Casillas. Y con él El Santo, Viva la madre que te parió, olé tus huevos y toda la retahíla de topicazos que adornan el martirologio patrio. Mitología y folclore al margen, del mostoleño nadie puede negar su habilidad para aparecer en momentos decisivos, esa facultad tan difícil de definir que los flamencos aciertan a llamar el duende y nosotros, los futboleros, menos líricos, lo reducimos a eso de tener estrella. De esta manera, un Casillas discutidísimo hasta la fecha, al que se le acusaba de estar más pendiente de su reciente nueva novia, Sara Carbonero, reportera de Telecinco en el Mundial, detiene el penalti del paraguayo Cardozo. No solo lo detiene, también lo bloca, imposibilitando cualquier intento de rechazo. Lo celebra señalando a Pepe Reina, quien, lo sabríamos después, le indicó por dónde solía lanzar el delantero del Benfica desde los once metros.

Todavía nos estamos recuperando del susto cuando Villa cae en el área y el colegiado señala, dos minutos después, penalti para España. Qué locura es esta. Cómo cambian las cosas en este deporte. Lo tira Xabi Alonso, que haciendo gala de su fama de buen lanzador anota el primero del partido. Pero el señor colegiado advierte la presencia de jugadores españoles en el área antes del lanzamiento y ordena repetir el penalti. Ya es mala leche. Xabi Alonso, esta vez, cambia la dirección y Justo Villar, guardameta paraguayo por entonces en el Valladolid, logra atajar. Lo cierto es que la fama de Alonso siempre ha resultado más mito que certeza. El centrocampista, además, del de Paraguay, marró en los once metros en la final del Liverpool contra el Milán (aunque anotó su propio rechace) o en la tanda de penaltis contra Portugal en la Eurocopa de 2012. En esencia, el tolosarra era un mal lanzador de penaltis, sobre todo en momentos importantes.


Con sendos fallos el partido mantiene su 0-0, pero ya ha iniciado una dinámica imparable hacia el descontrol. La angustia va a más en los dos bandos, a España el reloj se le pasa volando y Del Bosque da entrada a Fábregas y Pedro. También ingresa Marchena por Puyol, que se retira tocado. Serán los dos atacantes los encargados de fabricar uno de los goles, hasta la fecha, más gritados en todo el país. Sucede en el minuto 81. El triángulo formado por Iniesta, Xavi y Cesc mueve el balón en área contraria, el manchego se cuela entre dos paraguayos a lo Oliver Atom, y, ya en la frontal, le regala con el exterior la gloria eterna a Pedro. El canario queda mano a mano con Villar, pero ajusta demasiado y su definición pega en el poste. Y, por esas cosas que tiene el fútbol a veces, tan caprichoso siempre, le acaba cayendo al mejor jugador de España en el torneo hasta el momento. El Guaje Villa, igual de engominado con Giorgi en el minuto 87 que en el 2, ha aparecido contra Honduras, contra Chile, contra Portugal y lo hará también hoy. El valencianista asegura con el interior el disparo, pero, igual que Pedro, de tanto querer ajustar su balón topa con el palo. En este momento exacto se producen numerosas llamadas al 112 informando de paros cardíacos por toda la Península. El balón se pasea sobre la línea de gol, burla la espalda de un defensa y acaba encontrando la otra madera, la del remate de Pedro para, esta vez sí, después de los 81 minutos más agónicos de todos los tiempos, acabar dentro de la red. Nos ha costado 90 años, se dice pronto. España, por primera vez en toda su historia, logra pasar de cuartos de final en un Mundial. Estamos, aún no nos lo creemos, entre las cuatro selecciones que pueden ganar el torneo.

Dicen los que saben que al campeón de los grandes torneos se le ve en semifinales. Haciendo caso al mantra con cero base científica, la semifinal entre España y Alemania habría de darnos al vencedor de la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010. Ambos combinados se citaban en el estadio de Durban (sí, ese en el que España perdió ante Suiza) como las dos mejores selecciones del torneo. Especialmente la germana, entrenada por Joachim Low y liderada por los eternos Lahm, Schweinsteiger o Klose y por unos jovencísimos Ozil, Müller o Neuer. La Mannschaft venía de meter cuatro goles a Inglaterra (el día del gol fantasma de Lampard) y a Argentina, y todas las crónicas la situaban como la favorita a llevarse la Copa. Para hacerles frente Del Bosque introduce una novedad en el once español. Un apático Fernando Torres deja su lugar a Pedro, sobresaliente las veces que ha salido de revulsivo. Puyol, que arrastraba molestias, y a pesar de que el día anterior ha reconocido a los fisios no estar para jugar, finalmente será de la partida.

Los que saben tenían razón. España borda el fútbol. Combina, ataca, presiona. Descompone a Alemania, que no sabe por dónde le vienen tantas camisetas rojas. España en modo campeón. España sin miedo, sin complejos. Xavi se adueña del balón y no tiene intención de soltarlo. Iniesta ha decidido ser el mejor jugador del Mundial. Pedro, reivindicando su titularidad, aparece por todas partes. La Selección por fin despliega ese juego que lleva dos años maravillando al planeta. Esta sí, esta es nuestra España. Pónganse en pie, que aquí está la favorita. Si el primer tiempo es bueno, el segundo es directamente insuperable. Antología del juego combinativo. Exhibición de cómo agarrar por las solapas unas semifinales de Mundial y no soltarlas, de tirar de personalidad y talento en el mejor partido, en el mejor escenario y ante el mejor rival posible. Será el mejor encuentro de nuestro combinado durante todo el período ganador, junto a aquel de Rusia en la EURO 2008 (qué tendrán las semifinales) y la final ante Italia en 2012. España en Durban baila un vals. Silencio, no molesten, que está jugando la Selección Española. Nos falta, maldito sea quién inventó este deporte, lo más importante en el fútbol, el gol.


Y el fútbol, caprichoso como es, tiene estas cosas a veces. El día que el equipo mejor juega, que más oportunidades crea, que es más fiel al estilo, ese día España encuentra el gol a pelota parada. De córner, que tiene más gracia. Con una estatura media, la del equipo español, inferior a la de cualquier clase de quinto de primaria de Dusseldorf. Once Alfredos Landa paseando sus 165 centímetros en la playa. Contra Alemania, que quitando a Ozil el resto no deben medir menos de 2,15. Que no son gigantes, mi señor, que son centrales alemanes. Pero el fútbol es así. Xavi pone un caramelo en el punto de penalti y Puyol, el tocado, que viene corriendo desde el centro del campo, vuela para dibujar el cabezazo de todos los tiempos. “¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo!”, versión 2010. Qué puto golazo ha metido el loco este. Qué difícil mantener la elegancia, qué difícil no convertirse en un hooligan de barra de bar y no aludir a los santos huevazos del central catalán. El gol es en el 73 pero la sensación es la de haber cerrado el partido. Sólo Kroos, con botas negras para traicionar su propia biografía, nos inquieta con un disparo a bocajarro que Casillas logra repeler. No les da tiempo para nada más. El árbitro pita. Lo tienen que repetir varias veces Paco González o Carlos Martínez para que empecemos a creérnoslo. España va a jugar la final del Mundial.

El 11 de julio de 2010 cae en domingo. Yo estoy en Belmonte de Campos, provincia de Palencia. Según las cifras oficiales del Padrón Municipal publicadas por el Instituto Nacional de Estadística, el municipio cuenta por entonces con 32 habitantes. Resulta paradójico encontrarse en el epicentro de la España vaciada, si es que eso no es una contradicción en sí misma, y a la vez sentir tanta unión, tanta hermandad, tan apegado ahora al sentimiento de compatriota. En el punto de toda la nación más alejado de la civilización. Clavando una por una idénticas manías, rutinas y costumbres que un tío de Córdoba y otro de Alicante. Y ese nerviosismo según avanza el día, y ese tener la tele de fondo toda la tarde, y ver que, aunque lentos, los minutos avanzan, y los jugadores que ya están en el autobús, y tú les sigues por las calles de Johannesburgo gracias al plano del helicóptero, aunque ni te importa Johannesburgo ni tienes el menor interés arquitectónico en sus avenidas, que de hecho te parecen feas y vulgares, y el bus llega al estadio que no puede tener un nombre más anodino, Soccer City, aunque te da igual porque no estás a la frivolidad ni a la poesía, tú a lo único que estás es a lo que va a pasar en una hora y a tratar de articular palabra cuando te preguntan, aunque por un momento sospechas que se te ha olvidado hablar y que de los nervios has sufrido un deterioro cognitivo y ya nunca vas a ser capaz de pensar y de conectar las neuronas de tu cerebro con cierta agilidad, y esa sensación de incredulidad cuando ves, por fin, a los jugadores en el túnel de vestuarios, un túnel larguísimo, parece que empieza en Ciudad del Cabo ese túnel, y de repente aparece Cannavaro, que te habías olvidado de él, y saca de una caja de Louis Vuitton ese trofeo dorado y redondito que llevas viendo toda la vida, que has visto levantar a Cafú y al propio Cannavaro, y que los jugadores, los nuestros y los suyos, ni se atreven a mirarlo cuando pasan a su lado, solo miran al suelo mientras dan la mano a 22 niños sudafricanos que ya tienen anécdota hasta el día que se mueran, y forman filas como hacen siempre antes de la ceremonia de los himnos, y es ahí, en ese momento, justo ahí, ni antes ni después, ni con el autobús ni con el helicóptero surcando el cielo de Johannesburgo, es solo ahí, con la Copa del Mundo presidiendo, cuando te das cuenta, por primera vez, que sí, que vas a ver a España jugar la final del Mundial, y que lo harás al lado de las personas que más quieres. 


Del partido no importa nada. Nada es nada. No importa la patada del asesino aquel a Xabi Alonso, ni Casillas volviendo a ser Santo en el momento decisivo salvando el gol de Robben, ni la permisividad de Howard Webb ni nada. Qué más da todo eso. A quién le puede importar todo eso. Importas tú. Tu partido. Dónde lo viste. Con quién. A quién llamaste en el descanso. Importa, sobre todo, qué te pasó cuando Iniesta recibió el balón de Cesc. A quién estabas abrazando diez segundos después. Si lloraste, si alguien te consoló. A quién secaste tú las lágrimas. Iniesta lo definió como el gol de todos y acertó. A los 45 millones de españoles nos podría haber llamado Informe Robinson para ponernos un foco y un micro y pedirnos que, con aquella música épica y ese tono de efeméride, relatásemos cómo vivimos el minuto 116. Todos tenemos nuestra historia. En Johannesburgo y en Belmonte de Campos. Y así una por una todas las casas españolas. El gol de todos.

Cuando el árbitro pitó yo me abracé con mi padre, con el que había discutido en el segundo tiempo, no recuerdo el motivo, y eso me hizo abandonar el salón y ver el partido en otra habitación, huyendo de la multitud, concentrándome solo en el juego. Mi madre me rescató de mi hurañía adolescente y pude ver la prórroga en familia. Todavía hoy doy gracias por su lucidez, previendo que sería un pecado vivir el gran momento que estaba por llegar en soledad. No sé qué hubiese pasado sin ella. No sé qué sería de mí sin ella. Pitó el árbitro, nos abrazamos, gritamos. Creo que no lloré. Lo que sí hice fue irme al castillo, que era el único lugar del pueblo en el que había cobertura, y llamé a la chica que me gustaba. La del morreo interrumpido el día de Chile. También se puso mi amigo, que estaba con ella, habían ido varios a ver la final. No me consta que estuviese su amante, la de la casa de los morreos, aunque me hubiese alegrado por mi amigo. Se lo merecía. El fútbol es eso, una excusa para verse, para unir personas, para asociar recuerdos a lugares. Por eso todos nos acordamos de dónde estábamos cuando fuimos campeones del mundo. Yo en Belmonte de Campos, provincia de Palencia. Abrazando a mi padre, haciendo bromas con mi hermano. Siendo el hombre más feliz del mundo hablando con ella.

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