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Qué pesadito estás con Rodri
Empecé a sudar. Me salían los insultos por los ojos.
4 de julio 2026
(Esta carta de Luis responde a una de Miguel que podéis leer aquí)
Estimado Miguel, me encanta cuando te pones trascendental. Te leo y pienso qué razón tiene el cabrón este. Incluso siento un poco de complejo, ya sabes que vivo instalado en la frivolidad y el folclore. En otra vida sí que milité en cierto existencialismo futbolero, me gustaba intelectualizarlo y repetir cada vez que tenía ocasión la frase de Camus sobre el fútbol y la moral. Con los años, a pesar de que en lo esencial siga pensando lo mismo, he ido abandonando esa pose para abrazar el cinismo. En el deporte y en la vida. La dignidad me sale, eso sí, a la hora de defender la dimensión social del fútbol y su capacidad transformadora. Este Mundial está contribuyendo a ello. Lo celebro.
Victoria convincente de España, Miguel. Cierto es que Austria es un equipín muy menor, pero no seamos infelices. Disfrutemos el momento, que no estamos acostumbrados a pasar rondas finales en copas del mundo. Hace unas semanas hablaba con Carla Mouriño sobre tipos de personas horribles. Coincidíamos en un perfil muy concreto, el aguafiestas. Aquel que, ante la actuación de un mago, salta como un resorte buscando pruebas, racionalizando los hechos y fiscalizando cada movimiento para delatar el truco. Te habías guardado la carta firmada en el bolsillo de atrás del pantalón y luego la has vuelto a coger. Gilipollas. Es el mismo que en Navidad le comenta a un crío no eres un poco mayor para seguir creyendo en los Reyes Magos, o que te dice que no entiende cómo te puede gustar tal grupo de música, que su sonido es prefabricado y los buenos de verdad son unos jambos que tocan en garajes. La peor persona del mundo vive sin ilusión y, lo que es peor, creyéndose superior por quitársela a los demás. Me exaspera esa actitud y la hago extensible a los del discurso de se ha ganado pero verás tú cuando nos toque un rival serio. Dejad a la gente disfrutar, coño.
Volviendo al fútbol, tenemos motivos para la esperanza. El primero, la solidez defensiva. En contra de la opinión extendida, el Mundial de 2010 se ganó por ser una puta roca atrás. Ocurrencias de Casillas al margen (el gol que nos mete Suiza es para acompañarlo con música de Benny Hill), Del Bosque construyó un bloque que apenas concedía ocasiones, merced sin duda al secuestro de la pelota perpetrado por nuestros centrocampistas cada partido. Y en este Mundial estamos reviviendo eso. Es que ni nos tiran. Otro asidero donde agarrarnos, el momento de ciertos jugadores. El torneo de Cubarsí y Laporte es escandaloso. Cucurella hace todo bien en su campo y en el del rival. Olmo tiene que ser titular siempre. Y luego está Oyarzábal, sentado en la mesa de Villa, Raúl o Butragueño cada vez que se pone la camiseta de la Selección. No me gusta, y aquí creo que tenemos un problema, el estado en el que llegan los jugadores que tendrían que ser diferenciales. Lamine lo intenta pero le falta esa chispita, Pedri está desaparecido. Por no hablar de Rodri. Me desespera.
Contaba Hernán Casciari una anécdota a la altura de su talento. Resulta que su padre, ferviente seguidor de Racing de Avellaneda, se la tenía jurada a Bilardo desde sus tiempos de jugador en Estudiantes de la Plata. El equipo platense, con Bilardo de capitán y máximo referente, se caracterizó en los años setenta por dominar el fútbol sudamericano merced al juego sucio y malas artes, y uno de los equipos más perjudicados de sus artimañas fue, podrás adivinar, Racing. Por ello, muchos años después, cuando al hogar de los Casciari llegó la noticia de que Carlos Salvador Bilardo iba a ser el seleccionador de Argentina, el patriarca de la familia tomó una drástica decisión: En esta casa está prohibido apoyar y mucho menos cantar los goles de un equipo dirigido por ese sucio tramposo. El joven Hernán no daba crédito al disparate de su padre. ¡Que es Argentina!, trataba de razonar. No había manera. Así que ideó un sofisticado método para cantar los goles de su país sin contravenir la norma impuesta. Casciari hijo se pasó todo el Mundial viendo los partidos junto a su padre mordiendo una almohada, de modo que si marcaba la albiceleste, apretaba el cojín con todas sus fuerzas contra su rostro, al borde de la autoasfixia, ahogando así su grito de gol. El padre, consciente de los esfuerzos de su hijo, se giraba a Hernán como diciendo bien pibe, bien, así sí.
Por qué te cuento todo esto. El otro día mi padre, al quinto sexto improperio mío contra Rodri, se giró y me soltó un Joder hijo, qué pesadito estás con Rodri, vale ya. Así que no me quedó otra que hacer lo de Casciari, esta vez sin almohada, y morderme la lengua cada vez que el del City llegaba tarde o daba un pase para atrás o ralentizaba un ataque. Esto ocurrió en el minuto sesenta más o menos. Te puedes imaginar mi contención esa media horita final. Empecé a sudar. Me salían los insultos por los ojos. Me vi a mí mismo como a una de esas personas que padecen el síndrome de Tourette y se tienen que morder la lengua para no cagarse en la puta madre de alguien. Menos mal que la distancia en el marcador no apremiaba. No sé qué voy a hacer en un partido igualado. En fin, habíamos quedado en que eso no tocaba ahora. No quiero convertirme en el aguafiestas que vive pendiente de destripar el truco. Ahora toca disfrutar e ilusionarse.
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