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All Star
A veces lo más justo es lo injusto
1 de julio 2026
Este artículo responde a una carta de Luis que puedes leer aquí
Resacoso Luis:
A veces lo más justo es lo injusto. Te metes en las estadísticas del Alemania Paraguay, compruebas que los bávaros generaron 1,57 goles esperados frente a los 0,35 de su rival, que retuvieron el 76% de la posesión de la bola y que triplicaron los remates de su adversario y piensas: viva el fútbol y viva el mundial, carajo. Alemania, con casi doce veces la población de Paraguay y una economía noventa veces más grande, se estrella en penaltis. Poesía. Odio las estadísticas, por eso me encanta cuando unas contradicen a las otras. Once contra once y ya no gana siempre Alemania. Paraguay, esto.
Yo no soy de puros ni de purismos, pero respeto a quienes se toman el fútbol en serio, tanto como para tratarlo como un problema filosófico de primer orden. Sobre todo porque para los hinchas lo es. Bertol Brecht, para su teatro épico, quería que el público se pareciera a los que van al estadio: que se implicaran, que cantaran, que abuchearan, que opinaran como si todos fueran el entrenador y el árbitro. Si un aficionado desde la grada lateral, con su visión limitada y su incapacidad manifiesta para controlar un balón o dar un ligero sprint desde 1996, se siente soberano, inteligente y protagonista…¿cómo pueden jugadores millonarios, atléticos y super talentosos negarse a escuchar charlas de más de diez minutos?
Creo que esto se debe a que muchos creen que la relación entre el deporte y lo intelectual es absurda. Como un elefante en pijama. Muchos, demasiados, lo siguen tilando de banal. Y de esos barros estos lodos. Hay quien por miedo a quedar retratado, a demostrar que lleva cuarenta años hablando sin tener ni idea, piensa que complejizar el fútbol es contaminarlo. Que solo va de ser buenos o malos, de cracks y paquetes, de echarle ganas o no. Son los mismos que suelen ponerse dignos cuando gritan sin rubor que no tiene nada ver con la política. Frases de 0,60. Sería tanto como afirmar que todas las hortalizas tienen que ver con la tierra menos las zanahorias.
Respeto el método pasivo, de laissez faire, de Ancelotti, Zidane o Del Bosque. Lo hago porque creo que es un “no hacer” razonado, complejo, anclado en las posibilidades y en los hechos. También comprendo que Luis Enrique dedique más tiempo a sintetizar la información que a comunicarla a su plantilla. Cualquiera que ha estado medio minuto en un campo sabe que eso no funciona como el Football Manager y que las piernas de nadie, y menos las tuyas, son un joystick. No obstante, que justo desde estas latitudes nos planteemos a veces que es suficiente con el poder de la amistad es bastante sorprendente. Puyol no le marca de cabeza a los alemanes si no le hubiera dicho a Xavi que marcaban en zona. Casillas no para un penalti si Reina no lo tuviera estudiado. Ninguno de esa generación fue balón de oro. Por buenísimos que fueran los Iniesta, Xavi, Silva, Villa y compañía, no habrían salido campeones frente a selecciones con superestrellas capaces de decidir por sí solas los partidos si no hubieran rendido como un equipo, y no como una mera selección. El triunfo en la última Eurocopa se debió exactamente a lo mismo. La Premier nos demuestra que Transfermarkt no puede venirse demasiado arriba.
El fútbol sin talento es un dentista, pero el fútbol sin táctica es un All Star amañado. Riquelme no podía inventar pases dónde nos lo había sin un compañero desmarcándose y creyendo en ellos. El fútbol es política. Si queremos salvar la democracia, la táctica, la justicia, el talento y hasta el fútbol, quizá debamos cabrearnos si en nuestra plantilla solo hay niñatos descerebrados que solo miran por su ombligo.
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