Cines

Omaha: la vida colgando

Aquí hay una historia con mayúsculas. Ni indie, ni neo, ni realismo, ni social, ni hostias.

27 de julio 2026


No fui nunca un seguidor acérrimo de Aída ni de Bebe, pero la estrofa del principio siempre me cautivó, por certera: harta de ir pa acá y pa allá con los niños a cuestas y la casa colgando. La vida, para tantas y tantos, son juegos malabares, repechos constantes, escorzos imposibles, sprints a deshora para alcanzar un autobús que se va, teléfonos que no responden. Gente que, como cantaba Lichis de la Cabra, se busca la vida y no la encuentra. Cuya biografía, añade Nacho Vegas, es una noticia incómoda y cruel. Pobres, proletarios, parias de la tierra.  Me jode especialmente que se caracterice como cine indie, neorrealismo o cine social la historia de un viudo desahuciado (inquiokupa, dirían ahora los que han decidido que está guapo ser una mierda de persona) que recoge sus dos cosas y media a toda prisa, mete a sus hijos y a su perro en una tartana tan agotada y cascada como él y emprende un viaje involuntario, injusto y siempre inmerecido hacia ninguna parte. O peor. Hay sitios que son peores que ninguno. Desesperarse no es esperar nada, es esperar lo peor. La desesperación, aplicando la propiedad conmutativa de los pobres, suele ser el resultado de la suma tres o cuatro imprevistos. Es lo que pasa cuando el Estado es un papá ausente.


Nuestro cowboy no pide nada para él, solo un poco de ayuda para dos niños pequeños que no exigen demasiado: un helado de vez en cuando, que el perro tenga comida de perro, pasar un buen rato en el zoo. No tener ni para eso es, valga el juego fácil, la verdadera Odisea. 


Y punto. Aquí hay una historia con mayúsculas. Ni indie, ni neo, ni realismo, ni social, ni hostias. A ver si es que resulta que solo consideramos arte de verdad las angustias, tantas veces ridículas y estomagantes, de los neporricos que pagan el Mac con el suelto que tienen en el bolsillo y en un ataque de ira se tiran al oculista o lo matan con una espátula. ¿Cómo se le explica a esa niña listísima y a ese chaval adorable que su padre, la única persona que le queda, que se preocupa por ellos desinteresadamente, no por obligación, no por burocracia, no por caridad, no, por padre, por pater familias, es un perdedor, un pobre, un viudo pobre de los que ni siquiera merecen respeto ni solemnidad, sólo desprecio, solo tratamiento de rata? ¿Cómo lo ensayas ante el espejo? ¿Que en esa sociedad yankee, y no yankee, no hay una vía no despiadada, no imposible, no carnicera, no canibal? ¿Que unas cartas mal repartidas hace demasiado tiempo y una ventolera de mala suerte les va a negar a ellos, niños, niños adorables, niños listísimos, niños blanquísimos, el pan y la sal? ¿Que hay que ser buenas personas y buenos cristianos pero que en este desierto nadie ayuda a nadie y que te jodes como Herodes?Mis narraciones favoritas son las que están seguras de sí mismas. Las que confían sin dudar en la fuerza de sus elementos para funcionar. Las que parten, por ejemplo, de una premisa suficientemente grave como para no tener que adornarse. Y no adornarse no significa hacerlo feo, brutalista o anti artístico, no: significa poner el film a disposición de sus fortalezas y centrar el tiro.


Los andamios de este propósito, en Omaha, son sus actuaciones emocionantes y verdaderas, su fotografía precisa e icónica y una banda sonora perfecta que envida a la grande a los topicazos sombríos y te susurra que no hay por qué aceptar como destinos inevitables a la mierda y la podredumbre, que esta historia es una denuncia y no solo un golpe en el estómago.


La gente acude a ver pelis como Omaha advertida de que lo va a pasar mal. Cómo si, en el fondo, sólo importara eso. Palomitas, coca cola de litro y medio, un par de lágrimas y un mal trago que es en realidad un ibuprofeno porque fíjate el mundo qué mal y yo qué suerte, virgencita. Y esta estupenda road movie, este western implacable, es, por supuesto, un drama tierno. Pero es, sobre todo, un artefacto político, una foto carnet del estado de la lucha de clases, un grito más, otra llamada contra este sistema absurdo, ineficiente, desgarrador e infernal. Ese que solo te puede rentar si piensas que está guapo ser una recontramierda de persona. Ni indie, ni neo, ni realismo, ni social, ni hostias. 


Sigue a Miguel Gómez Garrido

Recibe un email con todos los nuevos artículos de Miguel Gómez Garrido


¿Qué opinas?

Sin comentarios
Deja un comentario...
Cargando comentarios…

Únete a la conversación

Para comentar necesitas una suscripción activa. Accede o abónate para participar.



Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Miguel Gómez Garrido

Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.

VER PLANES