Cines

El Coyote Contra ACME

La cara apenada del Coyote cuando le dicen que jamás atrapará al Correcaminos me ha emocionado lo que muy pocas películas en la vida.

3 de septiembre 2026 · 1 comentario


Coyote comma Wile E.Fighters never stand stillChase birds, dodge pianos and falling anvils

(Dirt, Tobacco feat. Aesop Rock)


Hace cosa así de un par de años o tres topé con una noticia que decía que existía una película llamada Coyote VS ACME y que ‘por fin se estrenaría en algún momento de 2025’. La noticia iba acompañada de una foto en la que se veía al Coyote en un careo judicial con personas humanas, dicho esto de “persona humana” no como el necio pleonasmo frecuente en las noticias y frases hechas de los divulgadores, sino que para distinguir a las personas de carne y hueso de las de trazo y tinta. Del titular de la noticia se desprendían, principalmente, dos cuestiones relevantes: una, que la película llevaba ya rodada un tiempo indeterminado, y dos, que existían (o existieron) ciertos problemillas para distribuirla con normalidad. Muy posiblemente, problemones más que problemillas, si nos atenemos a ese ‘por fin’ y lo que lleva implícito. 


De primeras, el título me hizo rememorar de inmediato aquel delirio máximo que fue la causa Mattel, Inc. VS MCA Records, Inc, quizá el momento más bizarro vivido en los tribunales estadounidenses en la década de los 90*. Lo único que esto era, o al menos prometía ser, muchísimo mejor: el Coyote pleiteando contra el monopolio de cachivaches ACME. O, lo que es lo mismo: un dibujo animado en una película de juicios. No, perdón. Acoto un poco más: un dibujo animado muy concreto, a la sazón el más tenaz y desgraciado de todos (el Atlético de Madrid de los dibujos animados, en realidad) y el único versado en dibujo técnico y labores de delineación profesional (si nos atenemos a los planes que siempre elabora de escrupulosa manera), enfrentado vía gabinete jurídico contra los mercachifles más negligentes que se conozcan en el universo de los dibujos animados. El Coyote invadiendo el lore de Legálitas Abogados. Lo nunca visto. 

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Primera aparición del Coyote en sede judicial: abril de 1990, acatando una orden de alejamiento contra el Correcaminos

Vale, de acuerdo: ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Robert Zemeckis, 1988) ya enmarcó dibujos animados en el contexto de un film noir, y Space Jam (Joe Pytka, 1996) fue todavía más lejos rodeando a dichos dibujos animados de algo tan improbable como pudiesen ser primeras figuras de la NBA noventera. Charles Barkley incluido. Es decir, era un terreno ya tanteado previamente y evolucionado con posterioridad a ciertos territorios colindantes con la locura demente. Pero... ¿Juntar LexNET, recursos de casación y becarios de Cuatrecasas que lucen pantalones chinos tobilleros con los impredecibles Pepe Le Pew, El Diablo De Tasmania y Piolín? ¿Confrontar en alegre yuxtaposición lo aburrido y previsible con lo demente y aleatorio? Eso es una idea de persona con las sinapsis cerebrales en otro plano cognitivo y evolutivo, y había que verlo de inmediato. El tiempo diría si, finalmente, el film pasaba a la historia como algo que jamás debió salir adelante (a lo Grease 2, Operación Camarón y tantas y tantas otras películas de lesa humanidad que, igual no menoscaban los derechos humanos de los espectadores, pero desde luego que sí que agreden y dañan de forma irrecuperable sus córneas) o terminaba por adquirir ese status unánime de triunfo incuestionable. Status el cual bien pudiera animar a que cada Navidad no exista un despacho en el mundo que no celebre su tradicional partido de dibujos animados contra procuradores.


La peli, al final, no se estrenó en 2025. Se estrena ahora. En septiembre de 2026. Y demos gracias, puesto que faltó el canto de un céntimo de euro para que jamás se estrenase**


Coyote Contra ACME es, en esencia, eso, una premisa disparatada (que surge, además, de un relato del The New Yorker muy Simon Rich***, de una tira del mítico National Lampoon) ejerciendo de detonante para un drama judicial. No se esconde en ningún momento: desde el mismo título usa la nomenclatura del sistema judicial yanqui****, y da justo aquello que promete dar. La diferencia está en lo fluido que resulta lo que hace, que no es otra cosa que un popurrí de casi todos los tropos y puntos de paso obligados del drama judicial de los últimos 40 años... con el añadido de los Looney Tunes dándose trompazos por cada escena, por cada plano e incluso por el fuera de campo. Tenemos aquí casi todo, ya digo: desde el cliché del letrado terminal en horas bajas con un caso que puede -además de redimirle en lo personal- relanzar su carrera (en la onda de Veredicto Final (Sidney Lumet, 1982) y tantas otras pelis de leguleyos) a aquel mini detonante tan socorrido en las pelis de juicios que es ese de una causa colectiva/conjunta -que ni siquiera es tal por carecer de legitimidad que la vertebre y sustente o doctrina y jurisprudencia que la ampare y valide- armada por un ¨ambulance chaser” para llevar un pleito conjunto que igual no prospera ni civil ni penalmente pero que, oye, lo mismo, con ello, se rasca un acuerdo extrajudicial jugoso para que deje de pinchar con un palo (o no trascienda a los medios y afecte reputacionalmente) y bienvenido sea lo que caiga en dicho acuerdo*****


Diría que lo único así del cine de juicios que aquí no se esboza a las claras es el clásico esquema a la John Grisham de tener que influir (los buenos, los malos, quien sea que tenga interés en que el fallo de la sentencia caiga a favor de una de las partes) sobre un jurado popular, si bien se toca colateralmente con los careos con los testigos y la incertidumbre de si, finalmente, acudirán a sede judicial, uno de los mayores clásicos en el tercer acto de toda peli de juicios que se precie y que aquí se lleva al extremo de poder incurrir el Correcaminos en rebeldía procesal. Y, por supuesto, también tenemos el thriller de testigo, parte acusadora e incluso perito especialista cuya vida corre peligro, uno de los clichés más sobados que existen en el género pero también generador ocasional de películas sensacionales tal que la angustiosa El Dilema (Michael Mann, 1999) y que suele actuar de puente levadizo entre dos géneros tan pero que tan bien avenidos que, a veces, cuesta enmarcar una película de forma clara en cualquiera de ellos de forma unívoca cuando transita los dos terrenos: las pelis de juicios que se vienen diciendo y el thriller político (y de conspiraciones).


Obviamente, con el Coyote de por medio, la cosa tiene que ir un poco, o muchísimo, a chufla. Pero la peli sabe deambular por ese alambre fino que es ni irse muy del lado de la película de mindundi contra omni-mega-uber-monopolio (que es la plantilla de película de juicios sobre la que al final decide asentarse) ni caerse por el del trompazo y el bocinazo continuos, que sería un poco lo lógico al pertenecer al universo Looney Tunes. Es más: en su ejemplar funambulismo, alcanza momentos sublimes en los que enuncia alguna de las famosas reglas que estableciese Chuck Jones para con la conducta patológica y obsesiva del Coyote pero no enumerándolas de forma explícita tal cual, sino que a través de los alegatos en la administración de justicia mientras se elabora una especie de perfil del sujeto y esa extraña lógica interna (irónicamente, de carácter ilógico) que parece conducir sus actos. Incluso llega a meterse en la metafísica del dibujo animado cuando aluden a Sísifo (¿acaso no vive el Coyote un eterno castigo en forma de loop de repetición?) y el alegato final del Correcaminos, en el que admite (vía emocionante beep beep) que precisa de la inmediata vuelta del Coyote a la actividad que da sentido a la vida de ambos: la persecución constante y eterna con siempre el mismo e invariable resultado. Este momento, junto a la cara apenada del Coyote cuando le dicen que jamás atrapará al Correcaminos, juro que me ha emocionado lo que muy pocas películas en la vida. Y es absurdo, pero así parece que le está pasando a muchísimos espectadores, que les golpea fuerte el tercer acto de esta peli en esas dos escenas tan concretas. A los testimonios de Letterbox me remito si alguien quiere verificar cuán durísimo pega esta película casi llegando al final******

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Propuesta de acuerdo amistoso a transar en sede judicial

De todas formas, como película de juicios improbable que funciona -y quizá la primera que lo hace desde las dos infravaloradísimas entregas de Una Rubia Muy Legal (2001 y 2003)-, uno de los mejores momentos de Coyote Contra ACME se da gracias al conejo Bugs Bunny. El film juega de maravilla una baza rara de ver, que no es otra que cuando, de forma auto-consciente, decide hablar de forma simultánea a dos audiencias distintas: a quienes tienen una edad y ya conocen al caótico conejo y a quienes son de otra generación y nunca, hasta esta peli, supiesen del dicharachero lagomorfo. La película opta por escindirse de sí misma unos minutos gracias a un doble diálogo que establece con dos segmentos poblacionales a los que ha de dirigirse de forma estanca en lo que dialoga para volver poco después al diálogo único que es la trama. ¿Cómo lo hace? Con la coña recurrente de, a través de la grabación distorsionada pero audible de la frase gancho de siempre del conejo, decir los protagonistas que no saben quién es. Ahí lo que para los adultos es una coña, para los otros, los neófitos en el universo Looney Tunes, resulta un misterio, un enigma. El cual, además, se resolverá de la manera en la que es norma presentar a los testigos determinantes no ya en en cine judicial, sino en los thrillers políticos setenteros: a oscuras, en un emplazamiento misterioso, y lejos de los núcleos urbanos. 


El que sí que es un gesto prodigioso (en una película que tampoco lo necesitaba para ser casi perfecta, puesto que, en sí misma, ya es un prodigio) es otro que acontece cuando el propio film se atreve a contravenir el sagrado listado de normas que especificó Chuck Jones para el Coyote. Es algo muy sibilino, casi de naturaleza ninja, pero ahí está para quien quiera verlo. Cuando se destapa el plan oculto del Coyote, la película pasa de inmediato a pintarle a la manera de un ser obsesivo en la onda de un asesino en serie o un talibán. Cambia el trazo del Coyote y cambia su animación. No de forma abrupta pero sí que percibible. Al instante, su presencia es ominosa, casi más propia del matarife de una película de terror. De repente, la décima norma, la más sagrada de todas, aquella que funcionaba un poco a modo de corolario del resto de la normativa y que determinaba que la afinidad y el cariño del público siempre estarían del lado del Coyote, se ha roto. Y de forma irremediable: no se busca que cause indiferencia con la transgresión, sino que provoque miedo y desconfianza. Que nos opongamos al Coyote, algo inédito en los más de 75 años de antigüedad del personaje. Que tengamos que posicionarnos del lado del Correcaminos, que el cariño del público pivote de uno de los extremos al otro. Esto es una auténtica barbaridad y, si bien tiene un fin claro (que afecte cuando al Coyote se le desvela que jamás atrapará al Correcaminos y que funcione el desenlace en el juzgado de la forma en la que lo hace), que una película se atreva a subvertir aunque sólo sea un rato su propio cánon conductual, lo más elemental que la sustenta, es digno de elogio.*******


Así que nada, que eso. En un año en el que hemos tenido el fenómeno de Back Rooms, el de Obsession y el de La Odisea de Nolan, en un 2026 en el que hasta hemos podido disfrutar de nuevas (y sensacionales) entregas de spiderman y los minions, la película que jamás olvidaré de esta tacada siempre será El Coyote Contra ACME.



*En esencia, el proceso en sí fue la juguetera Mattel pidiendo a la banda Aqua y a su sello que retirasen la canción Barbie Girl del sublime disco Aquarium y que les resarciesen por el irreparable (pero siempre cuantificable) daño moral causado con la canción, una sátira divertida que la juguetera consideraba intolerable y de un impacto nocivo en lo reputacional para la marca Barbie de varios millones de dólares. Un juicio fascinante en el que, si se leen las actuaciones, hubo un momento en el que el juez, palpablemente hasta los cojones de la acusación, los acusados y la delirante causa en sí, emplazó a las partes al relajo con la increíble e histórica frase “The parties are advised to chill”.  


**La historia detrás del embargo de la peli y su estreno final, además de digna de conocerse en profundidad, ha posicionado a toda una legión de personas a favor del film antes siquiera de haberlo visto. Dicha “simpatía a priori”, aunque pueda parecer algo ideal de primeras, no deja de ser una fórmula alternativa para generarse los espectadores expectativas con algo que, siendo sinceros, tenía todo a favor para quedar casi mejor como una película mitificada por ser imposible verla, una especie de alineación con un subproducto finalmente atroz (una vez visto tras estrenarse) al que se le quiere no por sus incuestionables virtudes artísticas sino que por representar una especie de victoria moral para el pueblo (¿?) contra el capitalismo, las injusticias, los grandes poderes, el colesterol y demás representaciones en abstracto de “el mal”, otro clásico del cine de juicios que aquí también se toca. De alguna manera, gracias a este retraso de casi cuatro años desde que la película estaba lista para distribuir y el estreno final (y a trascender a la opinión pública la chusca maniobra y el fin pecuniario tras ella por parte del estudio, que no era más que una exención fiscal), la película ha terminado hablando de su propio recorrido en el plano real en un ejercicio meta muy peculiar a instancias involuntarias, precisamente, del estudio que ha conseguido convertirse en ACME con sus maniobras despóticas. O, al menos, en todas esas maniobras corporativas que señala la película como “el mal” en estado puro.


***Se omite un episodio clave (por la fecha de emisión y audiencias millonarias de la serie) en esto de las inspiraciones para todo el asunto de juicios entremezclados con dibujos animados: en abril de 1990, en la archi-conocida serie Juzgado De Guardia (1984-1992), un bloque de juicios rápidos mostraba al Coyote siendo condenado por años de acoso continuado al Correcaminos. La sentencia, además, era de esas que generan controversia por incurrir el juez en su fallo en una serie de apreciaciones ajenas al mundo del derecho y al objeto de la propia sentencia:  “I find you guilty of harassment. And might I add, if you're hungry, go to a restaurant for criminy's sake, or a grocery store. But leave that poor bird alone!!” 


**** Ojalá ver en España un 1809/2026 del Juzgado de lo Social nº 3 del Partido Judicial que corresponda con Mortadelo de parte demandante contra el demandado Filemón Pi por nóminas adeudadas e impago sostenido de cotizaciones sociales. A ser posible, con Emilio Rodríguez Menéndez como letrado de la parte demandante y el excelentísimo Alfredo Arrién llevando la defensa del demandado. Sí, ese: el que mediaba entre Batman y El Jóker en un cuadro que presidía su despacho.


*****De este último ejemplo, el epítome es la sensacional El Dulce Porvenir (Atom Egoyan, 1997), película de alto calado emocional pese a lo gélido de sus imágenes y el modo de canalizar las emociones que tienen los personajes de las películas de Egoyan: un abogado ¨persigue ambulancias” removerá el dolor de una pequeña población intentando armar una causa contra... contra quien sea, ya pillará a alguien al que intentar sacarle un porcentaje millonario que trincar dentro de una no menos millonaria responsabilidad subsidiaria. Un no parar de picar puertas el tío metiendo ideas de bombero en cabezas ajenas y con una tragedia todavía reciente y del calado de esas de las que no se remonta en la vida: la pérdida de decenas de vidas infantiles en un trayecto de bus escolar. Una de esas extrañas tragedias que ocurren, además, sin que exista dolo por parte de nadie, negligencia o dejación alguna en los desempeños de instituciones y empresas y, para mayor sorpresa, en la que, por una vez, resulta imposible vincular al PSOE con la muerte de decenas de inocentes y con el posterior incremento patrimonial de una serie de afines al partido y el mismísimo José Bono.


******Esto, a la larga,puede suponer un grave problema, ya que da pánico pensar en las arengas motivacionales que pueda verter el portavoz de la CEOE en Linkedin usando la “cultura del esfuerzo” del Coyote como analogía o justificar cualquier empresario de este nuestro país trabajos con salarios esclavistas también tomando como ejemplo lo que pueda coger del Coyote y que le sirva para darle la vuelta  (“¡No te rindas nunca, arriba con ese palé! ¡Sé un coyote, no un correcaminos! ¡Vuelve mañana y pasado a tu trabajo aunque sepas que no te van a pagar! ¡¡¡TÚ ERES UN CO-YO-TEEEEE!!!”) y justificar una nueva tropelía. Esto, de todas formas, no es culpa de la película, y sería una decodificación aberrante (que diría Umberto Eco) similar a la ya frecuente de interpretar que el Coyote y el Correcaminos son pareja en base al alegato final del segundo, una cuestión que estaría muy bien (y enhorabuena a ellos de ser así, viva el amor) de no ser que esa relación propuesta rebaja el mundo de las ideas a lo mundano, desciende lo que realmente se está diciendo en el film: que conforman un todo, que son un juego de opuestos eterno en el tiempo a lo el ying y el yang o la noción de “protagonista y némesis” en las ficciones. Son ideas opuestas que se necesitan mutuamente para existir y que carecen de sentido la una sin la otra, no una simple relación sentimental o de amistad que banalice esa IDEA con mayúsculas que en realidad suponen.


*******Quizá le estoy buscando tres pies al gato y la peli simplemente juega a procurar el golpe de efecto también relativamente frecuente en los dramas judiciales, aquellos instantes en los que se desvela algo que cambia por completo todo pasada la mitad de la película. Me refiero a giros de guión como el que se da en Las Dos Caras De La Verdad (Gregory Hoblit, 1996) con lo que desvela el personaje interpretado por Edward Norton. Los giros que convierten de un instante para otro a la víctima en verdugo y viceversa.


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