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El Gran Reemplazo
A todo el mundo le daba igual el fútbol. A todo el mundo menos a dos ancianos.
7 de julio 2026
A todo el mundo le daba igual el fútbol. A todo el mundo menos a dos ancianos.
El Rey Midas de la soledad.
Ronaldinho meets Cioran.
Waziristán, La Perfecta Moment
Tras ayudar al anciano a guardar las maletas en el maletero del coche, el hombre le abrió la puerta del copiloto. Uno de los niños se introdujo corriendo en ese asiento, adelantándose a su abuelo con la maniobra. El anciano primero fingió una mueca de enfado, enfatizándola con la ayuda de los brazos al formar con ellos una especie de cruasán gracias a poner los puños apretados contra las caderas. Poco después relajó el gesto y los brazos, terminando por sonreír con cariño al niño y hacerle una reverencia a la manera de un chófer que invita a un cliente distinguido a tomar asiento.
—No, papá. Ellos atrás. Los dos.
—Déjale, hombre. A ti qué más te da.
—Que se bajan primero y si uno va adelante y la otra va detrás luego es un follón para salir.
—Tampoco es para tanto.
—He dicho que no.
—Acuérdate de cuando tú eras un niño.
—No es no.
Nada mas decirle que no a su padre, el hombre se giró para dirigirse a su hijo. Lo hizo con un tono serio. Casi reprochando al niño con la mirada haberle obligado a ha cer algo tan contra natura como puede ser tener que re prender a su anciano padre. Al hombre eso le incomodaba horrores. Lo consideraba una inversión del orden natural de las cosas.
—Venga, para atrás con tu hermana. Tira.
El niño obedeció al momento la orden. Sabía que cuando su padre usaba ese tono lo mejor era obedecer de inmediato. El anciano le hizo un nuevo gesto cariñoso a la que pasaba por su lado. La hermana del niño, que ya tenía puesto el cinturón de seguridad, se burló de su hermano. El niño, en respuesta, le sacó la lengua.
—¿Crees que tardaremos mucho en llegar?
—Depende del atasco que haya. Por las mañanas el tráfico en la ciudad está imposible.
—Es que no me gustaría tener que hacerle esperar. Viene cansado, de un viaje en tren, y...
—Tú no te preocupes que vamos con tiempo de sobra, papá.
—¿Y si me dejas primero a mí en la estación y luego a ellos en el Colegio?
—¿Vas tu a buscarles si llegan tarde y no les dejan entrar a clase? ¿Eh? ¿Vas tú?
—Hombre, sabes que yo me voy de viaje, si no sí que iría a por ellos.
—Te recuerdo que algunos tenemos que trabajar. —Vale, vale. No he dicho nada.
Antes de arrancar el vehículo el hombre le preguntó al niño si se había puesto ya el cinturón de seguridad. El niño respondió que sí. En cuanto hizo contacto con la llave el hombre encendió la radio del vehículo.
Estuvieron circulando en silencio por cosa de diez minutos. El coche, con el denso tráfico, se desplazaba a trompicones. Al hombre le estaba costando Dios y ayuda no insultar a los otros conductores, pero se contenía por no dar mal ejemplo a sus hijos. En la parte trasera cada uno de los niños iba entretenido con un dispositivo electrónico. Al anciano le recordaron a los videojuegos que había cuando él contaba con la edad de sus nietos, si bien estos dispositivos tenían algo que les hacía diferentes a los que él conoció en su día. El diseño, pese a suavizar y hacer menos agresivas las líneas del contorno, le resultaba horrible.
El anciano giró la cabeza a su izquierda para poder dirigirse a los niños.
—¿Y a qué jugáis?
—A un juego.
—¿A los marcianitos?
—No, abuelo. Es un juego de frisball.
—Ah, ya. Frisball.
El anciano volvió a posar la vista en el frente y, casi al instante, también miró de reojo a su hijo. Cada vez que el vehículo se detenía a causa de un semáforo en rojo o una leve retención de tráfico el hombre daba golpecitos con el dedo índice de la mano derecha sobre el volante. Eran de esa clase de golpecitos que hacen un pequeño sonido seco a causa de la rigidez de la falange, y el anciano podía escuchar perfectamente los sonidos casi metronómicos pese a sus acusadas deficiencias auditivas. Sin duda, una vez dejase a los niños en el Colegio iba a ponerse al día con todas las palabrotas que ahora no estaba pudiendo gritar. La radio llevaba todo el rato dando buena cuenta de la actualidad política y económica pero el anciano no había prestado la menor atención a lo que se estaba diciendo.
Tras mucho cavilar qué frase de apertura utilizar para iniciar la conversación, por fin se decidió a hablarle a su hijo. El anciano contaba con que ya se le hubiese pasado el cabreo de antes.
—Qué mundo este, ¿eh?
El hombre no respondió. Parecía estar molesto con tener que llevar, además de a sus hijos al Colegio, a su padre a la estación de tren. De alguna forma el hombre se sentía atrapado entre medias de dos rangos de edad a cuyos miembros había que procurarles ciertos cuidados por no poder valerse de pleno salvo en el campo de siempre proponer hacer las cosas de una manera distinta a quien tendría que hacerlas en última instancia. Por un instante pensó si cuando él tuviese la edad y achaques de su padre sus hijos echarían a suertes llevarle al médico o a donde fuera que necesitase ir. Al hombre le repugnó la imagen de sus hijos ya adultos apostando a piedra papel o tijera quién de los dos se haría cargo de él.
Para despejar la imagen de su cabeza, el hombre hizo ademán de cambiar el dial a ver si daba con alguna cadena de música. Su padre le apartó la mano de la radio del coche como un resorte. Al hombre le sorprendió muchísimo que un anciano todavía pudiese ser así de rápido.
—¡No lo quites! Que ahora van a empezar con los de portes.
—¿Y qué más da, papá? Siempre están con el maldito frisball. Que si este se ha lesionado, que si a lo mejor fichan a este otro, que si la novia de tal jugador le engañó con un actor...
—Pero hoy se cumplen setenta y cinco años. —¿Setenta y cinco años de qué?
—Del gol de Nayim.
—¿De qué?
—Del gol de Nayim. Tu abuelo lo vio en directo de pequeño.
—¿Pero de qué me hablas, si se puede saber? —¡Furbo!
—Dios santo, papá. No empecemos otra vez con batallitas de eso. Ya nadie rec...
—Esto sí. Hoy sí que sí.
—Está bien.
El hombre dejó el dial sintonizado por hacerle un favor al anciano, aunque en realidad sabía que iba a remover un palo a conciencia por dentro de la herida. Ya nadie habla ba de fútbol y esa efeméride tan importante para su padre era exactamente eso: importante, pero sólo para él.
Bueno, para él y para su amigo. El que llegaba en un rato a la estación.
A nadie más en el mundo le importaba lo más mínimo ese anacronismo. El frisball había pasado a ocupar el lugar social que llenaba el fútbol hasta hacía tres o cuatro generaciones de una forma tan natural, de una manera tan democrática en cuanto a no ser impuesto de forma vertical sino que emanar del pueblo que así fuera todo ahora, que ni siquiera existían Museos dedicados a ese deporte. Carecían de sentido en tanto en cuanto también carecían de potenciales visitantes.
Todas las parcelas de la vida que estaban más o menos impregnadas por cuestiones asociadas al fútbol ahora ve nían a estar vinculadas de idéntica forma a su sustituto natural, el frisball. De haber habido sociólogos o antropó logos con un mínimo interés por racionalizar ese fenóme no de sustitución y reemplazo posiblemente habrían con cluido que el frisball era el depredador natural del fútbol. Pero no había sociólogos ni antropólogos interesados por el fútbol o su desaparición en beneficio del frisball.
A todo el mundo le daba igual el fútbol.
A todo el mundo menos a dos ancianos.
El hombre se alegró de llegar al Colegio de los niños justo cuando en el bloque deportivo de la radio todavía seguían hablando de frisball. Entre que a los niños había que verificar que no se dejaban nada en el vehículo, des
pedirse de ellos, acercarles corriendo algo que se les había caído debajo del asiento del coche y esperar a que entrasen dentro del Colegio, para cuando acabase toda la maniobra en sí, al anciano ya se le habría olvidado por completo el gol de Nayim y esa efeméride de la que sólo él y quizá su amigo se acordaban. O, al menos, no tendría que asistir a cómo en el bloque de deportes pasaban de largo por un hecho tan importante para ellos e irrisorio para el resto de las personas.
El anciano se bajó del vehículo para despedirse de sus nietos agitando la mano en el aire. Pese a que su hijo hizo sonar el claxon un par de ocasiones para indicarle que volviese al interior, el anciano no volvió a meterse en el coche hasta que a sus nietos se los tragó la puerta principal del Colegio.
El hombre aparcó a veinte metros del acceso peatonal de la estación para ayudar al anciano con las dos maletas.
—Qué, papá, ¿íbamos bien de tiempo o no?
El anciano le cogió las maletas directamente de la mano sin permitir que tocasen el suelo en ningún momento. Su hijo, mientras tanto, le hablaba algo acerca de no emocionarse demasiado con el viaje para evitarse las decepciones de otros años anteriores, pero ya era tarde. El anciano no le prestaba la menor atención y a estas alturas del partido imposible atemperar su entusiasmo.
—Pero bueno, que lo paséis muy bien. Llámame cuan do llegues a la estación a la vuelta, ¿vale?
—Gracias, hijo. Y antes de irme, una cosa más. —¿El qué, papá?
El anciano había perfeccionado el don durante años. Primero, alargar un silencio de forma dramática. Y mientras tanto, mientras el silencio imbuía de solemnidad o dramatismo a lo que estaba por anunciar, conseguir que los ojos se le humedeciesen. No era un don propiamente dicho porque en realidad se trataba de una técnica que había practicado para perfeccionarla en innumerables ocasiones. Lo que sí que era un don era administrarla de tal manera que su hijo siempre picaba.
—¡Furbo!
El hombre le mandó a la mierda, en realidad más enfadado consigo mismo por picar siempre en la maniobra que con el anciano por tomarle el pelo con tantísima facilidad. En lo más profundo de su ser albergaba el temor de que su padre le enseñara a sus hijos esa técnica y que ellos fuesen aptos a la asimilación inmediata por cuestiones ge néticas. Se veía siendo un ser risible para dos generaciones para las que en realidad tendría que ser un puente genera cional y no eso, alguien a quien poder recurrir siempre que hubiese que tomarle el pelo a otra persona.
El anciano llegaba a la estación diez minutos antes de la hora de llegada del tren en el que venía el otro anciano, por lo que decidió ir a los baños. Con dos maletas y te niendo que vigilarlas el trayecto al excusado y la micción en sí supusieron toda una odisea.
A la salida, ahí estaba el otro anciano. De espaldas, vigilando el acceso peatonal a la estación de trenes muy atento a cada persona que por allí pasaba. El anciano fue con sigilo a su encuentro con la intención de sorprenderle. Al darle con el dedo índice sobre la espalda y girarse, el sorprendido fue el anciano y no el otro anciano.
—¡Pero bueno! ¡Casi me arruinas la sorpresa! —Jajaja. Pero mira que eres.
—El día que deje de hacerte gracia, dejaré de hacerlo. —Anda, ven aquí y dame un abrazo.
El papel, al apretarse los dos ancianos entre sí durante el abrazo, quedó chafado. Siempre que su tren llegaba antes de lo previsto el otro anciano le hacía la misma broma: un folio en horizontal en el que había escrito Don Balón. Y al anciano siempre le hacía gracia. Lo veía ocurrente y, lo que era más importante, vinculado al fútbol. Vinculado a lo que les unía. Partícipe de ese universo conjunto del que sólo formaban parte ellos dos.
—Tenemos media hora hasta que salga nuestro tren. —Pues nos da tiempo a un cafecito antes de subir al vagón, ¿no?
—A eso iba yo. Venga, vamos.
En la cafetería de la estación el anciano le pidió al otro anciano que cerrase los ojos un momento. Mientras el otro anciano los cerraba el anciano buscó en una de sus maletas dos camisetas, aunque sólo sacó una de ellas. La cogió de la parte inferior y le dio un par de meneos en el aire para estirarla. Después, sujetándola de los hombros, le dijo al otro anciano que ya podía abrir los ojos.
—¡Pero bueno! ¡Qué maravilla!
—¿Has visto? Mandé que me la hiciesen usando una foto de la original.
—Es una réplica perfecta.
—E hicieron dos. Una para ti y otra para mi. —Es preciosa, de veras.
—¿Nos las ponemos ahora?
—No, no. Son para la pachanga.
—¿La guardas en tu maleta o la vuelvo a meter en la mía?
—En la tuya, en la tuya.
Al anciano no le hizo mucha gracia que el otro anciano delegase en él para guardarle la camiseta. No es que diese por hecho que al sugerir si se las ponían de inmediato el otro anciano optase por hacerlo, pero desde luego que no contemplaba que ni siquiera quisiese guardarse la suya en su maleta. En todo caso, fue caminar los dos en paralelo al tren para localizar el que era su vagón y al anciano se le pasó todo el disgusto fruto de la emoción del viaje.
En el interior del tren les tocó en una mesa central que distribuía cuatro asientos enfrentados entre sí en grupos de dos. Los dos ancianos codo con codo y en frente de ellos una madre de mediana edad y un niño de seis o siete años con un parche en el ojo derecho.
Al rato de iniciado el viaje el anciano sacó un dispositivo de vídeo. Toqueteó un rato por encima de la pantalla con los dedos intentando localizar algo que había guardado en la memoria del aparato. Cuando por fin dio con lo que buscaba visualizó entre diez y quince segundos del video para estar seguro que el archivo en cuestión era el que quería poner. Se trataba de un vídeo en perpetua edición en el que el anciano iba incorporando y editando los que a su criterio habían sido los goles más espectaculares del anacrónico deporte antaño denominado fútbol.
Satisfecho con el vídeo y su agilidad localizando archivos digitales, el anciano depositó el dispositivo sobre la mesa. Lo dejó orientado hacia el niño, el cual ocupaba el asiento de en frente suya. El anciano le miraba con suma atención por el rabillo del ojo, intentando detectar algún tipo de interés o curiosidad en el niño por las imágenes de la pantalla. Puede que en su fuero interno más bien esperase un cierto entusiasmo. Eso salvaría al fútbol de la completa extinción a la que se encaminaba de forma irremisible.
El anciano pensó que sería un relevo generacional extraño puesto que, técnicamente, si el niño finalmente mostraba entusiasmo ante las imágenes de los goles, ahí lo que se daría es un relevo generacional que se había saltado tres generaciones consecutivas antes de hacer acto de presencia. Es decir, un relevo generacional con una extrema dejadez en cuanto al cumplimiento de la que es su única labor. Dispuso mejor denominarlo cribado generacional si finalmente terminaba sucediendo.
El niño, tras mirar el dispositivo por espacio de treinta segundos, hizo un movimiento brusco. El anciano le dio un pequeño codazo al otro anciano, anticipándole que aquí llegaba la salvación. Los dos ancianos empezaron a mirar al niño con ansia viva. Sin duda iba a decir algo sobre el fútbol. Los dos ancianos, desde el viaje de hacía siete años, no vivían un momento igual de emocionante. Al anciano le entró un leve pánico ante la posibilidad de permitir entrar a otra persona en ese universo de sólo dos partícipes y el fútbol que compartía con el otro anciano. El otro anciano, sin embargo, rápido se olió la tostada en cuanto a la más que posible reacción del niño y abandonó toda esperanza.
—Menudo tostón.
Y dicho esto, el niño se giró sobre su costado para mirar mejor al paisaje que le ofrecía la ventana al atravesar un campo yermo que a la exquisita y espectacular colección de goles que había ido seleccionando y editando el anciano a lo largo de sus últimos cincuenta años de vida.
La madre del niño no sabía ni dónde meterse. Se la veía apurada.
—No le hagan caso.
—No se preocupe, de verdad.
—Ya saben. Los niños.
El niño le pidió a la madre crédito para ir a por un re fresco a la máquina, y la madre buscó un rato en el interior de su bolso algo que sólo ella sabía lo que era y sólo su bolso podía concederle. Por fin dio con una tarjeta, y se la entregó al niño. Le dijo que ya sabía que nada de azúcares por lo del médico, y que le trajese a ella una botella de agua.
—Qué chaval más majo.
—Es un diablo.
—¿Y lo del parche? Mi nieta también llevó uno durante un tiempo.
—Bueno, por capricho. El pobre siempre está de médicos; vio uno en la consulta y el doctor aprovechó a dárselo a condición de que no se moviese durante la prueba que iba a hacerse.
—Pobre chaval. ¿Qué es lo que le ocurre?
La madre, de repente, se puso a llorar.
—Perdone, igual no debí meterme donde no me llaman.
—Nada, nada. Usted no tiene ninguna culpa. —Me sabe mal.
—El único culpable que hay es esa maldita enfermedad.
—Espero que no sea nada que no se pueda arreglar. —Bueno, mi niño lleva años librando un partido de frisball contra el cáncer pero...
—Dios santo.
Los dos ancianos se quedaron sin saber muy bien qué decir. Uno de ellos pensaba que si él, que llevaba media vida preparándose para sobrevivir al fútbol, todavía no era ni se veía capaz de asimilar esa desaparición segura, a saber qué nivel de dolor llegaría a tener que soportar la madre del niño el día que perdiese de forma definitiva el partido de frisball contra el cáncer. El otro anciano pensaba que el tren iba marcha atrás por cosas de los asientos que les había tocado ocupar y la orientación que tenían dentro del vagón.
En vista de que aún quedaban un par de horas de viaje por delante y a causa del miedo que les daba afrontar la situación que esa madre tenía con su hijo a través de una nueva conversación que abundara en detalles, los dos ancianos optaron por echarse a dormir. Ya sabían todo lo que debía saberse de una situación deprimente y sobre la que ellos nada podían hacer ni para ayudar al niño ni para consolar a la madre.
En la estación de destino, tras coger cada uno de los ancianos sus respectivas maletas, decidieron ir a pie al hotel. Hacía un día bastante agradable y, si la visita a esa zona específica de la geografía española se debía principalmente a que era el único lugar de todo el territorio nacional en el que todavía quedaba un campo de fútbol, no por dicho motivo esa localidad era un lugar menos propicio para pasear por un entorno la mar de agradable a la vista.
Durante el paseo los dos ancianos iban poniéndose al día de los familiares que conocían de antiguos compañeros ya fallecidos que en vida compartieron viajes con ellos para honrar al fútbol e intentar evitar que ese vetusto deporte cayera definitivamente en el olvido. Lo cierto es que familiares conocían pocos, se podían contar con los dedos de una mano. Agotados estos, pasaron a recordar anécdotas de los compañeros caídos.
Que si cuando uno casi lía a unos jóvenes para que se uniesen a jugar una pachanga con ellos.
Que si cuando otro pasó veinte minutos de reloj recitando de memoria las alineaciones que tuvo un famoso equipo a lo largo de tres décadas.
Que si cuando la hija de aquel del que ya ni les alcanzaba la memoria para recordar su nombre estuvo a punto de echarle de su boda porque le tocó encargarse de la tarta nupcial y apareció con un merengue con forma de balón de fútbol para sorpresa de todos los presentes en el convite.
Los dos ancianos iban tan contentos comentando batallitas y a un ritmo de paseo tan lento que se les hizo la hora de comer sin casi haberse dado cuenta. Buscando un sitio apropiado para ello, el otro anciano reconoció un bar de una conocida franquicia famosa por tomarte el pedido bajo un nombre a elección del consumidor y llamarte por dicho nombre a través de un sistema de megafonía cuando la comida ya estaba lista para ir a por ella y llevarla a la mesa. Avisó al anciano de que era muy buen sitio para comer barato pero sin explicarle la peculiaridad que hacía tan famoso al bar. Tomó nota mental de lo que quería el anciano y fue a la caja a pedirlo junto con lo suyo bajo la argucia de invitar él. Hasta que le tomaron nota estuvo repitiendo en voz baja una y otra vez lo que iba a pedir. Era un truco suyo infalible para luchar contra los deterioros de la memoria a su edad.
El rato que estuvieron esperando a que la comida estuviese lista para ir a por ella el otro anciano mantuvo entretenido al anciano para que, en la medida de lo posible, no se diese cuenta del asunto de la megafonía y los nombres. Quería darle una sorpresa de esas que devienen anécdota casi de inmediato, casi mientras está sucediendo, y para ello necesitaba que al anciano le cogiese por completo de improviso.
Por fin, una señorita cantó el nombre elegido por el otro anciano.
“¿Furbo? ¿Furbo?”
El anciano no daba crédito a lo que oía. No una, sino dos veces dijeron la palabra. Algo así no lo recordaba desde lo menos diez años atrás.
Y en vista de que nadie iba a por el pedido, volvieron a cantar una tercera ocasión el nombre.
“¡Furbo!”
El anciano empezó a contestar a la megafonía, pletórico. Y el otro anciano, muerto de risa, también se unió a la extraña conversación a tres bandas entre los dos ancianos y la megafonía del bar.
—¡Furbo! Por favor, ¿furbo? ¿Fuuuuuurrrbooo? —¿Furbo?
—¡Furbo, furbo!
Para cuando los dos ancianos empezaron a comerse la comida ésta ya estaba fría. Además, les costaba tragar. Les dolía un poco el estómago a los dos de tanto reír. Pero tenían una anécdota sublime que contarse entre ellos de aquí a que se muriese cualquiera de los dos. De hecho, gran parte de lo que restaba del trayecto a pie hasta el hotel se lo pasaron repitiendo la palabra furbo de la manera en que lo hicieron en la franquicia.
En el hotel, los dos ancianos acordaron quedar cuando cayese la noche en recepción para ir a cenar juntos. Tenían toda la tarde por delante, y cada uno la dedicó a lo que consideró a su juicio lo más apropiado. En ese sentido el anciano, al deshacer las maletas, lo primero que hizo fue ir a la habitación del otro anciano a darle la camiseta que le había encargado fabricar. Lo siguiente que hizo fue, de vuelta en su habitación, echarse en la cama a ver una vez más el vídeo con los mejores goles de la historia para contrastarlos con diferentes tomas de esos mismos goles e ir concibiendo de dicha manera de qué forma podía mejorar el vídeo recopilatorio, con qué ángulos de cámara el niño del tren a lo mejor pudiera haber alucinado.
El otro anciano lo primero que hizo nada más irse el anciano de su habitación fue coger la camiseta y romperla en mil jirones con muchísima paciencia. Pensó en quemarla en un paragüero que había en la habitación del hotel, pero consideró que eso haría saltar la alarma de incendio. La opción de quemarla en el balconcito de la habitación tampoco la considero plausible. Eso echaría un humo de mil demonios y seguro que alguien de las habitaciones vecinas o de los edificios frente al hotel terminaría por llamar a los bomberos.
Cuando se vieron en la recepción del hotel el anciano hizo saber al otro anciano que estaría bien antes de ir a cenar dar un paseo por el campo de fútbol aprovechando que estaba prácticamente al lado y todavía había luz suficiente para ver sin depender del alumbrado nocturno. El otro anciano aceptó sin mucho entusiasmo.
Todo el camino al campo de fútbol el anciano tuvo una sonrisa de ilusión en la cara. El otro anciano, sin embargo, iba atribulado, como barruntando algo. De cuando en cuando el otro anciano lanzaba una mirada fugaz al anciano y no podía evitar poner cierta cara de asco pese a esforzarse por no ponerla o, al menos, conseguir disimularla.
El campo de fútbol se aproximaba más bien a un rectángulo de hierbajos dejado de la mano de Dios hacía años ya. Por no tener, ni siquiera tenía porterías. La de una de las áreas había desaparecido hacía décadas, y la de su área opuesta era un poste que se sostenía en vertical mal que peor y un larguero caído en el suelo muchos metros por detrás de la línea de gol de la portería.
El anciano, mientras paseaba por el campo de fútbol, parecía ir pisando tierra santa. El otro anciano a duras penas disimulaba ya su cara de asco. De repente, el otro anciano se detuvo en seco.
—Yo me vuelvo mañana a casa. Lo siento, pero no voy a jugar la pachanga.
—¿Pero qué dices? ¿Por qué?
—Esto no tiene futuro. Es absurdo. Está muerto ya.
—Pero si tú no juegas yo tampoco puedo hacerlo. Al fútbol no puede jugar uno sólo.
—Pues hasta aquí el fútbol, qué quieres que te diga.
—Venga, sólo una vez más. Por los viejos tiempos.
—No tiene sentido.
—Una última vez. Por favor.
—¿Qué quieres? ¿Que juegue contigo por lástima?
—No, no quiero eso. Claro que no quiero eso.
—El fútbol es cualquier cosa menos un juego por la lástima.
—Por eso lo digo.
—Una pachanga con algo que ha muerto se me parece más a la necrofilia que al fútbol.
—No ha muerto. Tú lo estás matando ahora. Asesino.
—Estás siendo muy injusto conmigo.
Los dos ancianos se quedaron largo rato callados de pie sobre la hierba. Algunos hierbajos les llegaban por encima del tobillo. El anciano rompió el silencio.
—No entiendo por qué lo del furbo en el restaurante.
—Para que te llevases un buen recuerdo del último viaje.
—Pues para nada me llevo un buen recuerdo. Es el peor viaje de toda mi vida.
—Lo siento. Pero creo que es lo más justo. Si no me veo cómodo jugando...
—¿Y la camiseta? ¿Para qué me he tomado tantas molestias?
—La camiseta la he roto en mil pedazos.
—¿Por qué has hecho eso?
—Por el niño. Tenía toda la razón.
El anciano se tuvo que tumbar de inmediato en la hierba. Notaba que le flaqueban las piernas y tenía miedo de caerse si permanecía de pie. Sabía que algún día llegaría el fin definitivo del fútbol, pero nunca sospechó que ese final viniese impuesto y delimitado en el tiempo por quien hasta hacía escasos minutos era la única otra persona en el mundo que compartía con él un objetivo común vinculado a ese deporte.
El anciano creía que el otro anciano algún día moriría y ahí sería cuando se acabase el fútbol ya para siempre.
O que fuese él mismo quien falleciese antes. Pero jamás concibió siquiera la posibilidad de que el otro anciano decidiese ponerle fin a su vínculo con el fútbol porque no le veía un futuro.
El anciano por supuesto que era consciente de que el fútbol no tenía un futuro a largo plazo. Ni siquiera a me dio. Pero quería disfrutar de todo el presente que pudiese. Y quien consideraba su alma gemela en esta labor de preservación del fútbol, quien le ayudaba a trazar un mini-futuro a base de agotar el poco presente que le quedaba, de repente, decidía acabar con todo. Con el universo que compartían, y con el fútbol. Para siempre.
El otro anciano seguía de pie, mirándole con cierta pena pero con ningún gesto que permitiese inferir que en realidad se arrepentía de su decisión. Se decidió a ser él esta vez quien rompiese el silencio.
—En la hierba, con la humedad, verás luego la artritis.
—Me da igual la artritis, la humedad y todo.
—Anda, levanta y vamos a cenar.
—Yo me quedo aquí.
—Sé razonable, hombre.
—Ya que tú no quieres déjame a mí pasar una última noche cerca del fútbol.
—Bueno, veo que es imposible razonar contigo. Yo me voy.
—Vete. Y no me vuelvas a hablar en la vida. Negro de mierda.
El otro anciano empezó a caminar para abandonar el campo de fútbol. Quienes le conocían siempre habían dicho que si algo le definía por encima de cualquier otra cosa eso era su fuerte temperamento, su escaso autocontrol. Sin embargo, no le gritó puto moro de los cojones al anciano. Se le pasó por la cabeza y la tensa situación y su carácter temperamental no ayudaban a que el silencio fuera su respuesta final. No obstante, se contuvo. Fue capaz.
Casi saliendo ya del rectángulo de hierbajos, a una distancia que de haber alzado la voz el anciano le habría podido oír perfectamente, se detuvo un instante. Pensó en decirle que el frisball no estaba tan mal. Que incluso era más ágil y espectacular que el fútbol. Que a lo mejor podían construir algo nuevo y diferente en torno a ese deporte.
Pero, al momento, el otro anciano pensó que menuda tontería. Como el fútbol nunca ha habido nada, a quién quería engañar. Era igual de absurdo construir algo con el anciano en torno al frisball que ceder en cuanto a echar esa última pachanga con él.
El otro anciano reanudó el paso hasta desaparecer por completo en la oscuridad dirección al hotel.
Este relato forma parte del volumen Duelos patológicos, publicado por Libros Walden
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