Cines

Otro cine español en 20 películas de culto

Sirva este listado de películas para que quienes quieran adentrarse en un cine adelantadísimo a filmografías de otras nacionalidades y particular hasta decir basta.

6 de mayo 2026


Hay una serie de películas españolas que siempre copan las listas de mejores pelis que se hacen cada cierto tiempo y de forma recurrente en la prensa especializada de este país. Hay, también, una sensación de estar asistiendo una vez tras otra a una misma lista con distintos autores al cargo de su elaboración y diferente fecha de publicación. Un constante deja vu que reduce el parque fílmico español de rarezas y joyas a Arrebato, El Espíritu De La Colmena y otras tantas películas sobadísimas que, sí, son buenas, pero que ya cansa ver el desconocimiento generalizado de bizarrismo que existe en el cine de este país y la nula capacidad de apostar por otros filmes.


No me cansaré de defender el cine español como uno de los más alucinantes y arriesgados que existen, y creo que repetir una y otra vez el mismo listado de películas (con ocasionales novedades) va en demérito no tanto de nuestro parque fílmico (que siempre estará ahí para quien quiera darle una oportunidad) como del arsenal de tuercebotas que escriben para El País, Cahiers/Caimán, Fotogramas, Rockdelux y demás entidades encargadas de las listas en cuestión.


Sirva este listado de películas para que quienes quieran adentrarse en un cine adelantadísimo a filmografías de otras nacionalidades y particular hasta decir basta (por cuestiones de cada producción, por la idiosincrasia española, por lo que sea) tengan por donde comenzar a ver que el cine español es mucho, muchísimo más que los mascados clichés que dicen aquello de que aquí sólo se han hecho “películas de la guerra civil y cine de Pajares y Esteso”.




CUERPO EN EL BOSQUE (Joaquím Jordá, 1996)


La única ficción que hizo el gran documentalista Joaquím Jordá. Un policiaco rural con una mala hostia tremenda en el que daba palos a los nacionalismos, a las fuerzas vivas, al racismo y a la endogamia de las comarcas que se repliegan sobre sí mismas. Y todo facturado con la apariencia de una mezcla imposible entre Twin Peaks y aquella joya imbatible de los dilemas morales chungos que fuese El Cebo (Ladislao Vajda, 1958). Rossy De Palma hace el papel de su vida como guardia civil que en realidad es una inversión de sexo en esos míticos personajes secos, taciturnos y de dudosa moral que protagonizaban las grandes obras de Dashiel Hammett y otros tantos gigantes de la novela negra.



ANIMIA DE CARIÑO (Carmelo Espinosa, 1996)


Una película única. Varios años anticipada a las reivindicaciones feístas de Tim Heidecker y Eric Wareheim y dos décadas por delante de Lanthimos (su Alps (2011) es, básicamente, un remake inconfeso) y quizá, por esa condición de pionera que llega con tanta distancia a favor respecto de quienes la siguen a rebufo en forma y fondo, incomprendida y defenestrada en su momento y desconocida en la actualidad. Una de las comedias más amargas que existen sobre las relaciones humanas. Una de las marcianadas más perfectas sobre la necesidad de cariño y el drama de no encontrarlo o, peor aún, la tragedia de que éste te sea vetado.



INMOTEP (Julián Génisson, 2022)


Julián Génisson es, junto con Miguel Noguera, una de las mentes más increíbles del panorama artístico nacional. Sorprendente pero nunca hermético, ese giro tras la lógica que damos por sentada en infinidad de cosas y que lleva a convertirlas en ilógicas o aberrantes siempre está ahí él para darlo. Inmotep es un prodigio de cine experimental no muy alejado de las maravillas de Cecelia Condit que, en cierto momento, decide abrazar el horror cósmico. Y ahí que nos deja a todos los espectadores, con nuevos miedos que no sabíamos que teníamos por considerar nuestra existencia analógica inmunizadora ante las trampas metafísicas de lo digital.



EL ELEGIDO (Fernando Huertas, 1985)


No es fácil hacer El Show De Truman 20 años antes que Peter Weir y, encima, sabiendo que al espectador medio le resultará difícil identificarse con Jim Carrey y sus cucamonas, mejor recurrir en aras de la credibilidad al actor que mejor ha representado al español medio, al currela estándar: José Luis López Vázquez. Un auténtico delirio donde es imposible que el espectador no se identifique con esa expresión de horror de López Vázquez ante los continuos glitcheos de la realidad y también piense para sí mismo “a mí me están grabando”.


MAÑANA SERÁ OTRO DÍA (Jaime Camino, 1967)


Quizá la película más peculiar del subgénero “flujos migratorios intra-peninsulares” de todas cuantas se han hecho en nuestro país. Y es peculiar por dos sencillas razones: una, que no omite drama en las duras situaciones que han de enfrentar sus protagonistas ni mucho menos evade tener que hablar de cuestiones por lo general obviadas en otras películas similares de su época, mostrando claramente pasajes de prostitución y delincuencia sobrevenida para poder comer caliente. Y dos, que en ningún momento juzga ni sienta un mensaje disuasorio; termina siendo una película extrañamente optimista pese a mostrar vidas truncadas, en cierta manera algo muy semejante a lo que de aquellas hacía Paul Morrissey o al cine actual de Sean Baker.



HÉCTOR, EL ESTIGMA DEL MIEDO (Carlos Pérez Ferré, 1984)


Una película extraña que pasa de ser una especie de Tasio (Montxo Arméndariz, 1984) exacerbado en cuanto a hablar de la dureza de la vida agreste y sus peculiares supercherías (que no evita mostrar de forma explícita actos de bestialismo) a un inesperado folk horror cercano al gótico italiano de La Casa De Las Ventanas Que Ríen (Pupi Avati, 1976). Una especie de folk horror levantino con una atmósfera sórdida y opresiva bastante inquietante y que sirve para poner en valor ese cine autoral casi involuntario que hacían Carles Mirá y el propio Pérez Ferré con una facilidad pasmosa y que, de alguna manera, anticipó a quien mejor supo plasmar el carácter chocarrero y excesivo de los españoles por esa influencia del Mediterráneo: Bigas Luna.



RINCONES DEL PARAÍSO (Carlos Pérez Merinero, 1997)


La única película que dirigiese uno de los mejores autores de novela negra españoles, un grande que también vio adaptadas varias obras suyas a la gran pantalla (Bajo En Nicotina (Raúl Artigot, 1984), sin ir más lejos, adaptaba con no pocas variaciones socarronas su sensacional novela El Ángel Triste) y que hizo no pocos guiones para la serie de crónica negra española La Huella Del Crimen (VVAA, 1985-2010). Una película que, de tan seca en sus diálogos y hierática en sus planos de tiro fijo inamovible, convierte cualquier obra del primer Michael Haneke en un blockbuster del Michael Bay más neurasténico en comparación. Una obra que se aproxima a los teoremas sobre la imagen y las grabaciones de vídeo enarbolados por el Atom Egoyan de sus primeras películas hasta parecer casi un anexo apócrifo de tan bien que lo ha asimilado y re-interpretado



THE BIRTHDAY (Eugenio Mirá, 2004)


Quizá la película más “experiencia” que se haya hecho jamás en España. Si no entras en ella te dará igual ese extraño crossover entre el Universo Amblin y el Universo David Lynch que parece vertebrar su narrativa. A lo mejor hasta te molesta el carácter pusilánime del protagonista, no muy alejado del Peter Sellers de El Guateque (Blake Edwards, 1968). Pero como sintonices con lo que pasa, si por alguna razón despierta interés en ti lo que le está ocurriendo al protagonista, es una película que será un auténtico tren de la bruja con un final apocalíptico y catárquico que jamás olvidarás.



MI HIJA HILDEGART (Fernando Fernán Gómez, 1977)


Rafael Azcona y Fernando Fernán Gómez haciendo la película definitiva sobre uno de los hechos más fascinantes de la historia de este país, el delirio utópico, eugenésico y socialista de una madre más demiurgo en modo Doctor Frankenstein que progenitora sobre no una hija, sino lo que consideraba su creación. El caso de la niña Hildegart, el prodigio sociata y feminista al que su madre decidió asesinar en cuanto el proyecto de persona por radiocontrol tuvo intenciones de ir por su propia senda, de tener autonomía. Un pepino de película al que, lejos de lo que se dice, el aire teatral de la producción le da un aire Fassbinderiano que le va que ni pintado a una historia que a buen seguro habría fascinado al propio Reinier.


TENEMOS 18 AÑOS (Jesús Franco, 1959)


La primera película de Jesús Franco, legendario y prolífico autor, posiblemente junto a Ignacio F. Iquino el que mayor número de pelis tenga registradas como director en este país, no me cabe duda de que, si hubiese sido francesa, hoy día tendría la fama de Al Final De La Escapada (Jean Luc Godard, 1959) solo que multiplicada por diez. Es el ejercicio de cine más libérrimo que se haya hecho en este país, un cómic viviente que, pese a su apariencia juvenil y pop, habla de encrucijadas vitales y lo amargo que es pasar de las despreocupaciones juveniles a lo que define la vida adulta: la toma de decisiones que llevan por unos caminos y nos apartan de otros.



UNDO INFINITO (Álex Mendíbil, 2013)


Precisamente una obra firmada por el mayor experto mundial en Jesús Franco y también quien más sabe de cine ignoto nacional. Una película que comienza sampleando durante casi diez minutos otra de serie z (Escuela Satánica Para Señoritas, (David Lowell Rich, 1973)) y, de ahí en adelante, se convierte en una especie de Berberian Sound Studio (Peter Strickland, 2012) en el que su protagonista asiste con la cabeza hecha hummus a cómo se entremezcla y difumina lo real y la ficción que tiene que restaurar digitalmente. Posiblemente la primera película que trata del colapso mental inducido a causa de las interferencias de lo digital en las mentes humanas, algo muy McLuhan y muy Videodrome (David Cronenberg, 1983)



LOS FIELES SIRVIENTES (Francesc Betriú, 1980)


Una de esas joyas post transición hechas con cuatro duros en una única localización, una mala hostia tremenda en su guión y una protagonista comiéndose la pantalla de lo que borda su papel, en este caso la siempre magnífica Amparo Soler Leal. Una de esas pelis en las que, en vez de incurrir en lo fácil de darle palos a la patronal, a la herencia franquista y demás (que era el sota caballo rey habitual) elementos fáciles de cargar todas las culpas del estado de las cosas sobre ellos, se tenía en valor de hablar de la lucha de clases pero pintando a la clase que ni muy pobre pero desde luego que tampoco dominante como una lacra todavía mayor que la clase dirigente por ese aspiracionismo capaz de hacerles pisar a sus semejantes por un hueco en el ascensor social antes de que se cerrasen las puertas. Y, encima, con una premisa muy El Ángel Exterminador (Luis Buñuel, 1962) en cuanto a qué les lleva a estar todos encerrados en la casa de los señoritos matándose entre ellos.



ESPÍRITU SAGRADO (Chema García Ibarra, 2021)


Podría decir que es Bresson meets Charles Fort. Podría decir muchas otras cosas. Pero sólo diré que en lo que llevamos de Siglo XXI no se ha hecho un final igual al de esta película.


DANIELA FOREVER (Nacho Vigalondo, 2024)


Si con Colossal (2016) parecía haber tocado techo el cine de ideas a lo The Twilight Zone (Rod Serling, 1959) de Vigalondo, hace poco sorprendió con un film de nuevo con una idea detonante espectacular y un desarrollo francamente incómodo en cuanto a los jardines en los que decide meterse. Daniela Forever es “la nada” de La Historia Interminable (Wolfgang Petersen.1984) devorando todo lo que se le pone por delante a la manera de una depresión por duelo que penetra en la realidad pero, también, algo mucho peor aún y que le pone en la cara a los espectadores: los caprichos y los sesgos de cómo nuestros mecanismos mentales moldean a nuestros seres queridos y el recuerdo que de ellos tenemos hasta convertirles prácticamente en otros entes que nada tienen que ver con ellos.



ENSALADA BAUDELAIRE (Leopoldo Pomés, 1978)


La única película del fotógrafo y publicista Leopoldo Pomés se puede ver de dos formas: para lo que fue concebida de base, que no es otra cosa que una explotation de sadismo y lujo, y como la reflexión sobre el fetichismo de la mirada y la pulsión escópica que le dio en el guión el gran Román Gubern, posiblemente la cabeza más preclara de este país en cuestiones de análisis de medios audiovisuales y comunicación. Luego está la tercera vía, que es la que asumió Michael Haneke: ver el film tomando notas de todo para luego plagiarlo sin rubor en Funny Games (1997 y 2007)



TAMAÑO NATURAL (Luis García Berlanga, 1974)


La película más desconocida e infravalorada de ese dúo gigantesco que fueron Berlanga y Azcona, a la sazón responsables de la mejor trilogía de la historia del cine: la de los Leguineche. Ni Star Wars ni leches: La Escopeta Nacional, Patrimonio Nacional y Nacional III. Una película malsana, triste, décadas por delante de muchas otras archiconocidas donde la gente sustituye sus relaciones humanas por las que procuran muñecos de látex (o IAs parlanchinas a lo Her (Spike Jonze, 2013) que tanto da lo uno que lo otro para la función que cumplen en cuanto a abandonar la socialización con humanos los protagonistas de las ficciones) y que parece denotar que a Rafael Azcona le había dado un ataque de misantropía severo si nos atenemos a cómo abandona aquí la simpatía que siempre permitía que despertasen Leguineches y otros esperpentos humanos para hacerlos 100% patéticos, al igual que los tarambanas pantagruélicos de La Gran Comilona (Marco Ferreri, 1973)



EL HOMBRE PERSEGUIDO POR UN OVNI (Juan Carlos Olaria, 1976)


Perdón por sonar nazi, pero he aquí un auténtico triunfo de la voluntad. Juan Carlos Olaria, sin más conocimientos técnicos de cine que los necesarios para saber que en el Fotoprix hacen fotos de DNI, no permitió que esto obstruyese su firme deseo de hacer una peli de fantaciencia y nos regaló a todos los espectadores españoles una película delirante a la que es imposible no tenerle cariño una vez vista pese a sus acusadas torpezas. Total, vemos cosas peores en las salas cada vez que Carla Simón estrena una peli y nadie se atreve a decirle a la muchacha “ya esta bien, hija de puta”. El cliché es decir que Olaria es nuestro Ed Wood, pero el afamado director travestí yanqui jamás logró lo que Juan Carlos: una imagen inigualable en cuanto a su iconicidad, la del Simca interestelar. Leyenda de la psicotronía española.


FINISTERRAE (Sergio Caballero, 2010)


La película más apabullante en lo visual de este país, con permiso de las de Val Del Omar. Una obra a ratos metafísica y a ratos mamarracha que vendría a ser un poco lo que podría hacer Oliver Laxe si tuviese un poco de humor y no se tomase tan en serio a sí mismo: Sergio Caballero, gracias a Dios, no considera que una película tenga que ser el primer plano de Luis Tosar en el funeral de un ser querido para que se la pueda tomar en serio, y allá a quien le parezca que los descargos humorísticos y surrealistas de este film enturbian por las partes el todo que suponen. Es como ver una película del Philipe Garrel más esotérico pero sin tener que soportar al Philipe Garrel más turras. Una cosa única a la que, precisamente, ese humor ocasional termina de imbuirle esa sensación de no tener nada que se le compare: sin esas digresiones lol no sería ni la mitad de especial que es.


LA PATRIA DEL RATA (Francisco Lara Polop, 1980)


Una película del así llamado cine quinqui que abre con el atraco a una sucursal filmado en fotofijas, a lo fotonovela, a lo La Jetee (Chris Marker, 1962). Y que pone de vuelta y media a todo aquello que se llamó “transición modélica” con la excusa de un pobre diablo al que usan todas las nuevas formaciones de nuestra nueva democracia para hacer trabajos sucios y que, tras la Ley De Amnistía, buscando le devuelvan los servicios prestados, los favores hechos, ve como le dan con la puerta en las narices absolutamente todas las formaciones con representación parlamentaria. Abocado a reincidir en la delincuencia para comer caliente, se ve sitiado en una casa junto a una rehén, una niña que está pochita. Y ahí el guión del gran (y muy afín a la ultra-derecha de Blas Piñar) Manuel Summers sigue dando palazos a periodistas, fuerzas del orden y absolutamente cualquier persona que se persone por la casa tomada, teniendo piedad sólo con el delincuente, al que le permite un último acto de redención.


CRESPIÁ, THE FILM NOT THE VILLAGE (Albert Serra, 2003)


Albert Serra es el mejor pero, por algún extraño motivo, parece denostar su primera película, esta sublime Crespiá. Un musical en el agro, en medio de las festividades de una comarca catalana. La gente baila y bebe y saca la silla a la fresca para darse la razón y quitársela unos a otros entre los cantos de los grillos y de las chicharras. Y todo es jolgorio y alegría de vivir hasta que pasa algo. Y ahí Lluis Carbó brinda y se rinde tributo al que ya no está pero nadie, bajo ningún concepto, juzga las decisiones de terceros.

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