“Tú y yo y todos los demás” también estamos solos
Miranda July está sola. Tú estas solo. Yo estoy sola. Y todos tenemos miedo.
1 de abril 2026
Por La Quimera
1 de abril 2026Miranda July está sola. Tú estas solo. Yo estoy sola. Y todos tenemos miedo.
Por María Mieres
El chat de Terra. El teléfono de la esperanza. Instagram. Ir a misa (¿?). El Tinder. Apuntarse a un cineclub. Ir al Bingo. El club del running.
No sé, a veces estar sola es terrible. Otras no, eh. Llegar a casa un día y poder cenarte un cola-cao con galletas sin dar explicaciones a nadie es también maravilloso. Es una bocanada de libertad. Es casi hasta un morreo acrobático que te voltea el estómago como cuando te subías al Dragon Khan o tu padre conducía por Castilla esas interminables, y en alguna ocasión, sinuosas carreteras que te sacaban del letargo anodino en la parte de atrás del coche.
Buscamos herramientas para mantenernos a flote. Para sentirnos acompañados. Algunos encienden la tele o la radio todo el día (un ronroneo conciliador que subyace al fondo de nuestros días). Otros publican stories de lo que acaban de cocinar o de leer, ansiando la compañía del like, o viven en rondas infinitas de cafés y vinos con “recent matches”. Otros pasean al perro en comunidad. Yo qué sé. Hacemos lo que podemos ¿no?
Miranda July sabe mucho de estas cosas. De rascar en las entrañas de lo que significa la soledad. Me and you and everyone we know explora las relaciones humanas, individuales y colectivas, visitándolo desde el particular prisma que son los ojos de Miranda. Pero la verdad, dejadme deciros algo: aquí hay una visión mucho más universal de lo que todos y todas pensamos. Hay una ternura que nos resulta familiar. La ternura y la miseria de esas pequeñas cotidianidades que suponen transitar la soledad. Encontramos en esta película una taxista de abuelos (trabajo al que absolutamente aspiro en los próximos años) también una artista que lucha por ser descubierta en esa jungla de ciudad llamada Los Ángeles y que acaba enamorándose de un dependiente de zapatería recién divorciado cuando le ofrece probarse un par de Nikes azules. Encontramos a una pareja de ancianos, usuarios de ese taxi, que vuelven a encender la chispa de una vida sexual completamente devastada. Encontramos que exploran el despertar sexual a través de chats, excursiones y acosos. Encontramos niños y niñas que acaban utilizando los chats que sus hermanos mayores se dejan abiertos y que , en su propio universo, los abusos de poder que observan en sus padres: en un patio de colegio o en un césped donde poder tumbar a más niños, cebarles a ganchitos y obligarles, sin rechistar, a piar como pollitos. Encontramos personajes diversos (niños, ancianos y adultos), que tienen dos denominadores : la soledad y la supervivencia. Sobrevivir antes y sobrevivir ahora supone hacerlo en un mundo preparado para las parejas o las familias de tres o cuatro integrantes. Han pasado veintiún años de esta película pero podría haber sido grabada ayer mismo. El paradigma no ha evolucionado demasiado. La soledad importa pero pienso que tampoco ha sucedido nada realmente provechoso para integrarla en nuestras rutinas emocionales. Robots del individualismo. Digo esto porque a veces tiramos la toalla con ese último detalle de nuestros compañeros de vida: no soportar que deje abierto el brick de leche en la nevera; no soportar sostener una relación a distancia; no soportar que todos los sábados por la mañana tenga que ir a jugar al pádel; no soportar la condescendencia con la que habla a esa camarera posa en la mesa el pincho de tortilla; no soportar que el deseo se haya convertido en ser “compañeros de piso”; no soportar que te deje en leído y el tiempo sepulte tus palabras y emociones sin una respuesta de vuelta. No soportar. Y cuanto menos soportamos, más caminamos hacia el individualismo robótico.
Está bien ¿eh? Supongo que no hay nada ni bueno ni malo. Igual estos nuevos tiempos que nos tocan transitar están más centrados en el autofoco personal e individual. En concentrarnos en quiénes somos, a qué hemos venido aquí, qué queremos vivir. En no vernos empujados hacia esa rueda loca que nuestros abuelos y padres vivían y que consistía en correr mucho sin perder el equilibrio para casarse, tener hijos, comprarse un apartamento de 90 metros cuadrados, limpiar llantos y culos, tener un coche berlina, veranear en Sanxenxo, abrirse un buen vino de vez en cuando y dejar de tener sexo a los cuarenta y cinco. La verdad es que en esta película Miranda y todos sus personajes soportan bastantes cosas pero sobre todo soportan una en concreto: miedo. Miedos a cerrar la puerta de casa y quedarse solos con sus coladas, sus pelusas debajo de la cama, su apetito sexual no saciado, todo el saco de ilusiones que pasa por delante de la cara sin cumplirse, sus deberes de matemáticas o historia, su escalera hacia la muerte o desgaste de vida. Toda la vida hemos sido educados hacia la carrera del emparejamiento y la formación de una familia. Toda mi vida he sentido, siendo mujer, que mi rol no es completo si no me caso y procreo. Puedo escribir libros, hacer bandas sonoras, publicar discos, escalar siete montañas, ganar un triatlón, hacer voluntariado en El Congo y curar enfermedades de cientos de niños, hacerte la declaración de la renta y ahorrarte unos cuántos euros cada junio, escucharte, apoyarte, sostenerte, abrazarte cuando tienes uno, dos o tres problemas, pero, si no tengo pareja o hijos, parece que no es suficiente. Parece que el círculo no termina de cerrarse para esto que llamamos sociedad y que somos todos nosotros incluido tú que me lees. Si hay una palabra que oigo mucho a mi alrededor es “tranquilidad”. Las personas queremos estar tranquilas. No sé si la fórmula es conviviendo bajo las mismas sábanas o techo con otro individuo/a y dejando efectivamente de tener sexo a los cuarenta y cinco. O si es viendo cómo se te pudren las bolsas de rúcula y canónigos en la nevera porque vives sola y si fueras un caballo podrías comerte 300 gramos de verde en una noche para que no se caduquen. Yo todavía sigo investigando cuál es. Por favor, avisadme si llegáis antes que yo a ella. O si no, tendré que preguntarle a Miranda.
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