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La edad que tengo

La devota adoración del ahora

30 de marzo 2026


Hay una escena en la cuarta temporada de Sexo en Nueva York en que Carrie y Miranda discuten sobre maternidad en la sala de espera de una clínica de abortos. Miranda está a punto de interrumpir su embarazo porque cree que no está preparada para ser madre, que es demasiado pronto, que no tiene tiempo para un bebé y que aún le queda mucho por vivir antes de meterse en semejante entuerto.


Pero entonces duda: ¿y si me despierto con 43 y me encuentro con que mi único ovario decente ha tirado la toalla y no puedo tener hijos? 43 es su scary age, así la llama. La de Carrie son los 45. Si las cuentas no me fallan, las protagonistas deben tener unos 35 años en aquel episodio. Recuerdo verlo por primera vez y pensar: miranda, no tienes otros ocho años para tomar esta decisión. Así fue como descubrí que mi scary age son los 35.


¿Cómo es posible? ¿De dónde viene ese número? ¿Por qué me persigue la certeza indiscutible de que solo me quedan un par de años para poner mi vida en marcha? Y, en cualquier caso, ¿Qué significa exactamente poner mi vida en marcha? ¿Y cuántas de esas creencias de lo que supongo que significa hacerse adulta me pertenecen?

En el último año, una amiga ha dado a luz, dos han anunciado su primer embarazo y otras dos su segundo, tres me han invitado a su boda, al menos cuatro han congelado óvulos y alguna que otra se ha comprado un piso. Sí, las he contado. Y sí, estoy segura de que me estoy olvidando de alguna.

Mientras tanto, yo vivo de alquiler, estoy soltera y no tengo hijos, ni intención de congelar óvulos. ¿En qué lugar me deja eso? ¿Y cómo lo percibirán los demás? ¿Pensarán que soy una rebelde o que no se me ha presentado la oportunidad? ¿Cómo lo percibo yo misma? ¿Me siento dueña de mi vida o arrastrada por las circunstancias? ¿He tomado las decisiones que me han traído hasta aquí?

Pienso primero la vivienda: ¿Quiero comprar una casa? Mentiría si dijera que no. Pero durante muchos años tuve una discusión recurrente con mi padre en que él me explicaba las bondades de la propiedad mientras yo le rebatía que no quería atarme, ni endeudarme, ni cometer los mismos errores que había visto cometer a ellos.

Si todas esas cosas que le respondía cada vez que me insistía en que alquilar es tirar el dinero son ciertas, entonces ¿Qué ha cambiado? ¿Y por qué? ¿Quiero una casa o quiero la seguridad de tener dónde caerme muerta en este mundo aterrador lleno de incertidumbre y de guerra? ¿quiero comprar un piso o quiero sentir que pertenezco a un lugar, que me es posible echar raíces, que puedo encontrar (y comprar) mi lugar en el mundo? ¿quiero una propiedad o una prueba palpable de que estoy avanzando en la vida, cumpliendo hitos?

Porque lo cierto es que he tenido la oportunidad de comprar. No solo la oportunidad: he tenido una hipoteca aprobada y un contrato de arras listo para firmar un compromiso a cuarenta años con un piso a las afueras de las afueras de Lisboa. He tenido todo eso y he decidido renunciar a ello. porque no quería atarme, ni endeudarme, ni cometer los mismos errores que había visto cometer a mis padres. Y aún así aquí estamos, unos cuantos años después entrando a cada anuncio de idealista que me llega en uno de esos correos de notificaciones y recomendaciones varias y decepcionándome en cada intento.

Pienso también en la soltería, en el sentido más técnico de la palabra (soltero es el que no se ha casado). Nunca fui una niña que soñara con vestirse de princesa, pero sí fui una universitaria que contaba con casarse antes de los 30 en los jardines de la Ermita de Nuestra Señora de La Lanzada. Miro atrás y no me parece que tuviera un deseo sincero de comprometerme en sagrado matrimonio, pero era algo que daba por hecho: algún día, sería una mujer casada.

Unos cuantos años y unas cuantas decepciones después, mis planes han cambiado por completo. Hoy, por muchos motivos en los que no voy a entrar, no me gustan las bodas. ¿Me he vuelto una cínica con los años? ¿O sencillamente no van conmigo? ¿No lo quiero para mí porque siento que no lo merezco? ¿O porque va en contra de todas esas cosas que defiendo y en las que creo?

Sería rotunda en mi respuesta, pero hace una semana estuve en la boda de Emily y Jesús y descubrí otra forma de vincularse, de comprometerse y de jurarse amor eterno que me hizo recuperar un poquito de fe. Fe en la ternura y en los afectos, en la presencia y en los cuidados. Y en todas esas otras formas de construir en pareja desde la seguridad y el respeto y la calma.

Pienso por último en la maternidad. Esta es la duda que peor llevo, porque uno puede comprar un piso o celebrar una boda a cualquier edad pero, ¿Qué hay de tener hijos? Según cuenta mi madre, cuando yo era pequeña decía que quería una familia muy grande. Que me daba pena tener solo un hermano, porque por muchos hijos que él y yo tuviéramos nunca crecerían con tantos primos como nosotros. Imaginaba para ellos unas navidades tristes y aburridas. Y míranos ahora.

No nací con el deseo de ser madre. No soy de esas mujeres que tienen claro que su propósito en la vida es traer más vida al mundo. Los niños no me producen ternura, no sé relacionarme con ellos, ni hablar con ellos, ni jugar con ellos. No soy una persona maternal, no disfruto especialmente de dar cuidados, y me considero demasiado egoísta como para sacrificar ciertas cosas.

Además, todos los motivos que se me ocurren para plantearme la maternidad me parecen cuanto menos cuestionables: el miedo a la vejez, a la soledad; el miedo a arrepentirme de no haber tenido hijos, a darme cuenta de que no he tomado las decisiones correctas, a llegar tarde; el miedo a tener una vida insignificante, a no trascender, a perderme por el camino; el miedo a no exprimir la vida al máximo, a no experimentar un embarazo, un parto; el miedo a morir sin conocer ese amor último y superior que le de sentido a todo.

Entonces me pregunto cuántos de estos miedos son míos y cuántos son de la edad que tengo. Cuántos he heredado y cuántos he aprendido de los anuncios de las clínicas de fertilidad que me recuerdan una y otra vez que estoy a punto de marchitarme. Cuántos están atravesados por una cuestión de género. Y cuánta de esta angustia por tomar las decisiones correctas y tomarlas a tiempo viene de haber aprendido que el valor de mi vida es algo estanco y depende directamente de mi valor como mujer.

El único antídoto que he encontrado contra toda esta incertidumbre ya lo había descubierto Sylvia Plath hace unos cuantos años: disfrutar del presente como si acabara de empezar a vivir. No como si todo se fuera a terminar el día que cumpla 35.


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