Las bodas antes eran un planazo. Me encanta ponerme guapísima, juntarme con gente random de todas las edades y dedicarme un día entero a hacer lo que mejor se me da: comer, beber, bailar y fumar. Un plan sin fisuras, hoy convertido en ruina.
Que te inviten es una putada multilateral: para ti, para tu cartera, para tu armario y para tus días de vacaciones. No quiero decir explícitamente “no me invitéis”, pero si no hemos hablado en los últimos años, por favor, no me invitéis. Es que no quiero ir. Me da igual que te cases y, lo más importante, no te quiero hacer un Bizum.
Si voy es porque abrazo el delirio febril que supone casarse en este día y siglo. Si me caes bien, yo te animo en tus episodios maníacos. Me parece súper romántico creerte que vas a estar con alguien tanto tiempo como para querer elevarlo a escritura pública. Es chulísimo encontrar a alguien con el que te quieras gastar 40.000€ en una fiesta. Es mi tipo de trastorno mental: “te quiero, vamos a pedir un crédito juntos”. A tope.
Endeudarse para esto me parece un indicador de recesión económica. Financiar el consumo es la prueba irrefutable de que la industria es tanto una burbuja como una mina de oro. Pensaréis que esto es una exageración, que la gente no está tan malita. Bien, pues el BBVA ahora mismo ofrece “préstamos para bodas” de hasta 75.000€. Setenta y cinco mil pavos.
Según su web, la carga financiera de una boda “puede ensombrecer la alegría y la euforia de los que dan este gran paso. El objetivo último del enlace es crear problemas y quebraderos de cabeza que mermen las ganas de darse el “sí, quiero”. Y punch. Tú esto se lo cuentas a Michael Burry y le da un ictus.
Nadie habla de que, a este paso, los que también vamos a tener que pedir el préstamo seamos los invitados para legitimar esta ida de olla. Casarse me parece una paranoia en general, pero ahora las vivo desde la rabia. Cada invitación que recibo la leo un poco así:
“Vamos involucrar al Gobierno o, peor, a la Iglesia en nuestra relación. Nos casamos por la Iglesia porque es más bonito. Cógete días, porque es en Comillas, aunque ambos somos de Torrelodones. Habrá pre-boda, así que reserva también el día de antes. Ah, y la despedida de soltero es fuera de España. No, el alojamiento y transporte corre a tu cargo. Te hemos hecho testigo así que alquílate un chaqué. Vente con un vestido por debajo de la rodilla que no favorece a nadie. Por cierto, menos de 150€ por cubierto es de rata”.
Todas las invitadas lucen así.
Pero te plantas ahí. Te plantas en todas, porque no tienes huevos a decir que no vas porque no te sale de los cojones dejarte 500€ en eso. No te atreves a decir que no conoces al novio, que no has hablado con la novia en un lustro y que, de hecho, has visto en RRSS que defiende a Israel.
Son todas iguales, todas carrilleras y tarta árabe. Son una extraña competición entre novios por ver quién la tiene más grande. Como si su sueño desde shiquititos fuese cambiarse tres veces de vestido, instalar un puesto de ostras, un fotomatón, un megatrón, un negro tocando una versión de Avicii con el saxo. Todo para legitimar darte una invitación en papel carísimo con el IBAN debajo del RSVP. Cuando, encima, igual la boda no la pagan ellos.

Una vez llego, voy con la misma mentalidad con la que voy a un buffet libre: voy a comer y beber hasta rentabilizar mi inversión. Voy con todo. Voy a probar todos los puestos y los voy a juzgar. No pido tuppers por decoro. Voy a sonreír, cuando el cuñado me diga que “sale más barato hacerme un traje que invitarme a cenar”. Claro que sí, José Ramón. Tráigame otro mojito, que este se me ha aguado.
Voy pensando que ahí está mi próximo amante. Pero, por lo general, no. Lo que te encuentras es a ese señor gordo de sesenta y pico, con cara de que se ríe con Leo Harlem. Ese que te mira desde la barra, como si quisiera preguntarte el color de tu ropa interior, pero como “hay que tener cuidado, porque hoy a la mínima las feminazis te denuncian”, se limita a decirte que “él te conocía desde que eras un bebé”. Mientras, te mira las tetas.
Ojo, no confundir con el señor que se cree el más original del garito por decirte que “no te pongas tacones tan altos, que no los necesitas”. Ese que, para entablar conversación, te recuerda que no vas cómoda, o directamente te suelta que “así vas a espantar a los hombres”. Señor, no me ofenda. Eso también lo hago descalza.
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Son las seis de la tarde y todavía no te has sentado a comer. Ya vas en coma, por eso del ROI. Has tenido tres conversaciones bochornosas, perdido las horquillas y chinado el traje que te prestaron. Borracha, participas en la gymkhana de encontrar tu mesa –que tendrá un título supuestamente divertido– para comprobar que te han colocado con gente que te cae regular y que, para rematar, han asignado un “capitán de mesa”. Mátame.
Este vídeo para mí lo es todo
Resulta controvertido, pero yo admito que lo de agitar las servilletas cuando entran los novios me parece divertidísimo. Yo esa horterada la dejaba. Además, en la mesa siempre está la +1 de alguien, una tía completamente lobotomizada, que se hace la estúpida diciendo que “ella no sabe hacerlo”. Hermana en Cristo, es hacer círculos en el aire con un trozo de tela. Tú puedes.
Este rito es un experimento sociológico maravilloso. Siempre ves el pánico en los ojos de ciertos invitados, rehenes del protocolo nupcial. Ves cómo se tensan, humillados, cuando pasan los novios bailando entre mesas, repartiendo ramos de flores a sus amigas, mientras el resto de gilipollas aplaudimos durante lo que parece una eternidad.
El tema de los discursos ya me vuelve loca. Son todos iguales, con anécdotas que no hacen gracia, metáforas horrorosas y, lo peor, co-escritos por ChatGPT. “Para los que no me conozcáis, y tengo el honor de ser el hermano/mejor amigo del novio”. Claro que no le conozco. Yo no sé qué hago aquí.
Ansío que alguien se envalentone y diga la verdad. “Soy la mejor amiga y le recomendé 300 veces que dejase al novio”. “Soy su hermana y, de hecho, se lo dije en la despedida de soltera”. “Soy su socio y me lo follé hace un mes”. Eso sí que sería divertido. Los invitados nos grabamos un TikTok, como si fuese un gender reveal gitano, y decimos: “yo soy la tía y creo que se van a divorciar en dos años.”
Omito lo que opino de los bailes nupciales con Ed Sheeran, John Legend o Pulp Fiction. Tampoco entro en las coreografías que te hayan preparado tus primas, ni en el riesgo (bajo pero nunca cero) de un flash mob. No es que me parezca charca, es que me parece la fosa de las Marianas.
Después pasamos a la barra libre. Hay quienes ahora, encima, tienen la audacia de poner límite horario. Esto es un crimen de odio contra lo español. No sé qué será lo siguiente, pero hay que romper nuestras cadenas. Pero me da igual, si hace falta, pido los gin tonic de cuatro en cuatro y me preparo para el perreo más sucio que ha visto el tío Manolo. Y aparece el DJ.
Siempre es espeluznante. Un chaval en camisa, con cuatro decks, aunque en el mejor de los casos use dos. Él, recién salido de ESIC, preparado para darle al sync, reventar el fader, y poner un remix de 10min de canciones de reggaeton “antiguo”. Encima, el cabronazo, te dirá que no acepta peticiones.
La banda sonora equivale a ir de chaqué a las fiestas del pueblo y eso me encanta. No hay nadie al volante. Cada vez que suena Tacones Rojos o Happy de los minions me acerco un poco más a defender la eutanasia psiquiátrica. Da igual.
Todos andaluces si suena Fondo Flamenco. Antifascistas con Fiesta Pagana, imperialistas con Los Nikis. Abran el pogo en Pepas. Me subo a hombros de cualquiera en Samba de Janeiro. Le perreo Nochentera a tu prima de siete años o al divorciado que lleva la corbata en la cabeza. Formo la conga. Hasta el suelo, mientras la madre del novio saca los prohibidos: los de zumba. En tacones, me hago un sprint desde el baño a la pista si escucho Me rehúso. Apártese, señora, o la placo.
Después de comerme una recena que sólo refuerza la gula como pecado capital, voy dando tumbos al autobús asignado. Aferrándome a esas chanclas/alpargatas (si es que quedaban de mi talla), me planteo si las lógicas de “los guays detrás” que imperaban en la ESO siguen aplicándose aquí. Si consigo no vomitar, igual incluso hasta me apunto al after.
Llego al hotel, a mi casa, o a la de otra persona, con una sensación paradójica. Sí, me lo he pasado genial. Sí, estoy muy contenta por los novios. Sí, estaba todo buenísimo. Pero nunca diría que ha merecido 500€. Es que jamás merecen lo que cuestan. Jamás.
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Creo que somos legión los que nos sentimos así. Así que hoy, desde aquí, hago un llamamiento a la revolución. Camaradas, hay que empezar a manifestarse por nuestro derecho fundamental a no arruinarnos por las bodas. Vamos a las barricadas, a quemar algún contenedor. Desmantelemos este formato de boda. Acabemos con este delirio febril.
¡Invitados de todos los países, uníos!