Bárbara y Silvia se vieron por primera vez un marzo de 2018, estuvieron juntos y después se separaron. A Bárbara le encantaba la música clásica y cuando Rosalía sacó nuevo álbum Silvia se acordó mucho de ella y quiso hablarle para comentarlo to-do. No le habló, y escuchó en bucle Berghain para tratar de averiguar qué pensaría Bárbara toda esa historia. Sara llegó a Lisboa después de mucho tiempo y cada vez que escucha hablar portugués se acuerda de Joao, su amor de verano portugués. ¿Qué será de él? No tiene ni idea, tampoco es que quiera saberlo, pero está delante de aquellos azulejos que tanto le contó él y se acuerda, irremediablemente se acuerda. Pedro por fin leyó aquel libro de Carrère que le recomendó hace un año Julia y sonríe mientras lee y se dice a sí mismo que qué bien lo conocía. Ahora Julia está comprometida con otro. El otro día Alba empezó a quedar con un chico y el chico en cuestión es fanático de todo lo que tenga color azul, es su color favorito, ahora Alba irremediablemente ve azul en cualquier objeto y se acuerda de él. Alba le escribe y se lo dice. Qué tontería, el color azul. Qué tontería acordarse.
Es raro, porque me acuerdo de ti y yo ya no me acuerdo de nada si no está en un calendario, si no me lo sopla google. Ya no tengo por qué acordarme de cuando era que volvías, puedo buscarlo en la conversación de whatsapp, ya no tengo que acordarme de que te gustan aquellas láminas de aquel artista que te hace pensar que sabes algo de arte porque el algoritmo hará que me aparezca en la pantalla y yo esté a un click de comprarte eso.
Es raro porque me acuerdo simplemente caminando, caminando por cualquier otro lugar desconocido, paseando locamente, es decir, despacio y sin mirar el teléfono y encuentro una tienda, una casa de un escritor y quiero contarte que esto te habría encantado, que leo una frase o entro a un bar y me acuerdo de ti porque esta cerveza está más frío. Porque vi algo que pensé que te gustaría, porque sentía que te encantaría.
¿Es acordarse de alguien la mejor manera de quererle? ¿Es ese pensamiento cruzado y abrupto, extraño y pegajoso, una forma de amor? ¿Es esa invasión casi involuntaria poderosa como un te quiero? ¿Casi física como un beso? ¿Como si fuésemos presos de una persecución en la que no hay salida y es mejor rendirse?
Como si acordarse de alguien sin un chivatazo fuese eso que lo cambia todo. Como si se rompiesen las estrictas reglas del dating y te sorprendieses a ti misma sonriendo porque estás viendo algo, algo diminuto como un reflejo dorado que te hace pensar en el otro. No sabes de dónde viene, sólo lo ves. Ahí no puedes hacerte el interesante, te acuerdas y punto. No hay ningún ‘me acordé de ti’ falso (me niego a pensarlo ) y sin embargo, millones de ellos descansan en todo lo que no se dice.
Es algo así: me acuerdo de ti porque te presto atención hasta cuando no estoy contigo. Me importas, mi mente está inundada de las cosas que te gustan y me acuerdo de ti. Buf. Ha pasado. Y qué bonito es que se acuerden de ti, como si hubiese un resquicio en el mundo en el que los recuerdos no son nostalgia sino también vertebradores de un presente que se está ya inevitablemente creando.
Sin escapatoria, lo mejor es rendirse y decirlo.