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El arte de despachar
El barrio de San Carlos tiene en menos de cincuenta metros una escuela de vida
4 de febrero 2026
El barrio de San Carlos tiene en menos de cincuenta metros una escuela de vida
La tienda honda lleva toda la vida en el mismo sitio —al menos desde que tengo memoria—. Se llama así porque antiguamente tenía un pequeño escalón para entrar, de modo que uno compraba en las profundidades sin saberlo.
En su día la regentó Paco, un tipo algo malaje, seco. Cuenta la leyenda que un día un borracho se encaró con él porque no quiso venderle más alcohol, así que el tío le soltó un amenazante pero inofensivo “me he quedado con tu cara”. Después de aquello se decía que Paco siempre llevaba un palo debajo de la chaqueta por si acaso. Aunque vista y comprobada la dureza de algunas de las barras de pan a las que le daba salida bien podría haber llevado siempre una encima como arma.
Cuando Paco murió fue Rosa, su hija, quien se encargó de sacar adelante el negocio familiar que siempre saca de un apuro a cualquier persona del barrio. Porque ese ultramarinos de la calle Fermín Salvochea es como un tablón en medio del océano. Un comodín en la baraja que te ayuda a poder hacer una tortilla si son las doce de un domingo y te das cuenta de que no tienes huevos.
En esa misma calle en la que Rosa vende desde litronas hasta quitamanchas también habitan la frutería de Chico, el frutero más agradable de Cádiz, que en su día fue palmero de un grupito flamenco en una cadena de cruceros —casi nada— y la papelería Mío Cid, más conocida como Gonzalo, haciendo así referencia al nombre de su fundador, un señor de sonrisa infinita que te hacía las fotocopias con todo el cariño del mundo y que ahora la regentan sus hijas.
Casi sin quererlo, el barrio de San Carlos tiene en menos de cincuenta metros una escuela de vida. El arte de despachar. Un oficio. Una herencia que amazon no tiene. Un elogio a la educación ante todo; un “hola, qué tal” al matrero y un “adiós, gracias” al salir. Una vida de servicio a los demás que solo extrañas el día que pone en la puerta un letrero que dice “Cerrado por descanso”. Y aunque de primeras te duele, en el fondo recapacitas. Que digo yo que también se lo merecen, ¿no?
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