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El mesón Alfonso
No es obligatorio, pero sí recomendable, soltar un “buenas” con la boca medio cerrada a modo de saludo
21 de enero 2026
En un mundo en el que las cafeterías de especialidad y los gastrobares se van apoderando del entorno como una especie de alga gastronómica invasora, el Mesón Alfonso se mantiene firme como un establecimiento de los que no pasan de moda. Uno de esos bares de siempre que te hacen respirar profundamente su olor a plancha grasienta con los ojos cerrados para confirmar que la felicidad sabe a pringue y cebada.
En el Mesón Alfonso un tartar es un pastel de cumpleaños pero mal pronunciado. Aquella barra con su mostrador de tapas y sillas altas es un templo del cerdo, un punto de peregrinación para los vecinos del barrio que, pese a que cada vez hay mayor población de origen árabe, encuentran en este bar el último bache en el que parar a tomar algo. Porque junto a uno de los dos centros islámicos de la ciudad, las aceras de la calle Esteban Manuel Villegas se dividen por cultura y religión. Frente por frente se encuentran el lugar de peregrinación para los religiosos del cerdo hecho en todas sus variantes y el templo de los adeptos de Alá.
Aquí no vendría un guiri porque no aparece en ninguna guía que se precie, y en un mundo en el que cada vez se come más por los ojos que por la boca, se agradece. En este mesón se respira la España de las estaciones de servicio, la misma del mondadientes en la boca y cajetilla de tabaco en el bolsillo frontal de la camisa. Allí se venera al fútbol y a las tragaperras, al atleti y al pacharán; a la selección y a la prensa deportiva del día; al morro de cerdo, al número del barrio y al cartelito de “solo efectivo”; a la rejilla colgada de la pared con bolsas de patatas con la fecha de caducidad borrosa y el microondas de higiene dudosa.
Su gente hospitalaria te saluda, pero también te cachea con la mirada. No es obligatorio, pero sí recomendable, soltar un “buenas” con la boca medio cerrada a modo de saludo y posar el codo en la barra de manera silenciosa para que un señor con loncha, que no calva, te despache más por oficio que por beneficio. Y de verdad lo digo, nunca he probado un morrito de cerdo igual. Tampoco mi amigo Juanito, que es podólogo, y de morros no sé, pero de callos sabe bastante.
El único problema que tiene el Mesón Alfonso es que me pilla de camino a casa al salir del trabajo. Y claro, con ese morro frito a un euro no hay quien pise una mezquita.
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