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sus arrollo pa' allá
Chilló nuestro héroe de los juzgados de Plaza de Castilla
11 de febrero 2026
Los juzgados no suelen ser sitios bonitos. Las columnas se mantienen rectas gracias a los hombros de señores en toga hablando por teléfono con un maletín en la mano, y en el suelo se forman surcos producto de gente que no para de andar en círculos como un león enjaulado. Tan solo visité un par de ellos en mi etapa como estudiante de Derecho. Pensaba que aquello sería como Matar a un ruiseñor, pero seamos sinceros, allí nadie se parecía a Gregory Peck. En mi cabeza solo esperaba algo de civilización, y la realidad solo me enseñó ruinas.
Recuerdo que nada más entrar me dio la sensación de que nadie quería estar allí: ni el Guardia Civil de la puerta que se dedicaba a enseñarle memes al compañero, ni los mozos de dieciocho años que se rascaban la coronilla maldiciendo ser mayores de edad, ni sus familiares temblorosos; tampoco los abogados de oficio ni los jueces. Todas estas tribus se agolpaban como en un vagón de la línea 6 en hora punta mientras todos hacían cuentas con el reloj para ver si les daba tiempo a escaparse -al menos- diez minutos de aquel tétrico palacio de cemento para tomarse un café.
¿Por qué cuando los medios de comunicación siguen un culebrón mediático como el de Elisa Mouliaá e Iñigo Errejón parece que la vida de la gente normal y corriente tiene que esperar? Esa sería la pregunta de muchas de las personas que se encontraban dentro del juzgado, encerrados como si de un atraco se tratara. Espectadores de lo absurdo. Vividores de un confinamiento periodístico. Seguramente los trabajadores que tuvieron que desplazarse hasta allí no tenían culpa del alboroto que había montado a las puertas del juzgado, ¿pero saben quien sí que era, al menos en este caso, inocente? Sí, nuestro héroe gitano.
No sabemos si se apellida Cortés, Heredia, Vargas o Montoya. Lo único que nos quedó claro es que el justiciero de Plaza Castilla quería salir como fuese, por lo civil o por lo criminal -nunca mejor dicho-. Aquel hombre tendría muchas dudas, pero dentro de sus certezas, la que más pesaba era la de escapar de allí cuanto antes. Elisa Mouliaá pidió seguir hablando de su libro antes de dejar pasar a nuestro pastor, pero estaba claro que a él nadie le iba a ganar negociando: “¡O me dejáis o sus arrollo pa’ allá!”, chilló nuestro héroe. Y en ese instante el grito de Mel Gibson en Braveheart quedó en un susurro. Nuestro Moisés con compás abrió las aguas periodísticas escapando así de abogados de oficio, honorarios y asientos incómodos anclados a la pared.
Y más allá de la risa y el meme, el vídeo tiene su propia historia. La libertad guiando al pueblo. El pulso a los medios. Un acto de rebeldía. Una frase que, como todo en la era digital, se acabará yendo por el desagüe de la actualidad, pudiendo envejecer en barrica como las perlas de antaño.
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