Operación cacerola

Comenzó de imprevisto por culpa de un vídeo en el que mostraban el paso a paso para hacer un buen caldo casero

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Yo pensaba que hacerse mayor era otra cosa. No sé. Tener un coche, comprarse una casa o pasear un carrito de bebé junto a la mujer de tu vida, pero parece ser que no.

La vejez es como un vietcong con una bayoneta, te pilla por sorpresa en medio de la noche, pero en vez de matarte se manifiesta en forma de grasa localizada, ojeras y agujetas. De pronto vas a la playa y te echas crema solar cada hora, peinas —con suerte— alguna cana, cambias los cubatas por el vino y esperas a que el semáforo se ponga en verde para cruzar aunque no vengan coches. Y tampoco está mal. Uno quiere romantizarlo todo, buscarle siempre la parte refrescante a la vida, pero luego acaba un sábado por la mañana comprándose una olla. Y contra eso no hay nada que hacer.

La “operación cacerola” comenzó de imprevisto por culpa de un vídeo en el que mostraban el paso a paso para hacer un buen caldo casero. Creada la necesidad, era obligatorio ingresar bajo la ducha para reflexionar sobre cómo proceder. En realidad la decisión estaba tomada antes de entrar, como Griezman con su documental pero sin tener que desperdiciar una hora de tu vida. Así que salí a la aventura. Emprendí el camino de la vejez y me puse a comparar precios y materiales. 

De repente te das cuenta de que las ollas son un mundo: que si hierro fundido, que si inducción pero no gas, que si solo gas, que si vitro pero no inducción.

Me retiraba de las tiendas lleno de cansancio y decepción. No encontraba lo que quería. ¿Por qué era tan difícil? ¿Acaso no existe un Tinder de cacerolas, un lugar idílico en el que pongas filtros y te diga tiendas donde puedas encontrar lo que quieres?

Después de toda la mañana la encontré. Estaba quieta en su balda correspondiente. Tan sola como reluciente, tan cara como polivalente. Pero el amor también es locura, así que no me lo pensé y salí de aquella tienda junto al cacharro con el que esperaba pasar a partir de ahora mis fines de semana. 

Aquel sábado pasamos la tarde juntos y nos dimos cuenta de que teníamos muchísimas cosas que hacer juntos. Durante una semana fui el hombre más feliz del mundo. Vinito, caldo y cacerola.

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La vejez es como un vietcong con una bayoneta, te pilla por sorpresa en medio de la noche, pero en vez de matarte se manifiesta en forma de grasa localizada, ojeras y agujetas. De pronto vas a la playa y te echas crema solar cada hora, peinas —con suerte— alguna cana, cambias los cubatas por el vino y esperas a que el semáforo se ponga en verde para cruzar aunque no vengan coches. Y tampoco está mal. Uno quiere romantizarlo todo, buscarle siempre la parte refrescante a la vida, pero luego acaba un sábado por la mañana comprándose una olla. Y contra eso no hay nada que hacer.

La “operación cacerola” comenzó de imprevisto por culpa de un vídeo en el que mostraban el paso a paso para hacer un buen caldo casero. Creada la necesidad, era obligatorio ingresar bajo la ducha para reflexionar sobre cómo proceder. En realidad la decisión estaba tomada antes de entrar, como Griezman con su documental pero sin tener que desperdiciar una hora de tu vida. Así que salí a la aventura. Emprendí el camino de la vejez y me puse a comparar precios y materiales. 

De repente te das cuenta de que las ollas son un mundo: que si hierro fundido, que si inducción pero no gas, que si solo gas, que si vitro pero no inducción.

Me retiraba de las tiendas lleno de cansancio y decepción. No encontraba lo que quería. ¿Por qué era tan difícil? ¿Acaso no existe un Tinder de cacerolas, un lugar idílico en el que pongas filtros y te diga tiendas donde puedas encontrar lo que quieres?

Después de toda la mañana la encontré. Estaba quieta en su balda correspondiente. Tan sola como reluciente, tan cara como polivalente. Pero el amor también es locura, así que no me lo pensé y salí de aquella tienda junto al cacharro con el que esperaba pasar a partir de ahora mis fines de semana. 

Aquel sábado pasamos la tarde juntos y nos dimos cuenta de que teníamos muchísimas cosas que hacer juntos. Durante una semana fui el hombre más feliz del mundo. Vinito, caldo y cacerola.

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