Lo recuerdo como si fuera ayer. Era un día angustioso de agosto y las hordas de turistas no paraban de agolparse delante del bar en el que trabajaba. La gente del barrio solo quería tomarse algo fresquito en la calle. El calor pedía a gritos desabrocharse una camisa del botón y mojitos, muchos mojitos.
A los mojitos se le sumaron los daiquiris, la única bebida -junto con el mojito- por la que creo que el ron puede llegar a ser mi amigo. Pero que la gente lo bebe mal. El público de hoy en día demanda bebidas como la película de Disney: Frozen. Frozen daiquirí, frozen margarita, frozen caipiriña... No, ya está bueno lo bueno. Y esto no es culpa de la casa de Mickey Mouse, no. El auge de estos granizados de sabores viene de que la gente quiere beber cosas dulces, muy dulces. No quieren viajar con cada trago. No buscan sumergirse en una mezcla en especial. Solo quieren cosas que sepan bien, cuando realmente no saben a nada.
Miré el reloj y ya eran las dos de la mañana, pero mientras sudaba y ponía copas sonreía por dentro. El tipo que me pedía un gintonic no lo sabía, pobrecito, ¡no tendría por qué saberlo! Me quedaba menos de una hora de trabajo. El día estaba más que hecho, así que empezaba a saborear la cima que iba a conquistar al final de la jornada.
Mientras mi encargado me dictaba una comanda conseguí escabullirme unos segundos. Repté entre los cocineros y los clientes para por fin llegar a mi meta. Agarré un par de vasos finísimos de cerveza, les pegué un golpe rápido de agua por encima y los metí a enfriar en el congelador del hielo. Allí permanecieron unos minutos atemperando hasta llegar al estado óptimo para poder ser utilizados más adelante.
El bar se vació y mi encargado y yo terminamos de limpiar las huellas del delito. Y mientras él cuadraba la caja del día, yo me acercaba al congelador para rescatar a mis dos rehenes de cristal para después abrir el barril -con suerte- por última vez. La cerveza resbalaba sobre la capa helada de aquel cristal que había sido custodiado como si de un diamante se tratara para regalarnos el descanso del guerrero.
Ese primer sorbo congelado que se paseaba por mi garganta multiplicaba las ganas de vivir. Uno volvía a creer en algún político. Sonreía por la calle mientras paseaba y hasta pensaba que el reciclaje servía para algo.
Aquella cerveza era el momento Suntory de Bill Murray, pero el de verdad. La barra vacía, el botón de la chaquetilla desabrochado y la uña del dedo índice garabateando sobre el vaso medio vacío. Como Anthony Bourdain en Tokio, Como Humphrey Bogart en Rick’s.
Tenía algo ese ritual que a día de hoy sigo intentando descifrar. No sé si era la sensación del deber cumplido o una forma líquida de hacerme ver que todo estaba pasando de verdad. Que no había engaño. Que todo seguía. A trompicones, poquito a poco, de manera salvaje, pero seguía.