No Sex #52: Es San Valentín: no compres nada, haz algo ridículo

Un deseo me brota: el deseo de la idiotez

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¿Te has olvidado del día de San Valentín? Reza Ryanair en mi gmail personal. Una marca de ropa me dice que ‘tiene regalos con amor’. También me instan a que pida sushi a domicilio, un surtido de selección de regalos románticos de distintas marcas de ropa, oferta de pack de comida a domicilio. Me sugieren que regale muebles y la entrada a un festival. La cuestión es que yo lo recuerde y saque la billetera para comprarle algo a ese alguien tan especial (así lo llaman ellos, con guiño emoticono incluido).

Ryanair, querido, es imposible que me olvide de San Valentín porque tengo, contados, más de cien correos desde enero sugiriéndome opciones variadas para que haga un gran dispendio el día 14. Estoy soberanamente aburrida. Entiendo que los equipos de marketing tengan que hacerlo, y lo entiendo porque trabajo en comunicación y la campaña de San Valentín es siempre esa campaña que a nadie le gusta hacer pero qué te digo, que la haces y te pones a pensar en copies que no queden muy cursis, que sean llamativos pero no den vergüenza ajena. Tú quieres que tu campaña de mailing salga bien, quieres que se abra y vender porque tú te estás jugando tu trabajo. 

Pero, ¿qué tiene todo esto que ver con el amor? En numerosas ocasiones hemos asistido, como seres humanos post-modernos, a la desvirtuación de todo tipo de tradiciones en pos del consumo. Ninguna novedad, no descubrí la rueda. Todo nos lleva a que compremos cosas-experiencias-cosas-momentos como manera de demostrar más y mejor. Compras y tu barrita de carga de amor queda rellenada hasta el siguiente gesto (si puede ser otro gesto de consumo mejor, hoy compraste entradas, la próxima vez ese collar especial con ese charm único que patrocina la influencer que también patrocinó otro collar hace semana y media). Y por todo ello a veces soy tan escéptica, tan poco creyente en las fechas señaladas, porque me hacen participar en un juego en el que no creo. Lo aborrezco y le grito con vehemencia a la pantalla de mi ordenador: por-el-amor-de-dios-si-me-vuelven-a-decir-que-compre-sushi-a-domicilio-me-pego-un-tiro. 

Sin embargo, en un alarde por encontrarle optimismo quise darle la vuelta a esto y que las ofertas no acabasen con mi ilusión, y me puse a investigar en nuestro tan querido y odiado internet al Santo Valentín. Yo ya sabía que iba a encontrar algo. Según la leyenda, Valentín era un médico romano que acabó siendo sacerdote y, como suele ocurrir, pasó a la historia por saltarse las reglas casando a parejas enamoradas en un momento en el que el emperador Claudio II había prohibido los matrimonios, porque creía que los hombres solteros eran mejores soldados. Esa misma leyenda cuenta que al ser descubierto, fue encarcelado y ejecutado el 14 de febrero.

Animada por semejante gesto de un santo romano hace casi 2000 años, decido pasar  de mis correos de forma radical, salir del gmail, tratar de que esta animadversión por la cultura del centro comercial no me nuble la vista. Lo tengo, lo agarro, ya averigüé qué pienso del tema: haríamos mucho más por el amor si estuviésemos dispuestos a hacer algo el ridículo, escribir una cartita, mandar un mensaje, encontrar el rato ese día para declararnos de nuevo, ser un rato cursis con la excusa del 14 de febrero. No quiero recaps, no quiero rebajas, no quiero packs de 2 x 1, no quiero que alguien que no conozco piense cómo me gustaría sorprender a alguien que amo. No quiero ofertas, mi amor no está en venta. 

Un deseo me brota: el deseo de la idiotez, de ese amor estúpido que no usa tarjeta y que no tiene ticket devolución porque no vale nada y sin embargo lo inunda todo. Un gesto que seguramente dé vergüenza al ser visto desde afuera pero que dé secreto placer recibirlo. Un amor de calle, de bar o de sofá pero, desde luego, un amor que esté vivo en eso que no se le ocurriría a nadie para una campaña de e-mail marketing.

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¿Te has olvidado del día de San Valentín? Reza Ryanair en mi gmail personal. Una marca de ropa me dice que ‘tiene regalos con amor’. También me instan a que pida sushi a domicilio, un surtido de selección de regalos románticos de distintas marcas de ropa, oferta de pack de comida a domicilio. Me sugieren que regale muebles y la entrada a un festival. La cuestión es que yo lo recuerde y saque la billetera para comprarle algo a ese alguien tan especial (así lo llaman ellos, con guiño emoticono incluido).

Ryanair, querido, es imposible que me olvide de San Valentín porque tengo, contados, más de cien correos desde enero sugiriéndome opciones variadas para que haga un gran dispendio el día 14. Estoy soberanamente aburrida. Entiendo que los equipos de marketing tengan que hacerlo, y lo entiendo porque trabajo en comunicación y la campaña de San Valentín es siempre esa campaña que a nadie le gusta hacer pero qué te digo, que la haces y te pones a pensar en copies que no queden muy cursis, que sean llamativos pero no den vergüenza ajena. Tú quieres que tu campaña de mailing salga bien, quieres que se abra y vender porque tú te estás jugando tu trabajo. 

Pero, ¿qué tiene todo esto que ver con el amor? En numerosas ocasiones hemos asistido, como seres humanos post-modernos, a la desvirtuación de todo tipo de tradiciones en pos del consumo. Ninguna novedad, no descubrí la rueda. Todo nos lleva a que compremos cosas-experiencias-cosas-momentos como manera de demostrar más y mejor. Compras y tu barrita de carga de amor queda rellenada hasta el siguiente gesto (si puede ser otro gesto de consumo mejor, hoy compraste entradas, la próxima vez ese collar especial con ese charm único que patrocina la influencer que también patrocinó otro collar hace semana y media). Y por todo ello a veces soy tan escéptica, tan poco creyente en las fechas señaladas, porque me hacen participar en un juego en el que no creo. Lo aborrezco y le grito con vehemencia a la pantalla de mi ordenador: por-el-amor-de-dios-si-me-vuelven-a-decir-que-compre-sushi-a-domicilio-me-pego-un-tiro. 

Sin embargo, en un alarde por encontrarle optimismo quise darle la vuelta a esto y que las ofertas no acabasen con mi ilusión, y me puse a investigar en nuestro tan querido y odiado internet al Santo Valentín. Yo ya sabía que iba a encontrar algo. Según la leyenda, Valentín era un médico romano que acabó siendo sacerdote y, como suele ocurrir, pasó a la historia por saltarse las reglas casando a parejas enamoradas en un momento en el que el emperador Claudio II había prohibido los matrimonios, porque creía que los hombres solteros eran mejores soldados. Esa misma leyenda cuenta que al ser descubierto, fue encarcelado y ejecutado el 14 de febrero.

Animada por semejante gesto de un santo romano hace casi 2000 años, decido pasar  de mis correos de forma radical, salir del gmail, tratar de que esta animadversión por la cultura del centro comercial no me nuble la vista. Lo tengo, lo agarro, ya averigüé qué pienso del tema: haríamos mucho más por el amor si estuviésemos dispuestos a hacer algo el ridículo, escribir una cartita, mandar un mensaje, encontrar el rato ese día para declararnos de nuevo, ser un rato cursis con la excusa del 14 de febrero. No quiero recaps, no quiero rebajas, no quiero packs de 2 x 1, no quiero que alguien que no conozco piense cómo me gustaría sorprender a alguien que amo. No quiero ofertas, mi amor no está en venta. 

Un deseo me brota: el deseo de la idiotez, de ese amor estúpido que no usa tarjeta y que no tiene ticket devolución porque no vale nada y sin embargo lo inunda todo. Un gesto que seguramente dé vergüenza al ser visto desde afuera pero que dé secreto placer recibirlo. Un amor de calle, de bar o de sofá pero, desde luego, un amor que esté vivo en eso que no se le ocurriría a nadie para una campaña de e-mail marketing.

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