No Sex #50: En contra de (aquellas) comedias románticas

Podría haber otros finales felices. Y serían igual de felices.

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Me lo mandaron, me lo enviaron para saber qué pensaba yo. A veces una no responde lo que piensa de verdad (muchas) y sencillamente afirmé: ‘pienso muchas cosas sobre esto, escribiré sobre esto, creo que esto bien podría merecer una columna’. 

Un publicista, para mí desconocido, que cuenta con un puñado de seguidores en su perfil de Instagram tiene un vídeo que ha sucumbido a la viralidad gracias a una primera línea provocadora (el bueno de Andrew sabe lo que hace): «olvidaos del cambio climático, la verdadera amenaza existencial podría ser la muerte de la comedia romántica». Es muy posible que varias decenas de científicos estén entrando en colapso. 

Lo que interpreto de sus palabras es la constatación de lo que Andrew considera un problema: ya no se hacen comedias románticas, y esto afecta a los enamoramientos y posteriores matrimonios e índices de natalidad. Fui a corroborarlo en números y este año pasado se estrenaron en el cine unas 12 frente a las 40 habituales de finales de los 90 y principios de los 2000. La gravedad para Andrew es tal, que cataloga el asunto como cuestión civilizatoria. ¿Necesitamos ver a gente morrearse y casarse en las pelis para querer practicarlo nosotros? ¿Los chavales no se atreven a pedir salir porque no vieron a Hugh Grant lanzarse con la que a priori no tenía posibilidades? ¿Los chavales de entonces lo hicieron porque vieron a Hugh Grant? ¿O es que como no había pantallas había que llamar al fijo y eso nos hacía a todos más atrevidos forzosamente? ¿Y las chavalas?

Me pregunto si es que ya no somos capaces de enamorarnos porque no lo vemos en las películas. Me pregunto sobre los intereses de las grandes productoras hollywoodienses, por qué creen que ya no venden. Me pregunto si quizás de lo que nos cansamos fue del clásico esquema chico-chica en el que no nos acabábamos de ver representados. O, quizás, fue que descubrimos que algunos de los patrones románticos mostrados en las  rom-coms se reproducían en la vida real de una forma perniciosa. No por poco creíbles (porque por supuesto la ficción no tiene por qué ser creíble) sino porque nos acercaban de forma peligrosa a sostener vínculos dañinos en el nombre del ‘romanticismo’. Cuántas nos vendieron que el chico malote cambiaría y cuántas veces quisimos cambiarlo, tantas como el infiel patológico que cuando conoce a su verdadero amor ya deja de serlo.

Todas nos vendieron una felicidad completa en pareja, a clara distancia de la felicidad en la soltería. Y está bien que empaqueten un modelo, que lo hagan masticable, pero es que quizás empezamos a tener ganas de ver otras referencias. Quizás gays, lesbianas y bisexuales también tengan ganas de ver amores sucediendo o apagándose o haciendo el ridículo. 

Aprendí muchas cosas de las romcoms pero no todas fueron buenas: el amor no lo puede todo, puede muchas cosas y es transformador, pero no debería serlo a toda costa. Por eso es fantástico que Annie Hall y Woody Allen se separen, sin que eso empequeñezca su amor.

El avance de nuestra independencia nos hizo más capaces de discernir el amor de verdad al apego, el querer estar y construir un proyecto conjunto y balanceado al querer sencillamente estar enamorado como en las películas.  Y eso es bueno. 

Desde luego faltan rom-coms, y desde luego que faltan rom-coms de paseos y de conversaciones eternas a las orillas de un río. Claro que quiero ficcionar e imaginarme que lo imposible sucede, claro que quiero abstraerme y llorar porque al final se van juntos. Sin embargo, creo que podríamos ser más creativos y contar historias tan heterogéneas como somos nosotros hoy. No regresar a aquellas caricaturas. Podemos ensalzar el amor, sentarlo en su trono, sin tener que encasillarlo en los tres esquemas de siempre. Podría haber otros finales felices. Y serían igual de felices.

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Un publicista, para mí desconocido, que cuenta con un puñado de seguidores en su perfil de Instagram tiene un vídeo que ha sucumbido a la viralidad gracias a una primera línea provocadora (el bueno de Andrew sabe lo que hace): «olvidaos del cambio climático, la verdadera amenaza existencial podría ser la muerte de la comedia romántica». Es muy posible que varias decenas de científicos estén entrando en colapso. 

Lo que interpreto de sus palabras es la constatación de lo que Andrew considera un problema: ya no se hacen comedias románticas, y esto afecta a los enamoramientos y posteriores matrimonios e índices de natalidad. Fui a corroborarlo en números y este año pasado se estrenaron en el cine unas 12 frente a las 40 habituales de finales de los 90 y principios de los 2000. La gravedad para Andrew es tal, que cataloga el asunto como cuestión civilizatoria. ¿Necesitamos ver a gente morrearse y casarse en las pelis para querer practicarlo nosotros? ¿Los chavales no se atreven a pedir salir porque no vieron a Hugh Grant lanzarse con la que a priori no tenía posibilidades? ¿Los chavales de entonces lo hicieron porque vieron a Hugh Grant? ¿O es que como no había pantallas había que llamar al fijo y eso nos hacía a todos más atrevidos forzosamente? ¿Y las chavalas?

Me pregunto si es que ya no somos capaces de enamorarnos porque no lo vemos en las películas. Me pregunto sobre los intereses de las grandes productoras hollywoodienses, por qué creen que ya no venden. Me pregunto si quizás de lo que nos cansamos fue del clásico esquema chico-chica en el que no nos acabábamos de ver representados. O, quizás, fue que descubrimos que algunos de los patrones románticos mostrados en las  rom-coms se reproducían en la vida real de una forma perniciosa. No por poco creíbles (porque por supuesto la ficción no tiene por qué ser creíble) sino porque nos acercaban de forma peligrosa a sostener vínculos dañinos en el nombre del ‘romanticismo’. Cuántas nos vendieron que el chico malote cambiaría y cuántas veces quisimos cambiarlo, tantas como el infiel patológico que cuando conoce a su verdadero amor ya deja de serlo.

Todas nos vendieron una felicidad completa en pareja, a clara distancia de la felicidad en la soltería. Y está bien que empaqueten un modelo, que lo hagan masticable, pero es que quizás empezamos a tener ganas de ver otras referencias. Quizás gays, lesbianas y bisexuales también tengan ganas de ver amores sucediendo o apagándose o haciendo el ridículo. 

Aprendí muchas cosas de las romcoms pero no todas fueron buenas: el amor no lo puede todo, puede muchas cosas y es transformador, pero no debería serlo a toda costa. Por eso es fantástico que Annie Hall y Woody Allen se separen, sin que eso empequeñezca su amor.

El avance de nuestra independencia nos hizo más capaces de discernir el amor de verdad al apego, el querer estar y construir un proyecto conjunto y balanceado al querer sencillamente estar enamorado como en las películas.  Y eso es bueno. 

Desde luego faltan rom-coms, y desde luego que faltan rom-coms de paseos y de conversaciones eternas a las orillas de un río. Claro que quiero ficcionar e imaginarme que lo imposible sucede, claro que quiero abstraerme y llorar porque al final se van juntos. Sin embargo, creo que podríamos ser más creativos y contar historias tan heterogéneas como somos nosotros hoy. No regresar a aquellas caricaturas. Podemos ensalzar el amor, sentarlo en su trono, sin tener que encasillarlo en los tres esquemas de siempre. Podría haber otros finales felices. Y serían igual de felices.

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