Me gustaría que dejasen de preguntarme si quiero ser madre. O cuándo voy a ser madre. O cuántos hijos voy a querer tener. O dónde criaré a los hijos que supuestamente tendré. Me gustaría que dejasen de preguntarme, también, si de verdad criaría a mis hijos en una ciudad. Que ya ves tú, que te cambian las prioridades. Me dicen.
Puedo intuir y puedo observar todo eso que me dicen que ocurrirá. Soy miope pero llevo lentes de contacto . Soy inexperta pero tengo ya algunos años de experiencia.
En los últimos años he desarrollado dos miedos en apariencia contradictorios: ser madre y no serlo. Los dos conviven como si fuesen compañeros de piso en uno de esos pisos pequeños en los que todos vivimos ahora. Comparten baño, se conocen bien. ¿Cómo cambiaría mi vida si lo fuese? ¿Qué ocurriría si cuando decido serlo, no puedo? Suenan voces en eco en mi cabeza: me veo con un bebé mío en brazos y no-sé-qué-hacer, me veo más mayor, sin hijos, y me digo de-verdad-esto-era-lo-que-quería. Retumban las voces, se superponen, hay más preguntas. ¿Qué es lo que de verdad quiero?
A todos los que nos preguntan por esto a las mujeres cuando llegamos a los 30, querría confirmarles que sí, que pensamos en ello. Lo pensamos mucho y de verdad, con vehemencia. Que estén tranquilos, que no es que estemos despistadas ni se nos haya olvidado. Si no pensamos en ello, es porque de manera consciente lo estamos queriendo dejar a otro lado, y eso no es sino otra forma de tratar el asunto.
Lo curioso de esta edad es que el mundo empieza a dividirse entre pañales-carritos-juguetes y tú, que pareces sumida en un letargo en el que estás arañando eso otro que soñaste pero eso otro que soñaste tarda más en llegar y quizás ser madre es ahora mismo insostenible porque decidiste perseguir muy fuerte eso otro que querías y que sigues sin saber si llegará. O quizás es todavía más sencillo: ahora mismo no lo ves, es decir, no se sostiene porque decidiste poner el peso en otro lugar, no hiciste ese espacio. Quisiste explorar, pagar por alquileres más caros, quisiste probar en la ciudad, pensar que sí lo lograrías, quisiste equivocarte, te rompieron el corazón, te fuiste y volviste, te bajaste dos apps distintas y conociste a los que seguro que no que no tenían futuro más allá de la tercera cita.
Y estás ahí tú en esa sala imaginaria entre pañales y chupetes pensando si deberías estar sintiendo algo, preguntándote cómo es esa intuición, ese llamado de la naturaleza, si es algo que se crea o que algo que te sucede, si se practica o se trabaja con voluntad. Si es reloj biológico o presión. Si es deseo propio o deseo. Si es lo mismo querer ser madre o querer formar una familia. Porque la primera opción habla de maternidad a cualquier costo y la segunda implica encontrar a una persona adecuada. Si hay una sola maternidad o si hay alguna otra que se acerque más a la vida que tú decidiste construir. ¿Es un mito? ¿Podrían ir al parque en una ciudad, o tendría que irme a vivir lejos de mi vida actual?
El mundo me pide todo en certezas y sin embargo sólo tengo para darle unas cuantas hipótesis e ideas. ¿Qué es lo que quiero de verdad? De momento, que dejen de preguntarme.