Me paso seis días por voluntad propia fuera de redes sociales. En realidad, me han pedido una crónica sobre la adicción que al parecer es innegable que tengo, y yo siempre me creí muy reportera de guerra aunque nunca haya ido a ninguna. Me gusta meterme a vivirlo. Este tiempo sin exposición a redes me ha hecho escribir en papel más que nunca y tengo lejanos recuerdos de twitter como quién tiene recuerdos de Vietnam.
Y, en parte por eso y en parte porque he descansado, me asaltan de nuevo unas ganas irrefrenables de escribir esta columna porque el recuerdo, esa imagen incrustada en mi cerebro que no se va y que vuelve, vuelve sin fin, es un tuit viral de 2023 que esta navidad se volvió a hacer viral (bis) y se transformó en actual. Esta es la historia: un usuario colgó dos fotos de dos cuadernos, uno rojo y uno azul, titulados ‘para Carmen’ y ‘para Miguel’ que contenían las cartas que Carmen y Miguel se habían cruzado durante muchos años.

Y entonces hordas —no exagero— hordas de personas contestaban que si no tenían eso no querían nada, que si era lo más bonito que alguien había hecho jamás, y que si eso ya no existe.
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Este verano leí un libro, ‘Ya nadie escribe cartas’. En él, el protagonista de forma categórica afirma que «la vida es soportable cuando se tiene a alguien a quien escribir y de quien recibir cartas». Me gusta de ellas, de las cartas, que hoy no tengan sentido, que hoy realmente no sirvan y sean más un gesto, una intención, una forma de lenguaje que se rebela. Las cartas son un puñetazo en la mesa.
¿Ya nadie las escribe? ¿Se perdió el romanticismo? ¿Lo tiramos por la taza del váter? ¿Pasó de moda como el pantalón pitillo? ¿O es sólo lo que dicen y todos nos escondemos pero seguimos siendo unos cursis? ¿Qué tan infantil es defenderlo? ¿Es el romanticismo hoy compartir un post en redes sociales?
Creo que es legítimo que como generación deseemos otras cosas, otro tipo de gesto romántico, está bien que no queramos que alguien nos cante una serenata. Sin embargo, me hallo en la obligación de defender el romanticismo como algo necesario y vertebrador, el lenguaje íntimo y de amor es lo que diferencia a los amantes del resto de mortales y es lo que sostiene una intimidad siempre frágil ante las inclemencias del mundo moderno. Lo romántico debería ser inútil y debería, por ende, ser capaz de escapar a las garras del mercado. Hay más amor en cocinar un mal postre que en comprarlo, aunque también hay mucho amor en gastar tiempo para ir a una pastelería en concreto a comprar ese dulce que le gusta tanto a él o ella. Eso es lo curioso, el gesto romántico es errático y casi único, sólo comprensible por un par de almas que decidieron abrirse y contarle al otro lo oscuro y lo claro esperando que el otro quisiese navegar el caos.
Y no hablo del romanticismo de plástico, el que se crea sólo para mostrar. Hablo del post-it en la puerta para que lo vea el otro, de imprimir una foto que ya existe en digital.
Por eso para este nuevo año sólo deseo eso: que levanten anclas, salgan a la calle con cara de idiotas, compren servilletas de tela, hagan algo estúpido, pierdan una hora llegando a un lugar tan sólo para dar un beso. Que presumamos del romanticismo o sigamos escondiéndolo pero que dejemos de ridiculizarlo y de considerarlo una flaqueza, porque en la ternura encontraremos el calorcito ante la hostilidad. Si no, el entusiasmo se marchita y nunca hará sol, por mucho que el día esté despejado.
Nota final: el romanticismo no ha muerto y en el remoto caso de que eso hubiese sucedido, sería capaz de resucitar si le mandamos una carta, estoy casi segura.