Tuve que viajar a Colombia porque un amigo se casaba en Cartagena, pero eso no tiene importancia aquí. Había varias opciones para volar desde Madrid, pero decidí ser un consumidor irresponsable —de esos que compran cosméticos probados con animales y huevos de gallinas hacinadas en cubículos— y adquirí un billete de Plus Ultra tentado por sus precios económicos y por operar una curiosa ruta triangular Madrid-Bogotá-Cartagena-Madrid bastante cómoda.
Lejos de pretender expiar mis pecados por no practicar el consumo ético y dejarme llevar por el bolsillo sin tener en cuenta la absoluta inmoralidad que supone volar en dicha aerolínea, quiero confesar que me pudo el morbo, que me atrae el mal como la luz a la polilla y que quería saber si había de cierto en las historias que se contaban: quería ver de cerca un apéndice de la (recordemos: presunta) corrupción moral y política de nuestro país. Uno no tiene la ocasión de volar en una aerolínea como Plus Ultra todos los días.
Ya en el avión, este pasajero tuvo la impresión de estar sentado en un viejo y fiable Mercedes: se trataba de una antigua aeronave, reciclada y bien mantenida, fiable, surcando los cielos de forma robusta pese a sus detalles —unos asientos retapizados a toda prisa para ocultar unas pantallas deshabilitadas en la parte posterior de los reposacabezas, el fuselaje todavía con el logo de la anterior aerolínea que la había operado (LASER Airlines, con sede en Caracas), aunque quién sabe si la compartirán— y con una tripulación española por lo general joven y solícita. La comida fue escasa y atroz, pero eso no es noticia en prácticamente ninguna aerolínea.
Y a este pasajero le embargó un desasosiego que, otra vez, nada tenía que ver con los reparos morales a volar con Plus Ultra —bello nombre, diríase perfecto para una aerolínea española, a pesar de haber quedado irremediablemente empañado por la (no olvidemos: presunta) corrupción socialista—, sino con el hecho de que el vuelo de ida sufrió un considerable retraso al tener que sortear las aguas venezolanas, bloqueadas por el hegemón continental, y todo esto apenas unos días después de la captura del sátrapa Nicolás Maduro en una espectacular operación de la Fuerza Delta estadounidense, y de las comprensibles pero imprudentes declaraciones al respecto del presidente colombiano Nicolás Petro, aliado político del capturado. Todo ello imprimía cierto nerviosismo y, por qué no decirlo, cierto morbo al hecho de volar de España a Colombia.
Porque estos aviones algo destartalados y económicos que transportan pasajeros —la gran mayoría colombianos, quizás ajenos al entramado de corrupción que estos días se investiga, pero también compatriotas de la nación que más migrantes exporta a España— de un lado del Atlántico al otro bien podrían ser (por tercera vez: presuntamente) la prueba de una empresa utilizada para lavar fondos de origen ilícito, una pieza más del puzle de la corruptela hispanoamericana contemporánea, que encajaría con los nombres que ya todos conocemos: Aldama, Koldo, Ábalos, Delcy y sus maletines, el ya citado Maduro y, por encima de todos, quién sabe si el temido Zapatero. Vuelan alto los aviones de Plus Ultra, quién sabe por cuánto tiempo, mientras arrestan a su CEO, la UCO registra sus cuentas y nosotros todavía no podemos hacernos una idea del alcance y veracidad de todo este embrollo, sobre el que sólo podemos hacernos conjeturas hasta que haya una sentencia sobre los culpables, si los hubiere.
Culpables que, no nos quepa duda, serán convenientemente indultados cuando ya nadie se acuerde de Plus Ultra.