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Civilización en una botella
He ahí un gesto de urbanidad que, sin saber muy bien por qué, me conmueve.
27 de noviembre 2025
He ahí un gesto de urbanidad que, sin saber muy bien por qué, me conmueve.
Cada cierto tiempo recuerdo las botellas de agua junto a las puertas de las casas de los pueblos. La última vez fue en un viaje de Madrid a Jaén, a finales de verano, cuando paré a comer en Villarrubia de los Ojos y vi botellas y garrafas de plástico refractando los rayos de sol. Cierto, me dije. Dejan ahí las botellas para evitar que los animales orinen en la entrada de sus hogares.
En ciudad, la relación entre mascotas y botellas de agua es algo distinta. No es común verlas bajo los dinteles, pero sí es habitual ver a personas que cuando sacan a sus perros de paseo llevan la correa en una mano y una botella de plástico en la otra. Uno tiende a olvidar los problemas inherentes a vivir con un perro en la ciudad —cómo vivirán, especialmente los de gran tamaño, en un piso; qué sentirán en medio del ajetreo propio de una gran población— hasta que ve a su dueño con esa botella de agua con la que diluye las meadas de su mascota si le da por levantar la pata trasera junto a una pared o sobre un alcorque. Entonces ya no juzga al propietario de un mastín que lo pasea por la plaza de Olavide o al de un pastor alemán que no suelta la correa mientras caminan por el Paseo de la Castellana. Qué más da dónde vivan esos perros y qué sabré yo. Al menos sus amos hacen lo posible por no molestar: bolsitas negras en el bolsillo y botella de agua en la mano.
He ahí un gesto de urbanidad que, sin saber muy bien por qué, me conmueve. Tomarse la molestia de ir con la botellita y así intentar ahorrarle al prójimo los malos olores de una meada reseca es algo que nadie está obligado a hacer en muchos municipios pero que denota respeto por los demás y distingue a quien lo practica. Muchas gracias.
Recuerdo entonces lo que decía Antonio Escohotado sobre la riqueza:
«Parece mentira que no me haya dado cuenta yo antes —e incluso que todavía siga esto poniéndose en duda— que un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo. Un país es rico porque tiene educación. Educación significa que, aunque puedas robar, no robas. Educación significa que tú vas paseando por la calle, la acera es estrecha y tú te bajas y dices: “disculpe”. Educación es que, aunque vas a pagar la factura de una tienda o de un restaurante, dices gracias cuando te la traen, das propina y cuando te devuelven lo último que te devuelven vuelves a decir gracias. Cuando un pueblo tiene eso, cuando un pueblo tiene educación, un pueblo rico. O sea, en definitiva: la riqueza es conocimiento y sobre todo un conocimiento que le permite el respeto ilimitado por los demás.»
Riqueza es que tus vecinos hagan estas cosas: recoger deposiciones y aclarar orines. Procurar ensuciar lo menos posible. Pero también es riqueza poder dejar junto a la puerta —funcione o no para espantar a los animales incontinentes— una botella llena de agua y que nadie te la quite. Eso en una ciudad sería más difícil.
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