En 2003 yo tenía quince años, y con quince años compraba la revista Rolling Stone. En el número de noviembre o de diciembre —imposible recordarlo con exactitud— leí una reseña de Kamikazes enamorados que ponía por las nubes el álbum de Quique González, entonces un completo desconocido para mí.
Años después, ya en la universidad, tenía veinte años y compraba discos compactos en la sección de ofertas de un supermercado a las afueras de Madrid. Ahí estaba, por cinco o seis euros, Kamikazes enamorados de Quique González. Recordé la reseña de Rolling Stone y lo compré.
Me licencié con Kamikazes enamorados en el portacedés del coche —ese que tenía forma de balón de baloncesto— y a veces lo escuchaba de camino a la universidad, o volviendo a casa por la noche, o recogiendo a mi novia. El disco me gustaba mucho, pero no era un disco para todas las ocasiones: era melancólico, suave y austero.
Con la llegada de Spotify seguí escuchando a Quique González y disfruté mucho con otros discos suyos: Salitre 48, Ajuste de cuentas, Avería y redención #7, Daiquiri blues. En 2013, año en que me fui de España —serían nueve en el extranjero—, salió Delantera mítica y aprendí a tocar con la guitarra la canción que daba título al disco.
Cuando vivía fuera y sonaba Quique González en mi casa o en el coche, no había extranjero —quiero decir “persona no española”, ahí el extranjero era yo— que no me dijera que le gustaba. Quique González seguía sacando discos y no daba un paso en falso. Todos eran buenos.
Ya de regreso a España, Quique González se ha convertido en algo recurrente en mi casa, un artista cuya música me ha seguido durante más de dos décadas y del que no me canso. Llegó como sus canciones: suave, sin estruendo, pero casi podría decirse que representa para mí lo que Serrat a mi madre o lo que Billy Joel a mi padre. Un refugio, una constante.
El pasado fin de semana cerré de alguna manera el círculo viendo en directo a Quique González en el Teatro Circo Price de Madrid. Un amigo sacó entradas de última hora en las últimas filas y me invitó.
Con la confianza de quien no ha sacado un disco malo, Quique González salió diciendo que la primera mitad del concierto la dedicaría a presentar 1973, su último disco, y que la segunda quedaría reservada a repasar algunos de sus éxitos. Un buen trato.
El sonido fue excelente; los músicos impecables, quirúrgicos. Las nuevas canciones no palidecían ante las viejas. Pasados los cincuenta y pasado su momento de mayor popularidad —cuando publicó Vidas cruzadas, durante la última época en la que un grupo de rock o un cantautor podían colarse en las listas de éxitos—, González apuesta por la constancia. Por el orgullo del trabajo bien hecho. Todo un ejemplo para cualquiera que valore su propio oficio, que quiera hacerlo lo mejor posible porque no queda otra, en realidad. Hacer una buena canción sin caer en armonías ya transitadas, buscando el acorde inesperado; escribir una letra a base de fogonazos, de observaciones, huyendo del lugar común. La solidez que da la autoexigencia es algo verdaderamente admirable.
Presté atención a sus nuevas canciones y disfruté de los éxitos que recordaba, feliz desde las últimas filas, aprendiendo la lección de que ese, el de la autoexigencia y la constancia, era el camino. Eché de menos alguna canción de Kamikazes enamorados, como aquélla en la que se fijaba en los pobres diablos que entraban por la mañana en un 7-Eleven, o esa otra en la que decía que guardo dos tickets porque tú y yo aún es posible sin causar dolor a nadie. Pero estuvo bien. Quizás en el próximo concierto, cuando vuelva a defender un nuevo disco que seguro será, una vez más, un disco sólido.