Son las cuatro de la tarde de un martes cualquiera y el cielo de Madrid tiene ese color de panza de burro que te hace dudar de todo, empezando por tu sueldo y terminando por la existencia del alma. Llevo media hora intentando escribir sobre la fe sin sonar como un cura progre de los noventa ni como un coach de mindfulness de LinkedIn. No me sale. La fe, esa cosa. Esa cosa.
El problema de creer hoy en día no es que Dios haya muerto, como dijo el otro de bigote. El problema es que Dios se ha convertido en una señal de Wifi débil a la que no conseguimos conectarnos porque tenemos demasiadas pestañas abiertas en el navegador del cerebro. Hay demasiado ruido. Hay demasiada ironía. ¿Cómo vas a creer en el misterio insondable del universo si hace cinco minutos estabas viendo un reel de un gato cayéndose de un sofá? El salto semántico es imposible. Nos hemos roto el menisco espiritual.
Así que hago lo único que sé hacer cuando las palabras se me atascan en la garganta como una bola de pelo: recurro a la droga dura. No, no hablo de la farmacia. Ni tampoco de camellos. Hablo de Gabriel Fauré. Hablo de Après un rêve. Y específicamente, hablo de la versión donde Sheku Kanneh-Mason agarra el violonchelo y decide explicarme, sin palabras, por qué me siento tan jodidamente solo en medio de tanta gente.
Le doy al play. Me tumbo en el suelo. El parquet está frío. Empezamos.
La pieza arranca con el piano. Pum-pum-pum-pum. Corcheas. Un pulso constante. Si tuviera que explicarle esto a un académico, le diría que es un acompañamiento hipnótico. Pero no estoy en el conservatorio, estoy en mi salón. Y lo que escucho no es música, es una textura.
Es gris. Joder, es de un gris absoluto.
Ese piano es el sonido de la realidad moderna. Es el sonido de los lunes por la mañana en el metro. Es el ritmo de tu feed de Twitter actualizándose. No es hostil, ni una música de película de terror. Es peor: indiferente. Una neblina húmeda que se te mete en los huesos. Es la certeza de que el tiempo pasa y no te va a esperar.
Cierro los ojos y veo ese color. Es el color del cemento mojado. Fauré escribió esto basándose en un poema toscano sobre alguien que sueña que vuela con su amada hacia una luz misteriosa y luego se despierta. Après un rêve. Después de un sueño. El título ya es un spoiler de nuestra desgracia generacional. Vivimos en el "después". Nos han contado que existía algo grande —las catedrales, los mitos, las grandes ideologías, la fe inquebrantable de nuestras abuelas encendiendo velas de plástico—, pero nosotros hemos llegado tarde a la fiesta. Nos hemos despertado y solo queda el piano. El pum-pum-pum de la hipoteca, de la ansiedad, de la vida que es solo materia y biología.
Intentar tener fe con este piano de fondo es como intentar meditar en medio de una obra en la M-30. Te sientes ridículo. Te sientes pequeño. Sientes que creer es un acto de ingenuidad, casi de estupidez. ¿Cómo voy a creer en algo trascendente si soy un trozo de carne que paga impuestos?
Y entonces, entra Sheku.
Aquí es donde la cosa se pone física. Olvidaos de los oídos. De verdad. La música de Sheku Kanneh-Mason no se escucha, se te inyecta. Entra el violonchelo y de repente el suelo frío de mi salón desaparece.
La primera nota es larga, sostenida. Es un lamento, sí, pero tiene cuerpo. Tiene carne. Si la fe tuviera un tacto, sería esto. No sería una hostia consagrada, seca y blanca. Sería esto: madera vieja, barniz, resina y algo viscoso y caliente, como miel oscura o sangre arterial.
Sheku no toca la nota recta. Le mete un vibrato que me hace temblar las manos. Ese temblor... ahí está la clave de todo. La fe moderna no es una roca. No somos San Pedro. La fe moderna es ese dedo de Sheku oscilando sobre la cuerda, a punto de desafinar, a punto de romperse, pero manteniéndose ahí, en tensión.
Es una fe que tiembla.
Escucho esa melodía subir y bajar y siento un nudo en el estómago. Es la nostalgia. Pero no nostalgia de algo que yo haya vivido. Es Sehnsucht, esa palabra alemana intraducible que significa "anhelo de algo que no conoces". Es echar de menos a un Dios que nunca te han presentado.
El cello intenta elevarse sobre el piano gris. Es la lucha del individuo contra el sistema. Mi yo patético intentando encontrar un momento de silencio sagrado en un día lleno de notificaciones. Sheku estira las frases, hace unos portamentos (deslizar el dedo de una nota a otra) que suenan a suspiro, como cuando te quitas la ropa después de un día de mierda y sueltas el aire que llevabas aguantando doce horas.
Es erótico. Y perdón si esto ofende a algún beato, pero la fe tiene que ser erótica o no es nada. Tiene que haber deseo. "Creer" en el siglo XXI no puede ser un acto intelectual. No me sirve la teología de Ratzinger ahora mismo. Me sirve la sensación de hambre. Hambre de sentido. Hambre de que esto no sea todo. Hambre de que, cuando me muera, no sea simplemente un apagón de interruptor, sino que haya... esto. Esta belleza. Y el cello de Sheku suena a hambre.
Siento el sonido en el pecho, literalmente. El registro medio del cello vibra en la caja torácica. Me está tocando por dentro. Es una invasión. Dejar que algo te invada, bajar la guardia, dejar de ser cínico por tres minutos. Eso es la fe. Y joder, qué difícil es dejar de ser cínico. El cinismo es mi armadura. Es lo que me protege de que me hagan daño. Pero Fauré y Sheku me están quitando la armadura a latigazos de belleza.
Hacia la mitad de la pieza, la cosa se intensifica. El piano sigue con su obsesión rítmica, pero se vuelve más denso, y el cello sube. Sube, sube, sube.
Es el momento del poema original en el que el soñador grita: "¡Llevadme hacia la luz! ¡Volved!".
Aquí, la sinestesia me explota en la cara. Cierro los ojos apretando los párpados hasta ver luces. La música se vuelve dorada. Pero no es un dorado de iglesia barroca, brillante y triunfal. Es un dorado de atardecer sucio, de sol colándose por una persiana rota llena de polvo. Es una luz que duele porque sabes que se está yendo.
Sheku alcanza las notas agudas y su sonido se vuelve más fino, más filoso. Es un grito. En mi salón, solo, se me pone la piel de gallina. No es una metáfora, me miro el brazo y tengo los pelos como escarpias. Es el momento en el que casi, casi te lo crees.
Es ese instante, a las tres de la mañana, cuando tienes una conversación profunda con alguien y sientes que todo encaja. O cuando ves nacer a un sobrino. O cuando te enamoras y eres tan imbécil que crees que va a durar para siempre. Es el momento del "sí". Sí, existe algo más. Sí, hay un orden. Sí, no somos solo monos con ansiedad y zapatos.
La música aprieta. Es una tensión insoportable. Es la súplica del que duda. "Por favor, que sea verdad". Lo pienso con fuerza. Por favor, que sea verdad. Que todo este dolor, que todo este cansancio crónico que arrastramos, que toda esta fealdad de las noticias, tenga un contrapunto. Que exista este lugar dorado al que el cello intenta llegar desesperadamente.
Siento vértigo. Es como asomarse a un acantilado. Creer es saltar. Y la música de Fauré te empuja al borde. Te dice: "Salta, cobarde. Atrévete a tener esperanza". Y durante unos compases, mientras Sheku hace cantar a ese trozo de madera como si fuera un arcángel borracho de luz, salto. Vuelo. Me lo creo todo. Soy el místico más grande de la historia. Soy Santa Teresa en éxtasis, pero con vaqueros y una camiseta de propaganda.
Y entonces, ocurre.
La melodía llega a su pico y... se rompe. No hay una explosión final. No hay fuegos artificiales. Fauré es francés, es sutil, es cruel. La melodía empieza a descender.
Es la caída más triste de la historia de la música.
El cello vuelve a bajar a los graves. El dorado se apaga. Vuelve el gris. Vuelve la niebla. El sueño se disipa.
Aquí es donde la obra te destroza y donde entiendo, por fin, de qué va esto de la fe. La fe no es el momento del éxtasis. Eso es fácil, eso es turismo espiritual, un subidón de azúcar barato para el alma. Cualquiera puede creer cuando el cielo se abre y los violonchelos gritan gloria. No tiene mérito. El verdadero truco, la gran estafa cósmica, es lo que viene después.
La fe es lo que haces ahora, cuando la música baja y te das de bruces contra el suelo. Es el momento exacto en el que la dopamina se retira y tienes que decidir si lo que acabas de sentir fue una verdad revelada o solo una fluctuación química en tu cerebro de primate. Es mantener la dignidad cuando el milagro se apaga y vuelves a ser un tipo con sueño, con un alquiler que pagar y la nevera vacía. La fe no es volar; es cómo caminas después de haber volado, cuando las piernas te pesan plomo y el mundo te parece insultantemente plano, gris y mudo. Es la resaca de Dios.
Sheku toca las últimas notas con una suavidad que da ganas de llorar. Se va apagando. Morendo, pone en la partitura. La voz se calla. El sueño se ha terminado. Abres los ojos. Estás en tu salón. El parquet sigue frío. El móvil tiene una luz verde parpadeando.
El silencio que queda después de la última nota del piano es atronador.
Me quedo quieto, mirando al techo, con un vacío en el estómago que ríete tú del hambre física. Es el síndrome de abstinencia de lo divino. Me han dado un chute de eternidad y ahora me lo han quitado de golpe.
Me levanto. Me crujen las rodillas. Vuelvo a ser un chico normal en un mundo normal. Un mundo sin banda sonora, sin cello, sin luz dorada. Un mundo de hechos, de datos, de ciencia, de "esto es lo que hay".
¿Entonces? ¿Para qué sirve todo esto? ¿Es la fe solo un mecanismo de defensa, una droga auditiva para no pegarnos un tiro ante el absurdo de la existencia?
Quizás.
Pero mientras me preparo un café, con el sabor de la "miel oscura" de Sheku todavía en el paladar mental, pienso que hay una dignidad terrible en ese intento.
Lo complicado de creer hoy no es la falta de pruebas. Es la falta de fuerzas. Requiere una energía titánica sostener ese violonchelo imaginario, seguir tocando la melodía ascendente cuando todo el piano de la sociedad te empuja hacia abajo, hacia el gris, hacia el cinismo.
Fauré no compuso una obra sobre el triunfo de la fe. Compuso una obra sobre la nostalgia de la fe. Y quizás eso es lo único a lo que podemos aspirar los hijos de este siglo. No a tener la certeza, sino a tener la nostalgia. A echar de menos el sueño con tanta fuerza, con tanta belleza y con tanta desesperación, que esa misma carencia se convierta en una forma de oración.
No creo en Dios. O a lo mejor sí, a ratos, los martes por la tarde cuando escucho a Sheku Kanneh-Mason. Pero creo en la sed. Creo en el temblor de la cuerda. Creo en el intento de volar aunque sepamos, con certeza científica, que nos vamos a estrellar contra el suelo.
Miro por la ventana. El cielo sigue gris panza de burro. Pero ahora, por algún motivo, me parece un gris un poco más soportable. Casi, casi, un color sagrado.
Le doy al play otra vez. Necesito volver a soñar.