Hay mañanas en las que uno se despierta y siente que el techo está cinco centímetros más bajo. No es una cuestión de arquitectura, es una cuestión de volumen interno. Te miras al espejo y no ves a un tío de veinte y tantos años; ves una matrioska defectuosa que ha dejado de encajar, una serie de carcasas mal puestas que chirrían al menor movimiento. Ahí dentro, apretados contra las costillas, están el adolescente que quería ser diseñador y acabó en un Excel, el niño que todavía siente el pánico frío de cuando se perdió en un supermercado de Ciudadela y el tipo que hace años pensaba que el amor era una cosa sólida, como una encimera de granito, y resultó ser más bien como el humo de un cigarro en un día de viento: algo que no puedes sujetar.
Estamos llenos de gente que ya no somos. Y esa gente, esos "yo" pasados, no se van discretamente por la puerta de atrás. Se quedan ahí, ocupando espacio, respirando tu aire, exigiendo que les pagues una deuda de fidelidad que nunca firmaste. Son okupas emocionales que demandan que sigas sintiendo el mismo rencor por aquel amigo, el mismo miedo por aquel fracaso o la misma nostalgia por una casa que ya ni existe.
Todo esto lo entendí una tarde cualquiera, en una habitación que olía a lo que huelen las habitaciones de los veinte años: a café recalentado, a ropa sucia y a una ambición que todavía no sabe contra qué golpearse. Fue mi hermano pequeño el que trajo el veneno y la cura. Me sentó frente a los altavoces con esa calma de quien sabe que está a punto de provocar un incendio y me soltó la Segunda Sinfonía de Mahler.
Hasta ese momento, yo creía tener el control. Un tipo con un mapa desplegado en la mesa, unas cuantas certezas de cartón piedra y una mochila llena de trastos viejos que llamaba "personalidad". Pero entonces empezó a sonar el quinto movimiento. Y ese día, gracias a mi hermano —que se supone que era el que tenía que aprender de mí, y no al revés—, dejé de ser yo. No me transformé de forma mística, no mejoré como persona, no "crecí" en el sentido cursi de la palabra. Simplemente, ese "yo" que yo conocía se desintegró por la presión acústica para dejar paso a otra cosa que todavía no sabía nombrar.
Mahler era un tipo que no sabía ser ligero. Tal vez por eso dijo que una sinfonía debía ser “como el mundo: debe contenerlo todo”. Esa frase resume tanto su estética como su carácter: un hombre incapaz de vivir —o componer— a medias, siempre buscando una verdad más profunda, aunque duela. Sus sinfonías no son canciones, son edificios de hierro que te caen encima y te aplastan. . En el quinto movimiento, justo antes de que todo se resuelva en esa idea mística de la Resurrección, aparece un coral de metales. Trombones, tubas, trompas. Suenan con una solemnidad que te ensucia los pulmones y te hace vibrar los empastes de las muelas. La indicación en la partitura dice "Wieder sehr breit". De nuevo muy ancho.
Y es verdad: el sonido se vuelve una masa espesa, una pared de sonido que no te deja pasar. Recuerdo mirar a mi hermano en ese momento. Él estaba tranquilo, con los ojos cerrados, como quien sabe que ha soltado una fiera en el salón y solo está esperando a ver qué destroza primero. No era música, era una ocupación militar del espacio.
Cada vez que escucho ese coral, no oigo armonía celestial. Oigo la densidad de mis propios errores acumulados. Los metales avanzan lentos, como cuando intentas correr en un sueño y las piernas, de plomo, te pesan. Es el sonido de la acumulación: el peso de cada palabra que no dije y de cada gesto que forcé para encajar. Esos metales son mis antiguos "yo" formando una barrera, una falange de fantasmas que me impiden dar un paso hacia adelante. El "yo" que fue cruel por miedo, el "yo" que fue cobarde por comodidad, el "yo" que todavía cree que puede arreglar cosas que se rompieron hace una década.
Mahler no está inventando un tema nuevo ahí; está ensanchando algo que ya ha sonado antes, dándole una dimensión monstruosa. Está cogiendo la materia prima de la sinfonía —de la vida— y la está volviendo tan ancha que ya no cabe en el pecho del oyente. Es una deuda que se va cobrando en intereses de ansiedad. Aquella primera vez, sentado en el suelo, sentí que Mahler —un psicótico de la estructura que llevaba muerto un siglo— me estaba haciendo una autopsia en vivo. El "Wieder sehr breit" funcionaba como una prensa hidráulica que iba aplastando mi ego capa a capa.
Hay una idea peligrosa en la que nos educan desde que tenemos uso de razón: la de la "coherencia". Nos dicen que debemos ser fieles a nosotros mismos, como si fuéramos una marca comercial que no puede cambiar de logotipo. Pero, ¿a cuál de nosotros debemos fidelidad? ¿Al niño que odiaba el brócoli? ¿Al adolescente que se juró amor eterno a los dieciocho en un portal? Mantener esa coherencia es lo que nos asfixia. Es lo que hace que el coral de metales suene tan pesado, porque estamos intentando sostener una estructura que ya no tiene sentido.
En ese momento de la audición, algo hizo clic. Entendí que yo no era ese bloque de mármol que intentaba esculpir con tanto esfuerzo. Entendí que "yo" era simplemente el espacio, el vacío, donde esa música estaba ocurriendo. Y fue una liberación terrorífica. Dejé de ser el protagonista de mi pequeña e insignificante tragedia personal para convertirme en el escenario de algo inmenso que no podía controlar. Mi hermano me había regalado, sin saberlo, el derecho a la inexistencia, la posibilidad de dejar de ser "alguien" para simplemente ser.
A medida que el coral de metales avanza, Mahler empieza a meter capas. No se conforma con los metales; introduce las maderas con su sonido punzante, añade las cuerdas que tiran hacia arriba, y la percusión empieza a latir por debajo como un corazón que ha olvidado su ritmo natural. El crescendo se vuelve insoportable, una marea de sonido que sube hasta cubrirte la nariz. No es un crescendo de alegría triunfal, es un crescendo de presión absoluta. Es como cuando metes demasiada ropa en una maleta y te tienes que sentar encima para cerrarla, pero de repente oyes cómo las costuras empiezan a crujir y sabes que la cremallera va a saltar en cualquier momento, disparando calcetines y recuerdos por toda la habitación.
Ese crujido es el "Wieder sehr breit". Es el momento en el que tu identidad actual dice "basta". No puedo ser el niño perdido, el diseñador frustrado, el amante herido y el hombre funcional al mismo tiempo. No hay tanta anchura en el mundo ni tanto espacio en el pecho para sostener todas nuestras versiones sin que algo se rompa violentamente.
Filosóficamente, tenemos una lealtad estúpida hacia nuestro pasado, como si fuera un rehén que debemos proteger a toda costa. Creemos que cambiar es traicionar a quienes fuimos, que olvidar un dolor es perder una parte de nuestra esencia. Pero Mahler nos dice a través de ese estruendo: sí, hay que matarlos a todos. O mejor dicho, hay que dejar que exploten. Porque ese "yo" que crees ser con tanta firmeza es solo una costra seca que impide que la piel nueva respire, una armadura oxidada que ya no te deja mover los brazos.
Y entonces llega el momento. La explosión orquestal.
Si no has escuchado la Segunda de Mahler, imagínate que el universo decide dar un portazo en tu cara. Toda la orquesta descarga un golpe sonoro que te deja sordo y ciego por un segundo. El coral de metales, con toda su solemnidad y su pesadez, desaparece de un plumazo. La estructura se desintegra. El tiempo se detiene.
Es el sonido de la mochila rompiéndose por las costuras. Es el momento en que la maleta finalmente revienta y todo ese peso acumulado se dispersa en el aire, volviéndose irrelevante.
Esa explosión es la única forma de pagar la deuda con nuestros "yo" pasados. No se paga con reflexión pausada, ni con terapia de grupo, ni con silencios prolongados en el sofá. Se paga permitiendo que la tensión sea tan alta que el sistema colapse por completo. Hay que dejar que el coral de metales se vuelva tan ancho y tan pesado que la realidad no pueda sostenerlo ni un segundo más.
Aquel día, cuando la orquesta explotó en el salón de mi casa, yo sentí que el chico que había entrado en esa habitación cinco minutos antes había muerto. No hubo entierro, no hubo flores, ni siquiera hubo una despedida formal. Solo un silencio atronador que me llenó la boca. Me quedé allí, mirando a mi hermano, sintiéndome extrañamente ligero, como si me hubieran quitado un abrigo de plomo que llevaba puesto toda la vida sin haberme dado cuenta. Había dejado de ser yo mismo para empezar a ser otro yo, uno que todavía no tenía nombre, ni deudas pendientes, ni un mapa de certezas que seguir.
Después del estallido, la música ya no pesa: se desmaterializa. No hay bloques de hormigón ni muros que interrumpan el paso, no hay gravedad. Todo se abre como si la orquesta hubiera hecho saltar por los aires la arquitectura misma del mundo. Entra un aire caliente, casi irreal, un aire que no pertenece a este sitio sino a otro más alto, más desnudo. Es como si, tras la explosión, quedara al descubierto algo esencial, algo que no puede decirse con palabras.
Entonces aparecen la flauta, los violines, frágiles, suspendidos, como un pájaro desorientado en medio de la niebla después de una tormenta. No cantan para consolar, cantan para comprobar que aún existe el silencio. A su alrededor, la orquesta respira con ella, primero conteniéndose, luego expandiéndose, hasta tocar con esa intensidad que Mahler siempre exige: sin bellezas cómodas, sin sonidos pulidos, sino con la verdad llevada al límite, como si cada nota se tocara por última vez.
Y en ese espacio nuevo —ya sin peso, sin paredes, sin refugios— la música arde. Es una claridad violenta y luminosa a la vez, una especie de resurrección sin promesa religiosa, puramente humana, donde lo que queda no es triunfo ni consuelo, sino una conciencia aguda de estar vivo, expuesto, temblando, pero abierto de par en par. La indicación de Mahler para el final es "Resurrección", pero para mí es simplemente "Vaciado".
La gente suele pensar que resucitar es volver a ser quien eras pero con alas de ángel. Qué pereza. Resucitar es, precisamente, dejar de ser todos esos tíos que te precedieron. Es que el niño del supermercado y el tipo del Excel dejen de pelearse por el mando a distancia de tu cerebro para siempre. Es entender que ya no les debes nada.
Mahler —y mi hermano, ese pequeño sabio que sabía perfectamente lo que estaba haciendo— me enseñaron que el camino a la plenitud no es una línea recta y ascendente, sino una acumulación salvaje de presión que termina en un estallido purificador. Escribo esto porque sé que tú también sientes esa anchura insoportable a veces. Esa sensación de que eres un contenedor demasiado lleno de versiones obsoletas de ti mismo, una estantería que está a punto de ceder bajo el peso de libros que ya no vas a volver a leer.
Mi consejo, si es que un tipo que se rompió en mil pedazos escuchando unos trombones en una tarde de martes puede dar consejos, es que no intentes frenar el coral de tus metales. Deja que suene. Deja que se ensanche hasta que te duela el pecho. Deja que la pesadez de quien fuiste te aplaste contra el suelo y te deje sin aire. Y cuando sientas que no puedes más, cuando el sonido sea una masa sólida que no te deja ni pestañear, no te resistas. No intentes salvar al tipo que fuiste ayer.
Espera el estallido.
Deja que la orquesta de tu vida reviente la maleta de una vez por todas. Porque solo cuando los trozos de quien fuiste estén esparcidos por el suelo como cristales rotos, podrás empezar a escuchar, por fin, quién eres ahora. Ese otro yo que nació gracias a un hermano que sabía qué botón pulsar, y que hoy puede caminar por la calle sin pedirle permiso a ninguno de sus fantasmas.