Hay un instante en la penumbra
antes que el telón respire,
cuando el aire se hace piedra
y el pecho entero se mide.
Huele a laca y a promesa,
a sudor de valentía,
a purpurina barata
que reluce rebeldía.
Quince sombras se preparan
con el “tipo” por destino,
apretándose las sienes
como quien firma un camino.
Y al rasgueo de guitarra
se desata la locura:
no es canción lo que sucede,
es el alma en carne pura.
Que la copla abre los pechos,
los remienda y los señala,
y en un quirófano de coplas
late el pueblo… y nunca calla.
Siempre he pensado que el Carnaval de Cádiz es nuestro último conservatorio de barrio, pero uno clandestino y cruel, uno que no entrega un título de grado superior firmado por un rey, sino que regala una resaca emocional que dura todo un año y una cicatriz en las cuerdas vocales.
A menudo nos venden el Carnaval como la fiesta de la libertad absoluta, pero el Concurso Oficial (el COAC) es, en realidad, una de las estructuras más rígidas, neuróticas y académicas que sobreviven en Occidente. Que ya es mucho decir. Es música de cámara para gente que mastica el viento de levante. Y, sin embargo, esa aparente contradicción tiene siglos de crianza: nació entre coplas callejeras, coros de máscaras y guitarras desobedientes, sobrevivió a prohibiciones, censuras y alcaldes con alergia al bombo, se refinó en teatros cuando la calle se volvió peligrosa y aprendió a afilar la ironía como quien afila un cuchillo heredado. Por eso hoy, cuando se alza el telón, no se asiste solo a un espectáculo: se asiste a la última capa de una tradición que lleva generaciones ensayando cómo decirlo todo sin dejar de cantar.
Para quien todavía no esté iniciado en este rito pagano con compás de dos por cuatro, el Carnaval —y, en su núcleo sagrado, el COAC— es el torneo lírico que incendia las noches de febrero en el Gran Teatro Falla, cuando Cádiz se convierte en faro mundial del arte con salitre. Es el mes en que el duende de la tacita se desata para darle luz al planeta a base de coplas.
Ahí desfilan agrupaciones llegadas de toda Andalucía —y de más allá— para batirse en las cuatro órdenes sagradas: coro, comparsa, chirigota y cuarteto, peleando por un primer premio que no es un trofeo: es un pasaporte directo al Olimpo donde residen plumas inmortales como Juan Carlos Aragón, Martínez Ares, Paco Alba y demás compañía ilustre. ¿Que quién me ha dado permiso para hablar del Carnaval de Cádiz siendo de Menorca? Absolutamente nadie. ¿Que a quién pienso hacerle caso? A nadie, por supuesto. Faltaría más.
Unos sabios cantaron:
“Que aquí, no somos cantantes, eso sí, nos gusta hablar.
Tenemos arte pa’ rabiar, pa’ dar y pa’ regalar.
Y sobre to’ pa’ criticar, porque eso es el carnaval.
Una crítica social. Que es muy bonito cantar pero sin meterte en na’.
Aunque pa’ ganar un premio, te vendrá fenomenal”.
Y ahora que ya estamos situados, que sabemos dónde estamos y por qué febrero suena distinto cuando sopla levante, toca dar el paso natural: dejar el folleto turístico y abrir la partitura. Porque sí, yo suelo escribir de música clásica —de sinfonías con pedigrí, de cuartetos con siglos de polvo noble y de señores con peluca que modulaban como quien respira— y puede que alguien se pregunte qué demonios tiene que ver todo ese canon solemne con el Carnaval de Cádiz.
La respuesta corta es: más de lo que parece. La larga… es justo la que empieza ahora.
Si analizamos un pasodoble, esa pieza central que es el eje del alma gaditana, te das cuenta de que estamos ante una «forma sonata» popular, pero despojada de la peluca de seda de Haydn y vestida con los harapos del pueblo.
El pasodoble tiene una arquitectura de hierro, casi inalterable con los años: una introducción que marca el tono, donde la guitarra dicta el carácter y el pito de carnaval rememora tiempos pasados. Un primer tema melódico, que nos lleva al trío y un «fuerte de bajos» que nos golpea el esternón como un martillo neumático. Fue Antonio Rodríguez, el «Tío de la Tiza», quien empezó a codificar esta locura a finales del siglo XIX. Lo que hoy escuchamos es el refinamiento patológico de esa herencia. En el Falla, la obsesión por la afinación es casi una enfermedad. Grupos de quince personas buscando el unísono perfecto, esa nota que vibra en la glotis y que, si se desvía un milímetro, el jurado anota en su libreta con la frialdad de un forense que redacta un acta de defunción.
Esta búsqueda de la belleza apolínea —orden, medida, pecho fuera— es un anacronismo maravilloso en nuestra era de la distracción. Mientras el mundo se deshace en ritmos de TikTok, en Cádiz se sigue respetando la pausa dramática, el silencio antes del estallido y la modulación armónica que te prepara para el golpe final. Es la resistencia de la partitura de sangre frente al algoritmo de silicio.
Para entender esta "deformación" profesional de la belleza, me gustaría que nos fijáramos en lo que han perpetrado Sergio Guillén "Tomate" y "Piru" este año con su comparsa "Los Locos". En el fragmento que arranca en el minuto 9:00 de su actuación, la música deja de ser un adorno para convertirse en una autopsia musical de nuestra propia cordura.
Musicalmente, la pieza es una delicia técnica inquietante. Empieza con un punteo de guitarra que conspira. Es un tic nervioso, una escala que sube y baja con una precisión que Mozart habría escrito en sus noches de fiebre más oscura. Representa sonoramente la ansiedad antes de que se convierta en grito. Cuando entra el grupo, lo hace con un susurro contenido, una confesión compartida en la penumbra de una consulta psiquiátrica. Pero es una trampa.
Poco a poco, la armonía empieza a girar hacia un lugar incómodo. No es el pasodoble alegre que esperas para mover el pie; es una composición que te obliga a mirar el abismo. Los autores exprimen las voces de contraltos y octavillas hasta llevarlas al filo, tensando la nota con tal intensidad que parece que la laringe vaya a rendirse en pleno directo. Y ahí aparece Pedro Páez: probablemente la voz más adictiva del Carnaval. Ese quejido suyo no se escucha, se padece… y se vuelve imprescindible. Es la presión de tener que ser "normal" y productivo en un mundo desquiciado, convertido en una polifonía perfecta. Lo que están haciendo no es solo cantar; están utilizando el rigor del conservatorio para canalizar una neurosis colectiva. Es la música clásica convertida en terapia de choque, donde el rigor técnico sirve de dique de contención para un llanto que, de otra forma, sería insoportable.
El teatro es el lugar donde esta locura se higieniza. Allí, el sonido de "Los Locos" rebota en las maderas nobles y se entrega limpio, procesado por micrófonos de alta fidelidad. Pero es una mentira necesaria, una liturgia de validación. Es el ensayo de una orquesta sinfónica donde el director es un público que respira en tu nuca y que conoce tu repertorio mejor que tú mismo.
La tensión del concurso es idéntica a la de un pianista en el Concurso Tchaikovsky de Moscú. Los dedos de los guitarristas tiemblan igual sobre el mástil. En Cádiz, el error no es estético, es una humillación social. Desafinar una entrada tan compleja es una mancha en el currículum de la calle, una herida en el orgullo del barrio que tarda décadas en cerrar. El COAC ejerce de "periodismo cantado", como bien señalan los analistas: las letras analizan la actualidad con una mordacidad que ya quisieran para sí los editoriales de los grandes diarios. Pero toda esa rigidez, toda esa perfección técnica que se exige bajo los focos, no es el fin último. Es solo el entrenamiento militar. El Falla es el gimnasio; la calle es la vida sin anestesia.
Cuando termina el concurso y las luces del teatro se apagan, ocurre la gran mutación. Es el paso de lo apolíneo a lo dionisíaco. El grupo que hace tres días buscaba la perfección de un cuarteto de cuerda de Shostakóvich, ahora se encuentra en una esquina, a las cuatro de la mañana. O en la Facultad de Medicina, a las 8 de la mañana. Tienen el maquillaje corrido por el viento de levante húmedo y el olor a fritura de las freidurías cercanas se les ha metido por los poros de la piel hasta sustituir a la colonia cara del estreno.
Ahí es donde la música de "Los Locos", del Bizcocho o del Pelu, se vuelve real. Ese pasodoble sobre la salud mental ya no se canta para un jurado con corbata, se canta para un chaval de veinte años que te mira con los ojos empañados porque se siente igual de roto que la letra. El sonido ya no es puro; está sucio de humedad, de gritos de niños que corren entre las piernas y del murmullo constante de una masa que huele a cerveza y a invierno. Y es precisamente esa suciedad, esa interferencia orgánica, la que le da su valor supremo.
En la música clásica, el concierto termina con un aplauso protocolario y el cierre de la funda del violín. En Cádiz, el premio es que la gente te pida «otra», no por el prestigio, sino por la comunión física. La música se convierte en un acto de canibalismo mutuo. Los autores escriben letras crudas sobre el precio de la luz, sobre la precariedad de los alquileres que expulsan a los gaditanos de su propia ciudad o sobre la soledad de los viejos, y la gente se las come, las mastica y las devuelve gritando en una catarsis que ninguna red social puede replicar.
Hoy vivimos enfermos de validación externa. El like, el view, el premio institucional que certifique que nuestra existencia tiene algún valor. El Carnaval de Cádiz es un experimento sociológico que ridiculiza esta tendencia. Hay grupos que ganan el primer premio en el teatro pero que mueren en la calle porque su música no tiene «sangre», porque son cáscaras técnicas sin alma. Y hay grupos que quedan los últimos en el concurso y se convierten en leyendas del asfalto, en himnos que la gente canta en las bodas y en los entierros.
Esto nos dice algo fundamental sobre la actualidad: estamos saturados de perfección técnica vacía. Tenemos filtros para las fotos, autotune para las voces y guiones calculados para el impacto rápido. El Carnaval, en su versión de batea y esquina, es el antídoto. Es lo crudo. Es ver a un hombre de cincuenta años llorando mientras canta una cuarteta de un popurrí porque esa melodía, aprendida en un ensayo oscuro entre botes de Cruzcampo, dice exactamente lo que él no sabe decir con palabras después de diez horas de jornada laboral. Es la victoria de lo humano frente al procesamiento de datos.
Al final, cuando el Carnaval acaba y las calles se limpian de papelillos y restos de miseria festiva, lo que queda es el eco. No el eco del teatro, que es seco y controlado, sino el eco de la batea, ese remolque de camión donde los coros cantan bajo un sol que no perdona.
El verdadero premio no es la estatuilla de plástico, ni el cheque, ni la foto en el periódico local. El premio es haber conseguido que una estructura musical tan compleja como la de Martinez Ares, de Bienvenido o del Tomate y Piru —ese juego de voces que parece una filigrana de orfebre renacentista— se haya fundido con el día a día de la gente. Es saber que tu música va a sonar en la cocina de alguien mientras fríe un huevo, o en el coche de un trabajador que vuelve a casa después de una jornada de mierda.
La música del Carnaval de Cádiz nos enseña que la belleza no está encerrada en un museo, sino en la capacidad de deformar la realidad para hacerla soportable. Que podemos ser Mozart por una noche, aunque tengamos las manos manchadas de grasa y el alma un poco rota. Y que, al final del día, el mejor escenario del mundo no tiene cortinas de terciopelo, sino el cielo abierto de una ciudad que sabe que cantar es la única forma digna de protestar contra la vida y contra la muerte.
“¡Ay, ay, ay, ay, ay, que cuando llega febrero!
¡Ay, ay, ay, ay, ay, no me quiero recoger!
¡Ay, ay, ay, ay, ay, porque por Cádiz yo muero!
¡Ay, ay, ay, ay, ay y resucito otra vez!
Y lo mismo que salgo, me voy como un paso…
Me voy como un paso… me voy como un paso…
¡Y salgo otra vez!”.