La primera vez que el silencio se me clavó en las costillas como un cuchillo de hielo fue durante el apagón. Ese apagón que el 28 de abril de 2025 llegó sin avisar y nos cambió un poco el mundo. Un parpadeo de las luces, un último zumbido agónico de la nevera, y de repente, clac. Nada. El mundo se apagó. Se fue la tele que tenía de fondo, se fue la música del ordenador, se fue hasta el ruido eléctrico de la regleta del enchufe. Se fue todo lo que usaba para no estar solo conmigo mismo. Y entonces, cayó. El Silencio.
Pero no era un silencio de paz. No era el silencio acogedor de una casa dormida. Era un abismo. Un puto agujero negro que empezó a absorberlo todo: mi propia respiración sonaba como un fuelle, el latido de mi corazón retumbaba en mis oídos. El vacío se hizo tan denso que podía masticarlo. Y en esa negrura atronadora, solo podía escuchar una cosa: el motor de mi ansiedad a tres mil revoluciones por minuto. El runrún de mi cerebro gritándome: HAZ ALGO, INÚTIL, ENCIENDE LA RADIO, MIRA EL MÓVIL, LO QUE SEA, PERO LLENA ESTE PUTO VACÍO CON ALGO DE RUIDO
Ese ruido.
¿Sabes a qué me refiero? Es el picor que te entra en el cerebro cuando no hay un podcast, ni una playlist, ni una notificación de Instagram que te diga que existes. Es el pánico sordo de la sala de espera del dentista cuando se te acaba la batería del móvil. Es la vibración de tu propia sangre en los oídos cuando te despiertas a las tres de la mañana y el mundo parece haberse muerto. Huimos de él como de la peste. Nos hemos vuelto adictos a la anestesia del ruido. Somos yonquis de la distracción. Porque cuando todo se calla, lo que queda eres tú. Y eso, joder, eso a veces es insoportable.
La primera vez que oí hablar de 4'33" de John Cage me reí. Me reí con esa superioridad del ignorante, del que cree que ha descubierto el timo del siglo. Un amigo del conservatorio me lo contó como si me estuviera revelando el secreto del universo. "Tío, es una pieza en tres movimientos en la que el pianista se sienta, abre la partitura, y no toca ni una sola nota durante cuatro minutos y treinta y tres segundos".
Lo primero que pensé fue: vaya panda de gilipollas. Lo segundo: el arte moderno es una estafa piramidal para sacarles la pasta a cuatro ricos que se aburren. Me imaginaba la escena. El concertista —no sé si frente a un piano, con un violín, o puede que con un trombón-, sudando bajo los focos, concentradísimo en su no-hacer. El público, carraspeando, aguantándose la risa o frunciendo el ceño con intensidad impostada para que el de al lado viera lo mucho que "lo estaban pillando". Me parecía el culmen del esnobismo, el chiste definitivo contado en un idioma que solo unos pocos pretendían entender.
Pero la idea se me quedó ahí, como una semilla extraña plantada en un rincón oscuro de la cabeza. Cuatro minutos y treinta y tres segundos. Sin tocar. ¿Qué se supone que debes hacer? ¿Escuchar el silencio? ¿Contar cada segundo para aplaudir al final? ¿Y si aplaudes en el 4’ 30”?
Una noche, solo en casa, con esa desazón de domingo que te araña por dentro, decidí probar. Me puse los auriculares –la ironía de la situación casi me hace abortar la misión–, busqué en YouTube una grabación de la "interpretación" de un tal David Tudor y le di al play. (El tío, por cierto, está frente a un piano).
Cerré los ojos.
El primer minuto fue un infierno. Mi cerebro, al no recibir el estímulo esperado, se convirtió en un mono con dos platillos. La lista de la compra. Tengo que sacar la lavadora. ¿He limpiado el lavabo? Mañana tengo que llamar al seguro. Me pica la nariz. Mierda, ¿me pica de verdad o es mi cerebro saboteándome? Me acuerdo de la vez que me caí delante de no sé quién en el instituto. Patético. Debería hacer más ejercicio. ¿Por qué le contesté así a mi madre el otro día? Soy un desastre.
Era un caos. Una cacofonía de pensamientos inútiles, de ansiedades pasadas y futuras, de picores fantasma y de una necesidad casi física de levantarme y poner a Bruno Mars a todo volumen. Sí. También escucho cosas más modernas. Esto no era silencio, esto era la puta M-30 de mi neurosis en hora punta. Fracasé. Estrepitosamente. No había entendido nada. La pieza era una mierda y yo era idiota por haberlo intentado. Apagué el vídeo sintiéndome estafado por un fantasma, por un compositor muerto que se reía de mí desde su tumba conceptual.
La revelación, como suelen ocurrir estas cosas, no llegó en un momento de trascendencia impostada. No llegó meditando en un cojín de lino. Llegó en un puto Mercadona. Estaba en la cola para pagar. Una de esas colas que parecen diseñadas por un funcionario de Kafka. Y, por supuesto, se me estaba a punto de morir el móvil. Nada de tuits que leer, nada de stories que pasar, nada de WhatsApps que ignorar. Estábamos yo, esa cesta tan habitual y rutinaria que lleva un tetrabrik de puré de calabaza y un bote de pasta de dientes, y el vacío.
Primero sentí el pánico de siempre. El mono. La necesidad de sacar el teléfono aunque solo fuera para mirar la pantalla en negro. Mis pulgares se movían solos, buscando un icono que no estaba. Y entonces, me rendí. No había escapatoria. Estaba atrapado en el presente.
Y empecé a escuchar.
Escuché el pitido rítmico, casi hipnótico, de la caja registradora. Bip. Bip. Bip. Escuché el chirrido de las ruedas de un carrito de bebé, una melodía quejumbrosa y metálica. Escuché la conversación de dos mujeres detrás de mí, hablando de una tal Mari Pili, y sus voces eran como un violonchelo y un clarinete desafinados. Escuché el zumbido grave y constante de los congeladores, el bajo continuo de todo supermercado. Escuché el roce de mi propia ropa, el latido sordo en mis sienes.
Bip. Chirrido. "Pues le dije a la Mari Pili...". Zzzzzzzzz. Ffffff.
Era una sinfonía. Una composición extraña, caótica, pero absolutamente real. No era silencio. El silencio no existía. Era un tejido de sonidos que siempre habían estado ahí, pero que mi cerebro, en su búsqueda desesperada de estímulos "importantes", había decidido anular.
Y entonces lo entendí.
Entendí que John Cage no me había estafado. Entendí que 4'33" no es una pieza sobre el silencio. Es una pieza sobre la escucha. No va de la ausencia de sonido, sino de la presencia de todos los sonidos. El pianista que no toca no está creando un vacío; está creando un marco. Es como si cogiera un lienzo en blanco y te dijera: "Mira. El cuadro eres tú. El cuadro es esta habitación. El cuadro es el mundo que ocurre ahora mismo".
El genio de Cage fue usar el ritual del concierto, ese espacio sagrado de la escucha atenta, para dinamitarlo desde dentro. Te obliga a dirigir esa misma atención, no al virtuoso del escenario, sino a tu alrededor. Y, lo que es más aterrador, hacia tu interior. El carraspeo del señor de la fila tres, el crujido de la butaca, el zumbido de tu propia sangre... todo eso se convierte en la partitura. El público no es el receptor de la obra. El público es la orquesta.
Desde aquel día en el Mercadona, empecé a "interpretar" 4'33" en todas partes. En el andén del metro, en lugar de maldecir el retraso, escucho el goteo de una tubería, el eco de unos pasos lejanos, la maraña de conversaciones que se funden en un solo murmullo. Tumbado en la cama, en lugar de luchar contra el insomnio, escucho el crujido de la madera de los muebles, el motor de una nevera lejana, el latido del corazón de Cris pegado a mi como la percusión inevitable que me mantiene vivo.
Nos pasamos la vida intentando escapar del ahora. Llenamos cada segundo con ruido para no tener que enfrentarnos a la orquesta de nuestra propia cabeza. Nos aterra la melodía de nuestros pensamientos sin filtros, el ritmo de nuestras ansiedades. Y lo que Cage nos propone no es que apaguemos esa orquesta. Eso es imposible. Lo que nos propone es que, por una vez, nos sentemos en la butaca y la escuchemos. Sin juicio. Sin intentar dirigirla. Simplemente, escuchar.
4'33" es el acto más punk que te puedas imaginar. Es un corte de mangas a la productividad, a la necesidad de estar siempre haciendo, diciendo, produciendo. Es una invitación a la inutilidad más radical y, por eso mismo, más necesaria. Es un recordatorio de que estar presente no es poner la mente en blanco. Es darte cuenta de que tu mente nunca está en blanco, y que no pasa nada. Que el zumbido de tu neurosis, el recuerdo vergonzoso de la adolescencia y el pitido de la caja del súper forman parte de la misma y jodida composición. La banda sonora de estar aquí, ahora, respirando en una cola que no avanza.
Y en esa escucha, en esa aceptación del caos sonoro que somos, a veces, muy de vez en cuando, encuentras algo parecido a la paz. No es silencio. Es algo mucho más interesante. Es el sonido de la vida ocurriendo. Y tú, por fin, estás ahí para escucharlo.