Nabucco y el despertar de la masa

Verdi hace algo genial. Introduce el canon.

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·

Imagina el polvo.

No ese polvo que se acumula debajo de tu cama si no pasas la aspiradora en dos semanas. Hablo de un polvo más industrial, del siglo XIX. Polvo de madera vieja, de terciopelo rancio y yeso recién picado. Estamos en Milán, es 1842, y el interior del Teatro alla Scala es una boca de lobo en obras. Hay andamios, hay cuerdas que cuelgan como tripas de animales muertos y hay, sobre todo, ruido. El ruido de los martillos, de las sierras, de los gritos de los tramoyistas que se insultan en dialecto milanés mientras intentan arreglar el decorado para el próximo estreno.

Es un lugar de trabajo, hostil y físico. No hay glamour. Todavía no. Aquí la gente viene a ganarse el pan partiéndose la espalda. Y de repente, el silencio. Los martillos se quedan suspendidos en el aire. Las sierras dejan de morder la madera. Los hombres, tipos duros con las manos llenas de callos, se quedan paralizados, mirando hacia el escenario, con la boca entreabierta, como si acabaran de ver a la Virgen o a un fantasma.

En el foso, un hombre joven, con aspecto de no haber dormido bien en tres años y de estar cabreado con el mundo, realiza un ensayo. Se llama Giuseppe Verdi. Y lo que está sonando no es solo música. Es su arma de destrucción masiva de la individualidad.

Bartolomeo Merelli, el empresario del teatro, el que pone el dinero, se lleva las manos a la cabeza. "¡No se puede trabajar así!", grita. O al menos, lo piensa. Nadie trabaja. Los carpinteros, los pintores, los maquinistas... todos han dejado de ser trabajadores para convertirse en oyentes. Se han quedado "embelesados", dicen las crónicas. 

Tras estos incidentes, que fueron recurrentes en los ensayos de Nabucco, Merelli tuvo que cerrar el teatro a cal y canto. Prohibió la entrada a cualquiera que no fuera imprescindible. No para proteger los secretos de la obra, sino porque si dejaba entrar a alguien, la productividad caía a cero. La gente se quedaba pegada al suelo, incapaz de moverse.

¿Qué demonios estaba sonando?

No era el famoso Va, pensiero, ese himno que luego se comería el mundo y que hoy tararea hasta el que no ha pisado una ópera en su vida. No. Lo que detuvo el tiempo en 1842 fue el final del segundo acto. Un fragmento técnicamente conocido como concertato, que empieza con las palabras S'appressan gl'istanti.

Y aquí es donde tú y yo entramos. Vamos a destripar este momento, porque si entendemos por qué esos obreros soltaron las herramientas, entenderemos algo mucho más oscuro y fascinante sobre nosotros mismos: por qué, en el fondo, nos aterra estar solos y deseamos, con una fuerza casi erótica, disolvernos en la masa.

Para entender el colocón, primero hay que mirar la droga. Verdi no era un intelectual de salón; era un tipo visceral. Venía de fracasar estrepitosamente con su ópera anterior, Un giorno di regno. Había perdido a su mujer y a sus hijos. Estaba en la mierda. Y lo más increíble es que Nabucco casi no existió: había decidido dejar de componer para siempre, hasta que un libreto olvidado en su abrigo —el de Nabucodonosor— se le abrió por azar como una grieta en medio del naufragio. Esa casualidad le salvó la carrera, y quizá la vida. Y así, nació Nabucco, esa ópera que no escribió con tinta, sino con bilis y con sangre.

El fragmento S'appressan gl'istanti ("Se acercan los instantes") no es una melodía bonita. Olvídate de eso. Porque no es Quando me’n vo, de La bohème. O el Nessum Dorma, de Turandot. Es un mecanismo de relojería diseñado para generar ansiedad y liberarla de golpe. Es ingeniería hidráulica aplicada a las emociones humanas.

Analicémoslo como si estuviéramos mirando los planos de una bomba. Evidentemente, no vamos a entender nada. La escena es un caos narrativo: Nabucco (el rey de Babilonia) está medio loco, su hija Abigaille quiere usurpar el trono, los hebreos están aterrorizados, el sumo sacerdote Zaccaria intenta poner orden. Todo el mundo tiene una agenda distinta. Todo el mundo es un "yo" gritando sus necesidades.

Y entonces, Verdi hace algo genial. Introduce el canon.

Musicalmente, un canon es esa forma en la que una voz presenta una melodía y, unos compases después, otra voz entra repitiendo exactamente lo mismo, y luego otra, y otra. Es una persecución. Pero en manos de Verdi, en este momento preciso, se convierte en algo más: se convierte en un contagio.

Escucha (o imagina que escuchas, que para el caso es lo mismo si me sigues el rollo):

Todo empieza con un pizzicato de las cuerdas. Tun-tun-tun-tun. Un latido. Seco. Nervioso. Como cuando te van a dar una mala noticia y notas el pulso en la sien. Y entra la primera voz. Empieza suave, casi murmurando. No está cantando para el público, está conspirando.

S'appressan gl'istanti d'un'ira fatale... (Se acercan los instantes de una ira fatal).

La melodía es insidiosa. Sube y baja en semitonos, cromática, serpenteante. Es rítmica. Es juguetona. Es verdiana en todo su esplendor. Se te mete debajo de la piel. Y justo cuando tu oído se acostumbra a ella... ¡BAM! Entra la siguiente voz. Y luego otra. Abigaille, Fenena, Ismaele, el propio Nabucco.

Aquí está el truco de magia: aunque los personajes se odian entre sí, aunque están diciendo cosas diferentes, la música los obliga a cantar lo mismo. La estructura musical es más fuerte que sus voluntades individuales.

Esto es lo que paralizó a los carpinteros de la Scala.

El cerebro humano es una máquina de predicción de patrones. Nos encanta anticipar lo que viene. Necesitamos saber. En la música, cuando escuchas un canon, tu cerebro se pone en modo "alerta roja". Estás escuchando la melodía en la voz 1, pero sabes que la voz 2 va a hacer lo mismo dos segundos después, y tu cerebro empieza a rellenar los huecos antes de que suenen. Te vuelves parte activa de la música. Te atrapa porque te obliga a procesar una cantidad brutal de información que, sin embargo, es perfectamente ordenada.

Es el principio de la resonancia. Si pones varios metrónomos sobre una tabla móvil y los activas a destiempo, en cuestión de minutos, por pura física, empezarán a oscilar exactamente a la vez. Se sincronizan. Eso es lo que pasa en S'appressan gl'istanti. Verdi coge a personajes dispares, con frecuencias emocionales distintas, y los mete en una olla a presión rítmica que los obliga a sincronizarse. Y tú, que estás sentado en la butaca (o agarrando un martillo en 1842), entras en resonancia con ellos. Y tu ritmo cardíaco es el de la orquesta.

Físicamente, no puedes resistirte. Es biología.

Pero vayamos todavía más hondo. Dejemos la partitura y hablemos de lo que sentían esos tipos llenos de polvo. ¿Por qué esa fascinación? ¿Por qué esa parálisis?

Porque estaban presenciando, en tiempo real y a través del sonido, el nacimiento de una Masa.

Elías Canetti, en su libro Masa y poder (un tocho que deberías leer si quieres entender por qué hacemos cosas estúpidas cuando estamos en grupo), habla del "temor al contacto". El ser humano, por definición, tiene miedo a que lo toquen. Creamos distancias de seguridad. Somos islas. "No me toques", "este es mi espacio", "esta es mi opinión".

Pero Canetti también dice que la única forma de perder ese miedo es disolverse en la masa. En el momento en que te conviertes en parte de una multitud densa, el miedo desaparece. Dejas de ser "tú" y pasas a ser "todo". Y eso, amigo mío, da un placer casi orgásmico. Es el alivio de dejar de cargar con el peso de ser un individuo.

Volvamos a la música.

El canon avanza. Las voces se van sumando. La textura se vuelve densa, casi asfixiante. Ya no distingues quién dice qué. Las palabras individuales se borran. Lo que importa es la ola. El sonido crece en un crescendo que parece que va a reventar las paredes del teatro. La orquesta empieza a empujar desde abajo con un ritmo marcial, obstinado. Es el sonido de la individualidad muriendo.

Los tramoyistas de la Scala, gente acostumbrada a obedecer órdenes, a ser engranajes invisibles, de repente escuchaban algo que elevaba esa condición de "engranaje" a la categoría de arte divino. Escuchaban cómo el sufrimiento individual (Abigaille, Nabucco) se sublimaba en un grito colectivo. 

Y entonces llega el clímax. El momento de la descarga.

Después de minutos de tensión acumulada, donde las voces se persiguen como perros de caza, Verdi rompe la presa. Todos los cantantes, el coro entero y toda la orquesta golpean la misma nota a la vez.

¡BOOM!

Es una explosión sónica. Es el momento en que la masa se solidifica. Ya no hay canon, ya no hay persecución. Hay homofonía: todos a una. Todos diciendo lo mismo con la fuerza de un huracán.

La letra, irónicamente, dice: Il maledetto non ha fratelli (El maldito no tiene hermanos). Nabucco, el rey caído, está solo. Pero la música nos dice lo contrario. La música nos grita que, en ese dolor, todos somos hermanos. La música contradice al texto. El texto habla de soledad; la partitura crea una comunidad indestructible.

Es una paradoja brutal. Y esa paradoja te golpea en el pecho. Literalmente. Las frecuencias bajas de los violonchelos y los contrabajos te vibran en el esternón. Dejas de pensar. Solo sientes. Te has convertido en masa.

Merelli cerró el teatro porque entendió algo fundamental: esa música era peligrosa. No peligrosa en un sentido político (aunque luego los italianos usarían a Verdi como símbolo de la revolución), sino peligrosa en un sentido productivo. El capitalismo, o el proto-capitalismo de la época, necesita individuos. Necesita que tú seas tú, con tu martillo, clavando tu clavo, preocupado por tu sueldo. La música de Nabucco hacía lo contrario. Disolvía las fronteras entre el carpintero y el pintor. Los unía en un estado de trance compartido. Y un grupo de gente en trance no trabaja. Un grupo de gente en trance es impredecible.

Piensa en los estadios de fútbol. Piensa en una manifestación. Piensa en ese momento en una discoteca a las 4 de la mañana, cuando el DJ suelta el tema perfecto y mil personas levantan las manos a la vez. ¿Hay algo más potente que eso? ¿Hay alguna droga que iguale la sensación de pertenecer a algo más grande que tu pequeña y miserable vida?

Eso es lo que Verdi codificó en compases de 9/8.

Hoy, en el siglo XXI, estamos obsesionados con la "experiencia personalizada". El algoritmo de Spotify te recomienda música solo para ti. Tu feed de Instagram es un espejo de tus propios sesgos. Nos vendieron la idea de que ser únicos era el objetivo final. Para ti.

Pero la historia de los tramoyistas de la Scala nos cuenta la verdad incómoda: en el fondo, estamos desesperados por dejar de ser únicos. Estamos agotados de ser nosotros mismos.

Nabucco nos enseña que la cautivación total, el secuestro de la atención, no ocurre cuando nos ofrecen algo que nos gusta a nosotros personalmente. Ocurre cuando nos ofrecen algo que nos obliga a vibrar con el de al lado. Es la física de la resonancia. Si cantas la nota adecuada con la intensidad adecuada, el cristal se rompe. Si compones el canon adecuado, la estructura social del teatro se rompe y el empresario tiene que echar el cierre.

Así que, cuando escuches S'appressan gl'istanti (y deberías ir a escucharlo ahora mismo, búscalo, ponte los cascos a todo volumen), no busques melodías bonitas. No busques ópera antigua. Busca la tensión. Siente cómo se te tensan los músculos a medida que se suman las voces. Siente la ansiedad de la repetición. Y espera a la explosión final.

Ese escalofrío que vas a sentir no es "emoción artística". Es tu instinto de manada despertando. Es tu cerebro recordando que, hace miles de años, sobrevivíamos porque éramos capaces de movernos al unísono, de cazar al unísono, de gritar al unísono.

Los trabajadores de la Scala lo sabían. Soltaron los martillos porque, ante la llamada de la tribu, trabajar es irrelevante. Merelli cerró las puertas, pero ya era tarde. El virus estaba dentro. La masa había despertado. Y tú, 180 años después, con tus auriculares de cancelación de ruido y tu individualidad moderna, sigues siendo igual de vulnerable a esa frecuencia prohibida.

Y menos mal. Porque qué triste sería si solo fuéramos nosotros mismos todo el tiempo.

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No ese polvo que se acumula debajo de tu cama si no pasas la aspiradora en dos semanas. Hablo de un polvo más industrial, del siglo XIX. Polvo de madera vieja, de terciopelo rancio y yeso recién picado. Estamos en Milán, es 1842, y el interior del Teatro alla Scala es una boca de lobo en obras. Hay andamios, hay cuerdas que cuelgan como tripas de animales muertos y hay, sobre todo, ruido. El ruido de los martillos, de las sierras, de los gritos de los tramoyistas que se insultan en dialecto milanés mientras intentan arreglar el decorado para el próximo estreno.

Es un lugar de trabajo, hostil y físico. No hay glamour. Todavía no. Aquí la gente viene a ganarse el pan partiéndose la espalda. Y de repente, el silencio. Los martillos se quedan suspendidos en el aire. Las sierras dejan de morder la madera. Los hombres, tipos duros con las manos llenas de callos, se quedan paralizados, mirando hacia el escenario, con la boca entreabierta, como si acabaran de ver a la Virgen o a un fantasma.

En el foso, un hombre joven, con aspecto de no haber dormido bien en tres años y de estar cabreado con el mundo, realiza un ensayo. Se llama Giuseppe Verdi. Y lo que está sonando no es solo música. Es su arma de destrucción masiva de la individualidad.

Bartolomeo Merelli, el empresario del teatro, el que pone el dinero, se lleva las manos a la cabeza. "¡No se puede trabajar así!", grita. O al menos, lo piensa. Nadie trabaja. Los carpinteros, los pintores, los maquinistas... todos han dejado de ser trabajadores para convertirse en oyentes. Se han quedado "embelesados", dicen las crónicas. 

Tras estos incidentes, que fueron recurrentes en los ensayos de Nabucco, Merelli tuvo que cerrar el teatro a cal y canto. Prohibió la entrada a cualquiera que no fuera imprescindible. No para proteger los secretos de la obra, sino porque si dejaba entrar a alguien, la productividad caía a cero. La gente se quedaba pegada al suelo, incapaz de moverse.

¿Qué demonios estaba sonando?

No era el famoso Va, pensiero, ese himno que luego se comería el mundo y que hoy tararea hasta el que no ha pisado una ópera en su vida. No. Lo que detuvo el tiempo en 1842 fue el final del segundo acto. Un fragmento técnicamente conocido como concertato, que empieza con las palabras S'appressan gl'istanti.

Y aquí es donde tú y yo entramos. Vamos a destripar este momento, porque si entendemos por qué esos obreros soltaron las herramientas, entenderemos algo mucho más oscuro y fascinante sobre nosotros mismos: por qué, en el fondo, nos aterra estar solos y deseamos, con una fuerza casi erótica, disolvernos en la masa.

Para entender el colocón, primero hay que mirar la droga. Verdi no era un intelectual de salón; era un tipo visceral. Venía de fracasar estrepitosamente con su ópera anterior, Un giorno di regno. Había perdido a su mujer y a sus hijos. Estaba en la mierda. Y lo más increíble es que Nabucco casi no existió: había decidido dejar de componer para siempre, hasta que un libreto olvidado en su abrigo —el de Nabucodonosor— se le abrió por azar como una grieta en medio del naufragio. Esa casualidad le salvó la carrera, y quizá la vida. Y así, nació Nabucco, esa ópera que no escribió con tinta, sino con bilis y con sangre.

El fragmento S'appressan gl'istanti ("Se acercan los instantes") no es una melodía bonita. Olvídate de eso. Porque no es Quando me’n vo, de La bohème. O el Nessum Dorma, de Turandot. Es un mecanismo de relojería diseñado para generar ansiedad y liberarla de golpe. Es ingeniería hidráulica aplicada a las emociones humanas.

Analicémoslo como si estuviéramos mirando los planos de una bomba. Evidentemente, no vamos a entender nada. La escena es un caos narrativo: Nabucco (el rey de Babilonia) está medio loco, su hija Abigaille quiere usurpar el trono, los hebreos están aterrorizados, el sumo sacerdote Zaccaria intenta poner orden. Todo el mundo tiene una agenda distinta. Todo el mundo es un "yo" gritando sus necesidades.

Y entonces, Verdi hace algo genial. Introduce el canon.

Musicalmente, un canon es esa forma en la que una voz presenta una melodía y, unos compases después, otra voz entra repitiendo exactamente lo mismo, y luego otra, y otra. Es una persecución. Pero en manos de Verdi, en este momento preciso, se convierte en algo más: se convierte en un contagio.

Escucha (o imagina que escuchas, que para el caso es lo mismo si me sigues el rollo):

Todo empieza con un pizzicato de las cuerdas. Tun-tun-tun-tun. Un latido. Seco. Nervioso. Como cuando te van a dar una mala noticia y notas el pulso en la sien. Y entra la primera voz. Empieza suave, casi murmurando. No está cantando para el público, está conspirando.

S'appressan gl'istanti d'un'ira fatale... (Se acercan los instantes de una ira fatal).

La melodía es insidiosa. Sube y baja en semitonos, cromática, serpenteante. Es rítmica. Es juguetona. Es verdiana en todo su esplendor. Se te mete debajo de la piel. Y justo cuando tu oído se acostumbra a ella... ¡BAM! Entra la siguiente voz. Y luego otra. Abigaille, Fenena, Ismaele, el propio Nabucco.

Aquí está el truco de magia: aunque los personajes se odian entre sí, aunque están diciendo cosas diferentes, la música los obliga a cantar lo mismo. La estructura musical es más fuerte que sus voluntades individuales.

Esto es lo que paralizó a los carpinteros de la Scala.

El cerebro humano es una máquina de predicción de patrones. Nos encanta anticipar lo que viene. Necesitamos saber. En la música, cuando escuchas un canon, tu cerebro se pone en modo "alerta roja". Estás escuchando la melodía en la voz 1, pero sabes que la voz 2 va a hacer lo mismo dos segundos después, y tu cerebro empieza a rellenar los huecos antes de que suenen. Te vuelves parte activa de la música. Te atrapa porque te obliga a procesar una cantidad brutal de información que, sin embargo, es perfectamente ordenada.

Es el principio de la resonancia. Si pones varios metrónomos sobre una tabla móvil y los activas a destiempo, en cuestión de minutos, por pura física, empezarán a oscilar exactamente a la vez. Se sincronizan. Eso es lo que pasa en S'appressan gl'istanti. Verdi coge a personajes dispares, con frecuencias emocionales distintas, y los mete en una olla a presión rítmica que los obliga a sincronizarse. Y tú, que estás sentado en la butaca (o agarrando un martillo en 1842), entras en resonancia con ellos. Y tu ritmo cardíaco es el de la orquesta.

Físicamente, no puedes resistirte. Es biología.

Pero vayamos todavía más hondo. Dejemos la partitura y hablemos de lo que sentían esos tipos llenos de polvo. ¿Por qué esa fascinación? ¿Por qué esa parálisis?

Porque estaban presenciando, en tiempo real y a través del sonido, el nacimiento de una Masa.

Elías Canetti, en su libro Masa y poder (un tocho que deberías leer si quieres entender por qué hacemos cosas estúpidas cuando estamos en grupo), habla del "temor al contacto". El ser humano, por definición, tiene miedo a que lo toquen. Creamos distancias de seguridad. Somos islas. "No me toques", "este es mi espacio", "esta es mi opinión".

Pero Canetti también dice que la única forma de perder ese miedo es disolverse en la masa. En el momento en que te conviertes en parte de una multitud densa, el miedo desaparece. Dejas de ser "tú" y pasas a ser "todo". Y eso, amigo mío, da un placer casi orgásmico. Es el alivio de dejar de cargar con el peso de ser un individuo.

Volvamos a la música.

El canon avanza. Las voces se van sumando. La textura se vuelve densa, casi asfixiante. Ya no distingues quién dice qué. Las palabras individuales se borran. Lo que importa es la ola. El sonido crece en un crescendo que parece que va a reventar las paredes del teatro. La orquesta empieza a empujar desde abajo con un ritmo marcial, obstinado. Es el sonido de la individualidad muriendo.

Los tramoyistas de la Scala, gente acostumbrada a obedecer órdenes, a ser engranajes invisibles, de repente escuchaban algo que elevaba esa condición de "engranaje" a la categoría de arte divino. Escuchaban cómo el sufrimiento individual (Abigaille, Nabucco) se sublimaba en un grito colectivo. 

Y entonces llega el clímax. El momento de la descarga.

Después de minutos de tensión acumulada, donde las voces se persiguen como perros de caza, Verdi rompe la presa. Todos los cantantes, el coro entero y toda la orquesta golpean la misma nota a la vez.

¡BOOM!

Es una explosión sónica. Es el momento en que la masa se solidifica. Ya no hay canon, ya no hay persecución. Hay homofonía: todos a una. Todos diciendo lo mismo con la fuerza de un huracán.

La letra, irónicamente, dice: Il maledetto non ha fratelli (El maldito no tiene hermanos). Nabucco, el rey caído, está solo. Pero la música nos dice lo contrario. La música nos grita que, en ese dolor, todos somos hermanos. La música contradice al texto. El texto habla de soledad; la partitura crea una comunidad indestructible.

Es una paradoja brutal. Y esa paradoja te golpea en el pecho. Literalmente. Las frecuencias bajas de los violonchelos y los contrabajos te vibran en el esternón. Dejas de pensar. Solo sientes. Te has convertido en masa.

Merelli cerró el teatro porque entendió algo fundamental: esa música era peligrosa. No peligrosa en un sentido político (aunque luego los italianos usarían a Verdi como símbolo de la revolución), sino peligrosa en un sentido productivo. El capitalismo, o el proto-capitalismo de la época, necesita individuos. Necesita que tú seas tú, con tu martillo, clavando tu clavo, preocupado por tu sueldo. La música de Nabucco hacía lo contrario. Disolvía las fronteras entre el carpintero y el pintor. Los unía en un estado de trance compartido. Y un grupo de gente en trance no trabaja. Un grupo de gente en trance es impredecible.

Piensa en los estadios de fútbol. Piensa en una manifestación. Piensa en ese momento en una discoteca a las 4 de la mañana, cuando el DJ suelta el tema perfecto y mil personas levantan las manos a la vez. ¿Hay algo más potente que eso? ¿Hay alguna droga que iguale la sensación de pertenecer a algo más grande que tu pequeña y miserable vida?

Eso es lo que Verdi codificó en compases de 9/8.

Hoy, en el siglo XXI, estamos obsesionados con la "experiencia personalizada". El algoritmo de Spotify te recomienda música solo para ti. Tu feed de Instagram es un espejo de tus propios sesgos. Nos vendieron la idea de que ser únicos era el objetivo final. Para ti.

Pero la historia de los tramoyistas de la Scala nos cuenta la verdad incómoda: en el fondo, estamos desesperados por dejar de ser únicos. Estamos agotados de ser nosotros mismos.

Nabucco nos enseña que la cautivación total, el secuestro de la atención, no ocurre cuando nos ofrecen algo que nos gusta a nosotros personalmente. Ocurre cuando nos ofrecen algo que nos obliga a vibrar con el de al lado. Es la física de la resonancia. Si cantas la nota adecuada con la intensidad adecuada, el cristal se rompe. Si compones el canon adecuado, la estructura social del teatro se rompe y el empresario tiene que echar el cierre.

Así que, cuando escuches S'appressan gl'istanti (y deberías ir a escucharlo ahora mismo, búscalo, ponte los cascos a todo volumen), no busques melodías bonitas. No busques ópera antigua. Busca la tensión. Siente cómo se te tensan los músculos a medida que se suman las voces. Siente la ansiedad de la repetición. Y espera a la explosión final.

Ese escalofrío que vas a sentir no es "emoción artística". Es tu instinto de manada despertando. Es tu cerebro recordando que, hace miles de años, sobrevivíamos porque éramos capaces de movernos al unísono, de cazar al unísono, de gritar al unísono.

Los trabajadores de la Scala lo sabían. Soltaron los martillos porque, ante la llamada de la tribu, trabajar es irrelevante. Merelli cerró las puertas, pero ya era tarde. El virus estaba dentro. La masa había despertado. Y tú, 180 años después, con tus auriculares de cancelación de ruido y tu individualidad moderna, sigues siendo igual de vulnerable a esa frecuencia prohibida.

Y menos mal. Porque qué triste sería si solo fuéramos nosotros mismos todo el tiempo.

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