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El Chotis es alemán
Y eso, lejos de ser una mala noticia, es probablemente lo más interesante que se puede decir sobre la identidad cultural de Madrid.
7 de mayo 2026 · 1 comentario
El sábado pasado, 2 de mayo, Madrid celebró su día grande. Hubo recreación del levantamiento de 1808 en la Puerta del Sol, hubo medallas en la Real Casa de Correos, hubo un espectáculo de mil drones sobre el cielo del Parque de la Cuña Verde — y entre las imágenes que dibujaron los drones, según las crónicas, había una pareja bailando un chotis. Una maja y un majo, vestidos a la vieja usanza, suspendidos a doscientos metros de altura sobre el barrio de Latina, ejecutando los movimientos circulares de un baile que la mayoría de los madrileños asocia con su ciudad pero que ningún madrileño sabe muy bien de dónde viene.
En ocho días, el 15 de mayo, llega San Isidro. Y el chotis volverá a sonar en las verbenas, en los chotis del Patronato, en las pradera junto al Manzanares. Volverán los pañuelos blancos, claveles rojos, organillos. Volverá, sobre todo, la fantasía de que estamos asistiendo a algo profundamente madrileño, algo “nuestro” (me incluyo por cercanía), algo que nace del suelo que pisamos.
Y aquí viene el escándalo: el chotis no es madrileño. El chotis es alemán. Y eso, lejos de ser una mala noticia, es probablemente lo más interesante que se puede decir sobre la identidad cultural de Madrid.
Empecemos por los hechos, que son apasionantes. La palabra "chotis" viene del alemán Schottisch, que literalmente significa "escocés". Es decir: lo que los madrileños bailan como símbolo de su identidad es una danza alemana llamada "la escocesa". Eso ya, en sí mismo, es una pequeña obra maestra de la confusión cultural — una etiqueta tan claramente extranjera que parece imposible que se haya domesticado tanto.
El Schottisch nació en Centroeuropa hacia 1840 como una variante más lenta de la polca. Llegó a Madrid en 1850, durante el reinado de Isabel II, en una velada en el Palacio Real. La crónica de la época cuenta que se introdujo como una novedad europea, una de tantas modas que llegaban de las cortes del norte. Pero algo extraño le ocurrió cuando los madrileños se pusieron a bailarlo: lo bailaron mal. O, mejor dicho, lo bailaron de otra manera.
El Schottisch original era una danza de salón con desplazamiento amplio por la pista — los bailarines avanzaban, giraban, ocupaban espacio. La versión madrileña hizo justo lo contrario. Redujo el movimiento al mínimo. Las parejas dejaron de desplazarse. Empezaron a girar sobre el sitio, prácticamente sobre una baldosa. La leyenda popular dice que el chotis se baila "sobre una baldosa" porque los locales de Madrid eran tan pequeños y estaban tan llenos que no había espacio para más. Igual va a haber que empezar a dormir de pie también. Sea o no cierta la explicación, el resultado musicológico es fascinante: una danza de movimiento amplio se convirtió en una danza de quietud giratoria. Madrid no copió el chotis. Lo transformó hasta convertirlo en otra cosa.
Y aquí es donde se vuelve interesante el análisis musical, porque lo que pasó con la coreografía pasó también con la música.
El Schottisch alemán es una danza en compás de 2/4, con un tempo moderado y una estructura armónica funcional sencilla — tónica, dominante, alguna subdominante de paso. Es música de salón, equilibrada, ligeramente formal, escrita para ser bailada en una sala con buen suelo y buena luz. La melodía es contenida, las cadencias son previsibles, todo está organizado para que la pareja pueda seguir el paso sin sobresaltos.
El chotis madrileño conserva el compás de 2/4, pero cambia casi todo lo demás. Adopta el organillo como instrumento característico — y aquí ya estamos en otro mundo, porque el organillo callejero tiene un timbre que no existe en ninguna otra tradición europea: nasal, mecánico, ligeramente desafinado por construcción, capaz de cortar el aire de una calle en un mediodía de verano de una forma que ningún piano de salón puede imitar. La armonía se simplifica todavía más, pero gana en color rítmico: aparece un acompañamiento característico de bajo y acorde alterno que es heredero directo de la habanera y del pasodoble. La melodía se vuelve más cantábile, más declamatoria, casi como si pidiera letra — y de hecho la pidió, porque las grandes piezas del repertorio chotisero están todas pensadas para cantarse: Madrid, Madrid, El Pichi, Por la calle de Alcalá.
Lo que tenemos al final no es un Schottisch alemán. Es una pieza musical que comparte el esqueleto métrico del Schottisch pero que ha incorporado el organillo del barrio, el ritmo de la habanera (que vino del Caribe vía Cuba), la declamación cantada de la zarzuela y las cadencias armónicas del pasodoble. Es decir: el chotis no es una importación. Es un cruce. Una hibridación. Un punto donde se encuentran cuatro tradiciones musicales distintas y producen algo nuevo que no es exactamente ninguna de ellas.
Esto, en el fondo, es lo que Madrid es. Una ciudad que no produce identidad por aislamiento, sino por mezcla. Que no defiende lo suyo construyendo murallas, sino absorbiendo lo que llega y transformándolo hasta hacerlo irreconocible. El madrileñismo del chotis no consiste en haberlo inventado, sino en haberlo cogido prestado y devuelto convertido en otra cosa.
Esa es una forma de identidad que merece ser reivindicada precisamente porque está pasada de moda. En un momento donde casi todas las identidades culturales se construyen por sustracción —"esto es nuestro, esto no, esto sí, esto fuera"—, el chotis nos recuerda que hay otra manera de hacerlo. Una manera mestiza, pragmática, ligeramente irónica: cojo lo que viene, lo bailo a mi manera, le pongo organillo y declaro que es mío.
Es, además, exactamente lo opuesto al gesto que el 2 de mayo conmemora. El levantamiento de 1808 fue un acto de rechazo violento a una imposición extranjera. El chotis, sesenta años después, fue un acto de digestión pacífica de una influencia extranjera. Las dos cosas son madrileñas. Las dos cosas están en el ADN de la ciudad. Y quizá la grandeza cultural de Madrid consista, precisamente, en haber sabido hacer las dos cosas según convenía: rechazar a Murat y bailar el Schottisch.
San Isidro, dentro de diez días, va a ser otra cosa. Va a ser una fiesta más antigua, más rural, más profundamente castellana, con sus orígenes en el patronazgo del santo labrador y en las romerías al lado del Manzanares. Pero el chotis estará allí, sonando en los organillos, bailándose sobre baldosas, reivindicándose como el más madrileño de los bailes con esa naturalidad de las cosas que han sido apropiadas tan bien que ya nadie se acuerda de que fueron prestadas.
Yo escucharé las grabaciones antiguas. Hay versiones de Madrid, Madrid de los años cincuenta que tienen la dignidad rítmica de cualquier lied de salón vienés y que merecen el mismo respeto auditivo que dedicamos a las músicas con peluca. Voy a poner un organillo, voy a escuchar cómo el bajo y el acorde van alternando en el 2/4, voy a fijarme en cómo la melodía busca el grado superior tónico para resolver la frase con esa coquetería que es ya completamente madrileña aunque sus raíces estén en Sajonia.
Y voy a pensar en eso: que las identidades más verdaderas no son las que se defienden. Son las que se construyen. Madrid lleva ciento setenta y cinco años bailando una danza alemana sobre una baldosa, y nadie en su sano juicio diría que eso no es Madrid.
Eso, y no otra cosa, es lo que el chotis nos enseña sobre cómo se hace una ciudad. Tomando lo que llega. Transformándolo. Bailándolo hasta convertirlo en propio.
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