The chaaaaaampiooons!!!!
El himno es una adaptación de Zadok the Priest, una de las obras más colosales, megalómanas y aplastantes de Georg Friedrich Händel.
16 de abril 2026
El himno es una adaptación de Zadok the Priest, una de las obras más colosales, megalómanas y aplastantes de Georg Friedrich Händel.
Los martes son el sumidero de la semana. El lunes es un trauma; el miércoles tiene la esperanza del ecuador; pero el martes es un puto desierto. Es el día en el que te das cuenta de que la semana laboral es una condena a cadena perpetua y todavía no se ve la luz al final del túnel. Pero entonces llega la primavera. Entramos en abril, los días se estiran como un chicle caliente pegado en la suela del zapato y, de repente, la biología y el calendario conspiran para regalarte el único salvavidas emocional que justifica llegar vivo a las nueve de la noche: las rondas finales de la Champions League.
Es una especie de ritual. Llegas a casa con el cerebro frito, te quitas los pantalones de persona respetable y te pones ese chándal que tiene más pelotillas que vergüenza. Pero entonces, el árbitro coge el balón, los equipos saltan al césped, y la vulgaridad salta por los aires. Empieza a sonar la música. Y tu salón de quince metros cuadrados se convierte en la Abadía de Westminster.
La gente se piensa que el himno de la Champions es un invento de un estudio de marketing de los años noventa. Algún despistado con un par de copas de más te dirá incluso que es de Haydn, de Mozart o de a saber quién. Pero no, amigo. Esa hostia sonora que nos eriza los pelos del brazo mientras masticamos el primer trozo de pizza es, en su esqueleto y en su alma, la adaptación de Zadok the Priest, una de las obras más colosales, megalómanas y aplastantes de Georg Friedrich Händel.
Händel compuso esta salvajada en 1727 para la coronación del rey Jorge II de Inglaterra. Su objetivo no era entretener; su objetivo era convencer a miles de personas de que el tipo al que le estaban poniendo una corona de oro en la cabeza había sido elegido directamente por el dedo de Dios. Y, joder, si escuchas la obra, te lo crees. Tony Britten, el tipo que hizo los arreglos para la UEFA en 1992, fue un lince: entendió que el fútbol moderno no es un deporte, es la última religión que nos queda. Y toda religión necesita una liturgia que te aplaste el cráneo y te obligue a arrodillarte.
Musicalmente, Zadok the Priest es un ejercicio de sadismo psicológico. Händel es un maestro del "edging" acústico, de retrasar el clímax hasta que no puedes más. La obra original (y el himno de la Champions lo respeta maravillosamente) arranca con una introducción instrumental que es pura tensión contenida. Son los violines tocando arpegios ascendentes y descendentes, una y otra vez, sobre un bajo continuo que marca un pulso inexorable. No hay melodía. No hay adorno. Es el sonido de un reloj de arena gigante vaciándose. Es el agua de la presa subiendo milímetro a milímetro y la pared de cemento empezando a crujir.
Tú estás en tu sofá. La cámara de la televisión hace el barrido por las caras de los jugadores. Ves a esos chavales, algunos con acné, otros con tatuajes en el cuello, sudando frío. Otros, como nuestro querido CR, impertérritos. La música de los violines de Händel suena de fondo y de repente ya no son chavales de veintipocos años que juegan a la Play y escupen en el césped; son gladiadores entrando en el Coliseo. Semidioses a punto de matarse en directo para tu entretenimiento. La introducción de las cuerdas te tensa el estómago. Masticas la pizza más despacio. Sabes que algo está a punto de pasar, pero Händel te hace esperar. Te tiene agarrado por el cuello durante veintidós compases eternos.
Y entonces, ocurre. El estallido.
Händel hace entrar al coro en bloque, a siete voces, respaldado por un ejército de trompetas y timbales que rompen la puerta a patadas. El contraste dinámico es tan bestia, el cambio del murmullo de las cuerdas a la explosión vocal y de los metales es tan violento, que te sientes físicamente empujado hacia atrás en el sofá. En la obra de 1727, el coro grita "Zadok the Priest, and Nathan the Prophet, anointed Solomon King!". En tu salón, el coro de la Academy of St. Martin in the Fields te canta, en los tres idiomas oficiales de la UEFA: "Die Meister! Die Besten! Les grandes équipes! The champions!".
Es un muro de hormigón sónico. Es la grandilocuencia absoluta. Händel construyó ese acorde masivo y resplandeciente en Re mayor porque es la tonalidad de la gloria, de la luz militar, del triunfo que no admite discusión. Cuando entra ese coro, con la boca manchada de tomate y queso fundido, dejas de ser un oficinista cansado en un martes de abril. Te conectas con algo atávico. Te conectas con la necesidad humana de presenciar lo épico.
La genialidad de relacionar la música de una coronación del siglo XVIII con un partido de fútbol un martes por la noche es que ambas cosas son puro teatro, pero un teatro necesario para no volvernos locos. La vida diaria es plana, es gris, es un Excel infinito y un madrugón que te raspa la garganta. Necesitamos la exageración. Necesitamos que, de vez en cuando, el aire tiemble. El himno, coge la crudeza del deporte —los escupitajos, el sudor, las patadas en las espinillas, el barro— y lo baña en oro. Lo consagra.
Analizar los compases finales del himno es analizar el momento exacto en el que decides que la vida, pese a todo, merece la pena. Las trompetas suben, los timbales golpean como si estuvieran clavando los clavos del ataúd de la semana laboral, y la soprano se eleva por encima de toda esa masa de testosterona musical con ese "The chaaaampioooons" agudo, cortante, afilado como una hoja de afeitar. Es un orgasmo litúrgico. Un clímax perfecto.
Y de repente, la música cesa. Se acaba el himno. Los jugadores rompen la fila, dan palmas, se gritan cosas ininteligibles, el árbitro pita y el balón echa a rodar. Vuelves a la tierra. Vuelve el ruido del estadio, vuelve el comentarista con la voz ronca a decir banalidades, y tú te limpias la grasa de los dedos con una servilleta de papel barata.
Pero el trabajo ya está hecho. El martes ha dejado de ser un martes. La primavera de abril que golpeaba las ventanas de Madrid con su luz esquizofrénica y su polen molesto se ha canalizado en esos tres minutos de música. Has tragado pan, queso y carne picada, pero gracias a Händel, ha sabido a eucaristía.
Ese es el poder descarnado y sucio de la música clásica cuando la sacas de los auditorios estirados donde la gente tose bajito y la metes en el salón de una casa de barrio. Zadok the Priest no está ahí para que intelectualices sobre la progresión de acordes; está ahí para recordarte que llevas la épica metida en el código genético. Está ahí para decirte que, aunque el mundo sea una trituradora de carne, durante noventa minutos vas a presenciar una puta guerra a vida o muerte envuelta en papel de regalo de la UEFA. Así que apura esa porción de pizza, ábrete otra cerveza y deja que las trompetas de Händel te sigan zumbando en los oídos. Porque los reyes han muerto, los imperios se han caído a pedazos, pero el balón y la necesidad de creer en milagros un martes por la noche, joder, eso es eterno.
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